sábado, 14 de noviembre de 2009

LOS 47 RONIN de Hiroshi Inagaki – 1962 – (“Chushingura”)


El noble Asano es respetado y querido por todos sus subordinados, a los que ha dado paz y prosperidad durante muchos años. El noble corrupto Kira, uno de sus rivales, se dedica sin embargo a despreciarlo en público constantemente y a ponerle en aprietos para dejarle en evidencia ante las autoridades superiores. Un día Asano se cansa y ataca a Kira, dejándole una cicatriz imborrable en la frente. Asano es obligado entonces a hacerse el harakiri según la tradición por la ofensa. Ante esta injusticia, sus 47 samurais, que se quedan sin señor, deciden atacar la casa de Kira exigiendo justicia ante todo Japón.

Desconozco si Hiroshi Inagaki pertenece o es encuadrado en la generación de Masaki Kobayashi o Kaneto Shindo (la posterior, digamos, a la de la tríada que conforman Kurosawa, Mizoguchi y Ozu), pero sí estoy seguro que su periodo de grandeza transcurrió durante los años cincuenta y sesenta, en los que regaló al mundo algunas de las grandes obras maestras del cine épico de todos los tiempos. Hiroshi Inagaki era hijo de actores ambulantes, y, autodidacta en todas las disciplinas en las que trabajó, muy joven entró en el mundo del teatro como actor llevando una vida errante por todo Japón. Su gran oportunidad le llegó al participar en pequeños papeles en películas, ya que en esta etapa se topó con el gran Kenji Mizoguchi, que le dirigió en los años veinte, en los que Inagaki pudo debutar como director con la película “La Reina de La Paz”. Rodó durante esta época películas de samurais o ambientadas en la Edad Media y adaptaciones literarias, y su estilo se fue consolidando. Por lo poco que hemos visto de él en occidente (y aún así es más que de muchos otros), podemos comprobar que fue el creador de una obra ambiciosa como pocas, colosalista y megalómana. Sus películas, a menudo históricas o míticas, tienen un aliento épico inigulable, incluso tratándose de dramas sociales (como “El hombre del carrito”). Casi todas son de una larguísima duración, llegando sin problemas a las tres horas de metraje y en ocasiones pasando las cuatro. Es Inagaki un maestro obsesivo del color y del ambiente, representando épocas pasadas con una riqueza llena de matices y cuidada hasta el más mínimo detalle en escenarios y vestuario. Es también un maestro del ritmo, logrando que tres horas puedan pasar en un vuelo gracias a una agilidad pasmosa en unas tramas llenas de fluidez y unas grandiosas escenas de acción. En sus obras, a pesar de su cubierta “comercial” o aparentemente aventurera sin más, se esconden alegatos antibelicistas o contra la violencia, cuadros de la corrupción y la hipocresía humanas, crudos dramas sociales y geniales retratos psicológicos y anímicos de indivíduos atormentados o colectividades perdidas en un entorno hostil o desagradecido. Su cine es tal vez más accesible que el de sus otros contemporáneos (exceptuando tal vez a Kurosawa) por su exotismo que fácilmente cautiva a la mirada occidental y por sus personajes universales con conflictos universales a pesar de ser fieramente japoneses. Aquí hemos podido ver, que yo sepa, las siguientes películas suyas: la trilogía épica histórica sobre los samurais “Samurai”, “Samurai II” y “Samurai III”; el drama social “El hombre del carrito” (que triunfó en el Festival de Venecia en su año); el comentado drama épico histórico “Los 47 Ronin” y el drama épico mítico sobre el nacimiento de la cultura japonesa “Los tres tesoros”. Queda todavía mucho por conocer de este autor, como de tantos otros olvidados en occidente.

Drama colectivo basado en una de las grandes leyendas de la cultura japonesa, “Los 47 Ronin” es una de las obras maestras de Hiroshi Inagaki donde podemos reconocer su particular estilo épico megalómano: una deliciosa recreación histórica cargada de minucioso realismo en todos los aspectos, un esplendoroso color que es otro de los protagonistas del filme (que además siempre aparece acorde con el significado último de las escenas), un aliento de poesía épica arrollador, unas escenas de acción inolvidables llenas de dinamismo y emoción y dos historias: la de un hombre que no puede soportar la corrupción y la injusticia y que, por ello, cae en desgracia ante una sociedad injusta e hipócrita de valores a veces absurdos y la posterior, la de sus subordinados, que se disponen a reestablecer esta justicia perdida y a vengar el agravio cometido contra su bondadoso señor. Las primeras horas de metraje se dedican al primer ciclo, al de la “presentación”; el resto al segundo, al de la acción. Las cuatro horas de metraje se pasan sin que uno se percate casi. No pesa ni un solo minuto ante semejante torrente de acción, ante el retrato coral emocional de los diversos tipos de esta época, ante el desarrollo de los dilemas morales a los que son sometidos. El desenlace es inolvidable, acompañado de una de las batallas mejor rodadas de la historia: el asalto a la mansión del noble Kira, con casi sólo tres colores: el negro de las armaduras y los trajes de los ronin, el blanco de la nieve que lo baña todo y el rojo de la sangre. Magistral en todos los aspectos.