miércoles 25 de noviembre de 2009

300 de Zack Snyder – 2007 – (“300”)


480 antes de Cristo. El poderosísimo Imperio Persa, dirigido por el ambicioso y tirano rey Jerjes, ha invadido Grecia. Mientras las polis se preparan para hacerle frente y evitar que las conquiste, el rey Leonidas de Esparta, la ciudad de los grandes guerreros, parte con sus trescientos mejores hombres para intentar pararle los pies en el angosto y hostil paso de Las Termópilas. Los persas son muchísimos más que ellos. Pero ellos no piensan retroceder un centímetro. Una de las batallas más sangrientas y heroicas de la historia está a punto de comenzar.

Pintor y cineasta llegado del mundo de la publicidad, Zack Snyder viene rodeado de una cierta polémica como adaptador de obras famosas del comic moderno. Tras debutar con el ciertamente muy buen remake de la segunda obra de zombies de George A. Romero “El amanecer de los muertos”, trajo a las grandes pantallas “300” de Frank Miller y “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons. Ambas cintas han dividido a los fans de ambas obras: ambas, valga la redundancia, por ser extremadamente fieles en el campo de lo visual a las originales pero por introducir igualmente algunas discutidas variaciones argumentales que en el caso especial de la obra de Miller son bastante facilonas e incluso pueriles. Para mi Zack Snyder es, a pesar de esto, un gran adaptador que por lo menos aporta una cierta fidelidad en una industria en la que las adaptaciones literarias, de comics, de videojuegos etc. no suelen ser nada fieles por desgracia a los originales en los que se basan. Eso si, a la espera estamos todavia de que haga alguna obra propia y personal.

“300”, basada en el comic del mismo nombre de Frank Miller, es un hito visual de su tiempo para bien o para mal: está rodada por completo sobre fondos azules y verdes utilizando la técnica del croma y casi todos sus planos tienen algún tipo de efecto especial. Dejando a un lado la controversia sobre si esto es o no es cine (debate que siempre estará abierto), hay que decir que la segunda cinta de Zack Snyder es en todo momento una muy buena película de acción, a pesar de algunos elementos puntuales que la lastran parcial aunque no totalmente. El comic de Miller narraba, en clave de pura ficción, la gran Batalla de Las Termópilas, en la que trescientos guerreros espartanos murieron luchando fieramente contra los soldados del rey persa Jerjes, que había invadido Grecia. Su sacrificio sirvió para retrasar a las tropas de este imperio y para debilitarlas de cara a las batallas que quedaban por librar, en las que las demás polis griegas aliadas pudieron vencerles definitivamente. Lo hacía el entonces genial escritor y dibujante norteamericano, hoy algo devaluado tras algunas obras inexplicablemente horrendas en lo que a argumento se refiere (entre ellas su infumable “El Señor de la Noche contraataca” y su despreciable debut en el cine “The Spirit”, con la que Will Eisner va a a pasar siglos gritando de horror en su tumba), mezclando acontecimientos y personajes históricos reales con otros inventados que enriquecían extraordinariamente la trama, ambientada en un pasado de aires míticos y estética tan épica como realista, ambigua, colosalista e incluso pulp. Fue “300” uno de sus mayores éxitos junto a creaciones maravillosas como las primeras historias de “Sin City”, “El Regreso del Señor de la Noche” ,“Batman: Año Uno” o “Ronin”. La película básicamente calca a la obra original, aunque introduciendo algunas variantes en mi opinión nada acertadas. La trama es sencillísima: tras una introducción sobre la dura vida en Esparta y la enemistad de toda Grecia con el hostil Imperio Persa, el rey espartano Leonidas parte con trescientos de sus mejores guerreros para parar los pies a las tropas del mencionado invasor Jerjes. El resto del filme es ya una interminable batalla que viene alternada con la subtrama de la mujer de Leonidas, que en la propia Esparta intenta acabar con una conspiración persa para hundir a la ciudad (subtrama que en el comic no aparece y que, la verdad, no aporta casi nada a la historia). “300” hay que verla como lo que es: una película de acción, un espectáculo “pirotécnico” de choque de armas, de héroes tópicos y de discursos tópicos por la libertad y la justicia. Y punto. Por eso es tan disfrutable y por eso, también, no llega a ser la mejor película que podría haber sido. Las batallas, rodadas en un estilo colosalista y a veces comedidamente videoclipero, son realmente impresionantes: frenéticas, brutales, sangrientas, impactantes, excelentemente coreografiadas (aunque sea tras un croma) y, desde luego, no dejan un segundo de respiro al espectador. La excesiva estética está también muy conseguida, sobre todo porque es idéntica a la del comic: los tonos rojos, ocres y sepia dominan un ambiente onírico que remarca el aliento épico y mítico que posee todo. Los actores hacen buenos papeles (Gerard Butler empezaba a ser conocido en su rol de Leonidas), y el drama está bien llevado en todo momento. Sobra a veces una horripilante música semi techno en algunos combates, pero se puede perdonar. Por desgracia, también tiene algunos puntos oscuros. El principal es el habitual en este tipo de cintas, el que siempre ha hecho estropicios en tantas películas históricas de Hollywood (actualmente estos estropicios son incesantes): la maldita manía de “actualizar” a los personajes de manera que piensen y razonen con nuestra moral contemporánea (bueno, con “una cierta moral contemporánea”, mejor dicho). Es lo que ha lastrado en parte a películas más o menos disfrutables como “Braveheart”, “Gladiador”, “Troya” o hasta “Alejandro Magno” con su infantil visión de la homosexualidad. Así, nos encontramos a espartanos lanzando discursos por la libertad y la justicia que quedan completamente fuera de lugar en el tiempo en el que viven, especialmente porque los conceptos que tenían de ellas no eran los mismos que los que algunos tienen hoy. La brutalidad guerrera de los espartanos sólo es mostrada en parte: quedan más humanizados, menos fríos, más alejados de la imagen que de ellos se da en el comic, más cercana a la supuestamente real. Lo mismo ocurre con los persas, que aparecen muy notablemente “malignizados” respecto a los de Miller (como siempre, en los USA hay que distinguir entre los buenos radicales y los malos radicales). En algunos momentos del filme hasta llegamos a encontrar entre ellos a monstruos horribles como ogros, gigantes con pinzas de cangrejo como manos o un alucinógeno hombre cabra (no sé a quien se le pudo ocurrir meter esas idiotas chorradas completamente fuera de lugar). Otro punto tontísimo es el de la mencionada subtrama de la mujer de Leonidas, que se salda con un bochornoso diálogo sobre la libertad frente a los ancianos y políticos espartanos que es de pura risa (y que encima tachan de “elocuente”). Pero en fin: es lo de siempre, Hollywood no se queda tranquila si no hace las cosas más políticamente correctas, si no lo da todo más masticado, más deglutido. “300” es un buen divertimento y nada más, con todo lo bueno y lo malo que esto trae consigo. Se pasa un buen rato con ella, pero se aleja mucho de la hipnotizante y desprejuiciada visión histórico-fantástica que se daba en el comic de Miller.

PD: ¿Cómo coño se les ocurre meterle el doblaje que le han metido a Jerjes? Esos sí que merecen la decapitación.

LA SOMBRA DEL VAMPIRO de E. Elias Merhige – 2000 – (“Shadow of the Vampire”)


1921. El cineasta alemán Friedrich W. Murnau se marcha con su equipo al este de Europa para rodar su película “Nosferatu”. Allí comienza su trabajo en el sombrío y apartado castillo del Conde Orlock, el actor que va interpretar al vampiro de su obra, actor que se comporta de manera extravagante y misteriosa y al que únicamente se le ve por las noches. Raros hechos ocurren en el lugar y los trabajadores de Murnau comienzan a sentirse intranquilos. Algo que únicamente el director y el Conde saben está ocurriendo en el rodaje…

E. Elias Merhige se ha convertido por méritos propios en uno de los directores clave del cine fantástico moderno independiente gracias a dos películas que le han elevado como tal. Admirador del expresionismo y sobre todo de Murnau, es un constante homenajeador de las premisas de este estilo y del cine mudo, del que beben tanto estética como argumentalmente las tramas de sus historias, violentas, sádicas, pobladas de personajes aberrantes o freaks y empapadas por atmósferas malditas, oníricas y sombrías. La primera cinta de su cortísima y tremendamente espaciada filmografía (tres películas en dieciocho años) fue “Begotten”, un filme experimental cuyo impacto (en circuitos independientes, por supuesto) fue similar al de obras de parecidas características como “Cabeza borradora” de David Lynch o “Arrebato” de Iván Zulueta. Su siguiente creación terminó de confirmarle: la genial película de terror “La sombra del vampiro”. Por desgracia, su último filme es un thriller comercial bastante convencional: “Sospechoso cero”. Esperemos que, con su siguiente producción, vuelva a la originalidad y se aleje de las exigencias de cierta industria.

“La sombra del vampiro” es el fascinante y originalísimo homenaje al cine de terror clásico, al cine mudo, al expresionismo alemán, al gran cineasta Friedrich W. Murnau y a su obra maestra “Nosferatu” que confirmó a E. Elias Merhige como uno de los nuevos grandes talentos del cine fantástico. Entre las muchas leyendas e historietas negras y publicitarias que circulan en torno al rodaje de la mencionada “Nosferatu”, existe una que dice que ésta fue protagonizada por un auténtico vampiro al que se le terminó llamando Max Schreck, aunque lo cierto es que este Schreck ya era un actor conocido en su tiempo. “La sombra del vampiro” toma como punto de partida esta historia para narrar con un conseguido estilo que bebe tanto del documental como del referido cine mudo la lucha que se dio antes de la consecución del filme entre el propio Murnau (excelente John Malkovich) y el supuestamente real Conde Orlock (el vampiro de la película, al que da vida de manera soberbia un siseante Willem Dafoe). Dentro de un aura claramente expresionista y muy sombría y onírica, en unos escenarios reducidos con cámaras muy cercanas, en medio de trucajes y representaciones propias del cine mudo (como las conscientemente exaltadas actuaciones), se desarrolla con gran pulso y con una economía de medios admirable un drama con toques de comedia negra en el que es satirizada y a la vez homenajeada una concepción un tanto extrema del arte y en el que es retratada toda una época, la de los inicios del séptimo arte y de su industria, con un ojo agudísimo y mordaz. “La sombra del vampiro” es toda una revelación del último cine fantástico (aunque realmente va a cumplir una decada en breve), un filme de culto instantáneo animado además (lo repito) por sus excelentes interpretaciones (entre las que también destacan las secundarias, con “clásicos” como Udo Kier en sus filas).

lunes 23 de noviembre de 2009

UMBERTO D. de Vittorio De Sica – 1952 - (“Humberto D.”)


Umberto Doménico Ferrari es un funcionario jubilado sin familia y sin amigos: no tiene a nadie excepto a su viejo perro Flike. Como tiene una pensión miserable que no le llega para subsistir, su desconsiderada casera lo va a expulsar sin miramientos de la habitación en la que lleva viviendo casi toda su vida, ya que apenas puede pagarle. Ante el futuro de soledad y de pobreza que le espera, Umberto toma una decisión: suicidarse. Sin embargo, antes ha de encontrar a alguien que cuide de Flike cuando el falte. Y nadie se presta.

Dos años después de “Milagro en Milán”, Vittorio De Sica y Cesare Zavattini cerraban su trilogía neorrealista social con “Umberto D.”, que volvía a las directrices argumentales de “Ladrón de bicicletas” (estilísticamente las tres películas son puramente neorrealistas) alejándose de cualquier elemento fantástico posible (“Milagro en Milán” era un cuento de hadas muy discutido en lo referente a mensaje y calidad final). La historia volvía a tener rasgos kafkianos: un hombre pobre (también pobre hombre) preso de la terrible y decepcionante realidad de la Italia de la posguerra, ha de enfrentarse a la insolidaridad absoluta de la sociedad en la que vive, sólo que en esta ocasión no busca un objeto indispensable como puede ser una bicicleta, sino que, dada su absoluta pobreza y falta de futuro, busca, antes de acabar con su propia vida, dejar en buenas manos a un ser que hasta entonces había sido indispensable en su solitaria existencia: su perro, su única familia, su único amigo (exceptuando a la joven sirvienta de su tiránica y desconsiderada casera). Su periplo le lleva, como al ladrón de bicicletas, a la más triste marginación, a la más patética de las espirales de decepción y autodestrucción. Nadie le ayuda porque no tiene a nadie. Ha trabajado para nada, ha luchado para nada por salir adelante en su vida mediocre. Ahora ya no es joven y ya no vale: es un viejo más en la ciudad, otro que morirá solo sin que nadie se percate de ello hasta que empiece a apestar. Más sobria, cruda y brutal que las dos anteriores entregas aunque con el clásico aliento de esperanza del neorralismo humanista de De Sica,“Umberto D.” se erige como una de las mejores películas de su movimiento y como uno de los mejores (si no el mejor) retrato de la soledad de los ancianos del cine italiano, los trastos inservibles del mundo moderno. En mi opinión, es la mejor de las tres entregas de su trilogía, aunque sea cierto que ya no tenga la capacidad de sorpresa de “Ladrón de bicicletas”.

MILAGRO EN MILÁN de Vittorio De Sica – 1950 - (“Miracolo a Milano”)


Después de quedarse huérfano tras la muerte de su anciana madre adoptiva, el pequeño Totó es internado en un orfanato. Al salir, ya mayor de edad y sin un lugar a donde ir, se queda a vivir, con otros pobres como él, en un barrio de chabolas de las afueras de Milán. Allí hacen entre todos, con toda su mejor voluntad, un lugar habitable de lo que era un vertedero. Sin embargo, algo terrible ocurre: encuentran petroleo en los terrenos donde viven y un millonario sin escrúpulos, el Señor Mobbi, intenta echarlos a todos de sus hogares para explotarlos. Totó y sus amigos se enfrentarán a él, y van a contar para ello con una ayuda extra que les va a venir directamente desde el Cielo.

Dos años después de su decisiva obra maestra del Neorrelismo Italiano “Ladrón de bicicletas”, Vittorio De Sica repite en el estilo rodando la segunda parte de su trilogía neorrealista social: “Milagro en Milán”, de nuevo aliado con el guionista Cesare Zavattini. En el plano estético, los postulados de la “primera entrega” se mantienen: el fondo prima sobre la forma, se rueda con actores de la calle en gran parte del metraje y se rueda en la calle misma o en el interior de los edificios para captar de la forma más real posible el triste momento histórico que vivía Italia entonces, la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. En el plano argumental existen, sin embargo, bastantes cambios, cambios que alejan a esta segunda parte de sus dos compañeras de trilogía hasta convertirla en una película casi aparte, cambios que a unos les parecen apropiados y que a otros no (me incluyo entre estos últimos). “Milagro en Milán” comienza como “Ladrón de bicicletas”: mostrando la terrible realidad italiana de finales de los años cuarenta con la historia de un niño abandonado que es recogido por una anciana afable y bondadosa que sin embargo muere dejándole en un orfanato. Años después, el niño ya es un adulto y sale de este centro. Se une a unos pobres de un barrio de chabolas y lucha junto a ellos por convertir el miserable lugar que habitan en un sitio digno por lo menos para vivir. Se deja ver en todo momento la cruda crítica social y moral y el humanismo tierno y consecuente de De Sica, su amor desorbitado por sus personajes, bondadosos y luchadores atrapados por sus malas circunstancias. Sin embargo, creo que la cosa se le desmadra a sus guionistas, no se si por decisión propia de ellos y o por la necesidad de hacer concesiones comerciales al cine más beato de la época. Sin que venga muy a cuento, la fantasía se desata de forma completamente inesperada en “Milagro en Milán”: aparece de repente en la trama el fantasma de la madre adoptiva del protagonista, que ayuda a los pobres a luchar contra el millonario que les quiere quitar sus terrenos, y, junto a él, dos ángeles venidos del cielo y hasta un ejército de escobas voladoras. El desenlace (no lo cuento, pero ya lo verán), es en mi opinión desastroso, y está fuera de lugar. Lo que empieza como una fábula neorrealista de corte social acaba siendo un cuento de hadas, neorrealista pero cuento de hadas. Este cuento viene, lo que es más grave (no que en sí sea un cuento de hadas), por sorpresa, sin que el espectador lo espere: se le deja atónito con una absurda vuelta de tuerca que corona la inicial crítica social de la historia con una resolución beata e incluso me atrevería a decir de propaganda religiosa en muchos momentos. Claro que lo que yo estoy expresando es mi humilde opinión: a muchos les encantará “Milagro en Milán” por su aura mágica, por su mensaje bienintencionado, por su paralelismo con el cuento optimista capriano. Sobre gustos no hay nada escrito. Yo me quedo, por mi parte, con “Ladrón de bicicletas” y con “Umberto D.”, la tercera parte de la trilogía, en la que el tandém De Sica/Zavattini volvería al más crudo y brutal realismo social (sin fantasía). ¿Qué pensáis vosotros?

LADRÓN DE BICICLETAS de Vittorio De Sica – 1948 - (“Ladri di biciclette”)


La Segunda Guerra Mundial por fin ha terminado y, tras mucho tiempo buscando, Antonio Ricci por fin ha conseguido un trabajo: tiene que pegar carteles publicitarios en las calles de su ciudad, Roma, un fantasma en ruinas de la gran urbe que era hasta hace sólo unos años. Para ello sólo necesita una cosa: una bicicleta, la cual consigue con todo su esfuerzo y el de su mujer. Antonio sale feliz a trabajar. Sin embargo, mientras pega uno de sus carteles, alguien le roba su nuevo transporte… Antonio cae en la desesperación y, junto a su hijo, comienza a buscar su bicicleta por todos los barrios que conoce. La noche se va cerrando… Y la bicicleta no aparece.

Vittorio De Sica se inició en la dirección de películas junto a los grandes pioneros del Neorrealismo Italiano, movimiento cuyas pautas fue progresivamente abandonando (según unos para bien, según otros para mal). Guionista y director, fue primero conocido como actor en los años treinta, en los que participó en más de treinta películas, muchas de ellas comedias románticas, muchas de ellas en el papel del galán atrevido, pícaro y simpático, del que pasó a interpretaciones más serias y maduras (como la de la magistral “El general de la Rovere”, de Roberto Rossellini). En su primera etapa como autor neorrealista, Vittorio trabó amistad con el guionista marxista Cesare Zavattini. De aquí vinieron, en mi opinión, sus mejores obras: “El limpiabotas”, que muchos consideran el filme iniciador del Neorrealismo incluso por encima de “Roma, ciudad abierta” y la trilogía social “Labrón de bicicletas”, “Milagro en Milán” y “Umberto D.”. Fue este primer cine suyo un testimonio social crudo y brutal, rebelde y crítico, aunque también humanista y optimista en su caso, de la Italia de la posguerra. Su Neorrealismo fue tal vez el más poético y lírico de todos los de sus contemporáneos, un Neorrealismo lleno de amor hacia sus personajes, de gran calidad humana pero perdidos en una sociedad antes gloriosa que se cae a pedazos. Vittorio De Sica fue, sin embargo, alejándose de estos postulados y haciendo su cine más comercial y accesible, protagonizado ya en la década de los cincuenta por estrellas de la talla de la grandiosa Sofía Loren, a pesar de la gran carga dramática y hasta social que siguió manteniendo. Rodaría obras excelentes como “Estación Termini”, “El techo”, “Dos mujeres”, “Ayer, hoy y mañana”, “El jardín de los Finzi-Contini” o “Los girasoles”, que se alternarían con otras claramente menores o con algunas directamente mediocres. En esta segunda etapa suya se apreciaron, a pesar de la mencionada calidad cinematográfica que nunca abandonó en líneas generales, más concesiones a la galería que en su primera etapa, más manierismo, más predominio de la estética sobre el contenido. Fue el camino que De Sica tomó, un giro en su carrera que también dieron Rossellini o Visconti, que también abandonaron el Neorrealismo en pos de un estilo propio y que fueron bastante menos criticados que él (tal vez fueran, por otra parte, más personales que él). ¿Qué pensáis del caso de De Sica?

Película fieramente neorrealista, “Ladrón de bicicletas” es una de las más grandes obras maestras de su movimiento y una de las más grandes obras maestras de la historia del cine. Rodada con actores de la calle no profesionales, en escenarios interiores y exteriores completamente naturales y en el clásico estilo de la época en el que el fondo predomina sobre la forma, es esta película uno de los reflejos más desoladores y certeros en su crítica de la sociedad de la posguerra italiana. Un parado consigue trabajo pegando carteles y, para desarrollarlo, necesita una bicicleta que consigue con todo su esfuerzo y el de su familia, bicicleta que le roban en un descuido. Este trabajador, junto a su hijo pequeño, ha de buscar por toda Roma… esta bicicleta. En un ambiente kafkiano de pobreza y miseria, de mediocridad y de perfidia, los dos protagonistas se van hundiendo progresivamente en una espiral de desesperación creada por la absoluta insolidaridad de los que les rodean, la insolidaridad de la gran ciudad en ruinas. Sin embargo, como siempre ocurre en De Sica (o tantas veces por lo menos), hay una salida a la esperanza, que se encuentra en el espíritu del ser humano, que ante la adversidad da tanto lo peor como lo mejor de sí mismo. Aunque esto es muy discutido, muchos aseguran que “Ladrón de bicicletas” dio el pistoletazo de salida al Neorrealismo Italiano. Tras ella, llegarían las otras dos grandes películas neorrelistas de De Sica: “Milagro en Milán” y “Umberto D.”, que formarían la llamada por muchos trilogía social del autor.

sábado 21 de noviembre de 2009

JULIO CÉSAR de Joseph L. Mankiewicz – 1953 – (“Julius Caesar”)


Tras sus enormes logros y conquistas, Julio César se ha convertido en uno de los hombres más poderosos de toda Roma, un hombre cuya ambición y egolatría desmedidas pueden, según muchos creen, acabar con la propia República. Temerosos del futuro tirano, y también envidiosos de él, un grupo de senadores liderados por Casio, Casca y Bruto deciden asesinarlo. Pero mientras la conspiración se gesta, Marco Antonio, el mejor amigo de César, va a intentar desbaratarla… Y poner al pueblo romano en contra de sus instigadores.

“Julio César”, basada en la obra homónima de William Shakespeare, es una de las películas más gloriosas de Joseph L. Mankiewicz, una película en la que el autor demuestra, una vez más, su maestría tras la cámara y tras el guión de la adaptación (no en vano, es uno de los cineastas norteamericanos que más ha amado la literatura, lo que se demuestra ampliamente a lo largo de su gran carrera). Como en la tragedia del genial autor inglés, Julio César no es en el filme el protagonista principal de la oscura trama que se propone, sino que son sus personajes más allegados el motor de la acción, personajes entre los que destaca Marco Antonio, al que da vida un soberbio Marlon Brando en el que es uno de sus más enormes papeles. Para que Julio César no se haga con el poder absoluto de la República de Roma, que puede tener sus días contados con un hombre tan ambicioso, ególatra e implacable como él al mando supremo, un grupo de conspiradores entre los que destacan Casio, Casca y Bruto, una de las personas más cercanas y adoradas por el propio César, deciden asesinarlo mientras que Marco Antonio, gran amigo de la futura víctima, intenta descubrir la conspiración para, posteriormente, una vez muerto Julio César, lanzar al pueblo romano contra sus verdugos. A partir de esta trama, excelentemente desplegada y desarrollada por Mankiewicz, se indaga en asuntos como el poder, la ambición, la envidia, la traición, el honor, la amistad, la lealtad y, especialmente, la lucha por la libertad contra un poder opresor (la república contra la tiranía) y lo que verdaderamente se esconde, en algunos casos, dentro de esta lucha (la mencionada envidia, el ansia de poder o el querer sustituir a un futuro tirano por otro). La galería de personajes, así, es poderosamente antimaniquea y, en algunos casos como el de Bruto, bastante ambigua (en este personaje recae el dilema de matar o no a un ser querido que es una amenaza para el supuesto “gobierno del pueblo”). Estos personajes, además, están interpretados con una brillantez sin par por un reparto de ensueño: Marlon Brando es Marco Antonio, como ya hemos dicho, mientras que Louis Calhern da vida a Julio César, James Mason a Bruto, Deborah Kerr a Porcia, John Gielgud a Casio y Edmond O’Brien a Casca. Queda, además, la magnífica Roma recreada por Mankiewicz, una Roma que se aleja bastante de la vista en otros filmes hollywoodienses y que viene marcada por la coexistencia de espacios lujosos y grandiosos con lugares apartados, austeros y hasta oscuros (el magnífico Foro y sus alrededores se contraponen a los sombríos y estrechos callejones de la enorme ciudad, que esconde claramente dos caras bien diferenciadas, la de la grandeza y la de la mediocridad). “Julio César” es una magistral adaptación shakesperiana cargada de diálogos y soliloquios majestuosos (el último de Marlon Brando tras el asesinato de César es verdaderamente sobrecogedor) que nadie puede perderse.

viernes 20 de noviembre de 2009

WEST SIDE STORY de Robert Wise y Jerome Robins – 1961 - (“West Side Story”)


En un barrio pobre y conflictivo de Nueva York dos pandillas luchan por la supremacía: los Jets, norteamericanos de nacimiento, y los Sharks, portorriqueños. Las refriegas son violentas y constantes y aterrorizan al vecindario. En este brutal ambiente, dos jóvenes cometen un pecado imperdonable: enamorarse. Son Tony, un Jet, y María, una Shark, y sus respectivas bandas van a hacer todo lo posible para que su relación no salga adelante… Incluso declarar la guerra definitiva de las pandillas.

Sumergido actualmente en un proceso de revalorización más que merecido, el estadounidense Robert Wise fue uno de los más grandes artesanos de Hollywood, cineasta ecléctico como pocos que tocó toda clase de géneros y que, a pesar de haber participado en muchas de las películas más importantes de su tiempo como director y también como montador, nunca ha sido considerado como un autor, injusticia que ahora se está subsanando. Robert Wise fue periodista antes de entrar en el mundo del cine como montador para la RKO en nada más y nada menos que “Ciudadano Kane” y “El cuarto mandamiento” de Orson Welles, película esta última que además fue el encargado de terminar de montar sin la presencia del director. Despuntó con el drama negro de boxeo de serie B “Nadie puede vencernos”, y a partir de aquí le vino una carrera de grandes éxitos y también de fracasos, pero, sobre todo, de buen cine, carrera que no le reconocieron como se merecía. Rodó todo tipo de historias y en todo tipo de estilos, demostrando una tremenda versatilidad, un dominio técnico magistral y un olfato comercial envidiable, pero no por ello descuidando la calidad artística y argumental de sus filmes, que presentaron personajes y conflictos de todo tipo y calado y con una intensidad dramática envidiable. Su obra se compone de cintas negras como “Nadie puede vencernos”, “Nacido para matar” o “Apuestas contra el mañana”, cintas de terror como “El regreso de la Mujer Pantera”, “Ladrón de cadáveres”, “The Haunting” o “Las dos vidas de Audrey Rose”, dramas como “Tres secretos” o “¡Quiero vivir!”, westerns como “Sangre en La Luna”, “Entre dos juramentos” o “La ley de la horca”, filmes de ciencia ficción como “Ultimátum a La Tierra”, “La amenaza de Andrómeda” o “Star Trek: La película”, bélicas como “Las ratas del desierto” o “Torpedo”, aventuras épicas como “Helena de Troya”, biopics como “Marcado por el odio”, musicales como “West Side Story” o “Sonrisas y lágrimas” y aventuras como “El Yangtsé en llamas” o “Hindenburg”. En 1989 se retiró del cine hasta morir el 14 de septiembre de 2005.

“West Side Story” es uno de los grandes musicales de la historia del cine y una de las mejores obras de su director, la cual co-dirigió con Jerome Robins. Basado libremente en la obra de William Shakespeare “Romeo y Julieta”, narra la historia de amor entre dos jóvenes de bandas callejeras rivales, amor imposible debido a esta rivalidad que no es otra que un crudísimo conflicto racial entre norteamericanos e inmigrantes que el filme retrata a la perfección y con afilado ojo crítico. Ambas bandas sólo tienen algo en común: están formadas por chicos pobres y desarraigados que quieren dominar un barrio conflictivo que aparece representado como su cárcel en vida, como el único lugar al que pueden aspirar. Los norteamericanos, muchos hijos de inmigrantes de la Europa más pobre, desprecian a los latinoamericanos, que llegaron buscando oportunidades a la tierra de las oportunidades y que no encontraron sino marginación y trabajos basura. Los latinoamericanos también tienen su parte de culpa: responden al mundo con la violencia con la que se les ha tratado, pero no dejan de estar tan cegados en sus prejuicios como los que les maltratan. Un interesante personaje del filme, aparte de los protagonistas, es el del policía que les vigila a todos, que desprecia a los inmigrantes por ser inmigrantes y a los nativos por ser pobres, configurando uno de los caracteres de la cinta en los que más pesa la aguda crítica social que encierra. Todos los actores y bailarines están excelentes, y los números musicales, animados por la música del gran Leonard Berstein, son simplemente soberbios. El ambiente, a caballo entre la artificiosidad del estudio y el realismo de la calle está impreso en un color esplendoroso y que llena cada escena de un significado distinto, acompañando a la citada música al otorgar la emoción necesaria. La ambientación festiva de los inicios del filme poco a poco se va apagando para establecerse en un tono sombrío, triste, descorazonador, conforme la inevitable y sabida tragedia va a avanzando. Una película maravillosa, una obra comercial perfecta que además encierra un contenido brutal.

jueves 19 de noviembre de 2009

EL AMATEUR de Krysztof Kieslowski – 1979 – (“Amator”)


El obrero Filip Mosz compra una cámara Super 8 para grabar los primeros pasos de su bebé y otros momentos familiares. Cuando se enteran en su empresa, sus superiores le piden un favor: que se dedique a grabar para ellos sus grandes momentos, banquetes, eventos, cierres de acuerdos, presentaciones… Filip accede y empieza a trabajar en algo que le llena. Sin embargo, pronto tiene problemas: Filip quiere capturar la realidad en toda su verdad con su cámara. Y esto su empresa no piensa permitirlo.

A pesar de su corta filmografía, Krysztof Kieslowski es uno de los directores polacos más reconocidos e importantes de las últimas décadas. Tras estudiar en la escuela de Lodz, inicia su andadura en el séptimo arte trabajando para la televisión, en la que permanece muchos años y en la que rueda una gran parte de sus obras: cortometrajes, documentales, programas dramáticos y los largometrajes “Pasaje subterráneo” y “Personel”. Tras ellos, debuta para la gran pantalla con la genial “La cicatriz”. El cine de Kieslowski es muy pausado y contemplativo, intimista y muchas veces minimalista. Suele narrar conflictos cotidianos de personajes completamente normales con los que cualquier espectador se puede identificar sin problemas y cuyos padeceres son mostrados a través de primeros planos de sus rostros y sus gestos. Kieslowski da la libertad total a su cámara, que es una expositora, no una jueza. Kieslowski plantea preguntas sin parar, pero no las responde: las deja en el aire para que el espectador de su propia opinión sobre lo que ha visto. Ha tratado así el amor, la amistad, la muerte, la lucha de hombres en solitario contra una sociedad opresiva, la traición, el tiempo, el metacine, los ideales perdidos y recuperados, la redención, la búsqueda de algo no determinado… Un elemento de crucial importancia en sus tramas es el azar, que por sí solo da nombre a una de sus películas y que articula casi todas sus tramas determinando las vidas de sus seres. Sus primeras producciones presentan un acabado visual sobrio y sencillo que se constrasta con el preciosismo de las últimas, que ha sido criticado por muchos y acusado de manierista. En sus primeras películas Kieslowski buscaba agitar moralmente a una Polonia convulsa y oprimida, a la que criticaba con ojo agudísimo. En sus útlimas películas el contenido social se fue perdiendo para centrarse más en las puras relaciones personales. Pertenecen a la primera etapa “La cicatriz”, “El amateur”, “El azar”, “Sin final” y su célebre “Decálogo”, una colección de diez cortos y largos sobre los Diez Mandamientos, aunque con una supuesta interpretación laica. Después de esta colección, Kieslowski se instaló en Francia, en donde comenzó su segunda etapa, más criticada y compuesta por “La doble vida de Verónica” y por la “Trilogía Tres Colores”, dedicada a la libertad, la igualdad y la fraternidad: “Azul”, “Blanco” y “Rojo”. Tras presentar “Rojo”, Kieslowski abandonó el cine para llevar una vida retirada dedicada a la lectura y a la reflexión. La muerte le sorprendió inesperadamente a los 55 años en 1996.

“El amateur” es una de las obras más lúcidas de Krysztof Kieslowski, una reflexión sobre el cine desde el cine y sobre su poder para la lucha social y un vapuleo brutal a la sociedad polaca de su momento. En ella, en el estilo sobrio de la primera etapa del autor (en mi opinión la mejor) conocemos la historia de un obrero cualquiera, un trabajador que, tras comprar una cámara para uso doméstico, es requerido por su empresa para rodar documentales sobre sus eventos especiales. La vida le empieza a ir mejor que a otros trabajadores: es el niño bonito de los jefes. Sin embargo, todo cambia de golpe cuando este obrero comienza a buscar algo prohibido: retratar la realidad tal y como es, en toda su crudeza y sin concesiones de ningún tipo. Ello incluye la explotación laboral, la tristeza de sus compañeros ante sus dramas cotidianos, la monotonía insufrible del día a día, los problemas de los minusválidos trabajadores, los accidentes laborales… La dirección, que se puede identificar con cualquier gobierno o empresa real, le manda inmediatamente dejar de grabar esta parte oscura de la compañía. Le censura. El trabajador se resiste, y la empresa aplasta su resistencia por la fuerza. En el genial desenlace que no revelo, al trabajador sólo se le ocurre hacer una última cosa con su cámara… “El amateur”, plagada de reflexiones sencillas y precisas sobre el arte, el cine, la falsedad y la lucha obrera, es uno de los más grandes y geniales alegatos a favor del compromiso social de los artistas de la historia del cine, además de todo un ejercicio de metacine comprometido y una critica brutal al uso de los medios de comunicación con objetivos manipuladores. No resultó en absoluto una película cómoda en la Polonia de finales de los setenta. Tal vez sea la mejor cinta de todas las de Kieslowski. Una película con retazos de documental que no ha perdido un ápice de actualidad.

miércoles 18 de noviembre de 2009

BEOWULF de Robert Zemeckis – 2007 – (“Beowulf”)


El gran guerrero Beowulf visita al Rey Hrothgar para ayudarle a matar al terrorífico Grendel, el monstruo que asola sus heladas tierras. Tras derrotarle y dejarlo moribundo, lo sigue hasta su oscura caverna con la intención de acabar con él y con su madre, otro ser diabólico. Beowulf vuelve triunfante y se convierte en un gran héroe que termina sucediendo al mismo Hrothgar en el trono. Años después, sin embargo, todo ha cambiado: Beowulf vive hastiado, su pueblo ya no le adora y su leyenda es simplemente eso… Una leyenda. Algunos en la corte sospechan incluso de que en realidad nunca llegó a vencer a la madre de Grendel. Algo terrible ocurre entonces: un fiero dragón ataca el reino, y sólo él, que está unido a la bestia por un turbio secreto, puede terminar con ella…

Robert Zemeckis siempre ha sido un director de cine familiar y comercial básicamente solvente, y su filme “Beowulf” es precisamente eso: un filme fantástico de aventuras solvente, sin sorpresas y que no llega al nivel de algunas de sus mejores creaciones (la trilogía de “Regreso al futuro”, “¿Quién engañó a Roger Rabbitt?”…) pero que básicamente se muestra divertido y que no pierde el ritmo ni el interés en ningún momento de su metraje. Escrito por el gran Neil Gaiman y por Roger Avary, director de “Las reglas del juego”, “Beowulf” se inspira en la leyenda homónima para narrar la clásica historia épica en la que un gran héroe se ha de enfrentar a un terrible rival que no es otra cosa que su parte oscura, su parte mentirosa y falsa, su parte decepcionante. Magnífico luchador, Beowulf se vende a un ser diabólico a cambio de sexo, de poder y de fama, hecho que le sumerge en el hastío y en la mediocridad y que hunde a su pueblo en el terror y en la miseria; hecho que le hará finalmente buscar la redención, que llegará por medio del mencionado combate interior y exterior. Bastante fieles al poema en sus inicios, Zemeckis, Gaiman y Avary se desligan de dicho texto en la parte final del filme para representar lo antes comentado en la lucha contra el dragón, monstruo que aparece en la narración original pero que no es el hijo del protagonista, que mataba a la madre de Grendel, la cual aparece en la película como la villana absoluta de la función y de la que no se volvía a saber nada en la obra escrita. Se puede sin embargo perdonar esta variación porque el objetivo de “Beowulf”, rodada mezclando animación con personajes reales como en anteriores y posteriores obras del autor, que parece estar pillandole el gusto a este estilo, es simplemente divertir y no resulta en absoluto pretenciosa. Acción a raudales, aventuras interminables, espectacularidad por todo lo alto, escenarios preciosos, monstruos imaginativos, intrigas palaciegas, pasiones desatadas y un conseguido ambiente crepuscular (el Cristianismo, recién llegado al indómito norte de Europa desde Roma, está acabando con los héroes del Mundo Antiguo) hacen del filme un entretenimiento más que aceptable.

martes 17 de noviembre de 2009

BRAINDEAD de Peter Jackson – 1991 – (“Braindead”)


El joven Lionel Cosgrove vive con su sobreprotectora, remilgada y clasista madre en su lujoso caserón familiar y está enamorado de Paquita, a la que ésta odia por ser de poder adquisitivo inferior. La vida para Lionel cambia radicalmente cuando su madre es mordida en el zoológico por un mono-rata de la Isla de la Calavera y se transforma en un zombie. Lionel la encierra en el sótano, pero ella escapa y muerde a otros que también se transforman en zombies… Lionel los encierra en el sótano a todos, y la vida prosigue normalmente… La sociedad no puede saber que existen. Y claro, el terror termina llegando a la ciudad.

El neozelandés Peter Jackson es uno de los directores modernos de cine fantástico más famosos y más apreciados tanto por el público más minoritario (por obras como “Braindead”) como por el de las grandes salas (por su adaptación de “El Señor de los Anillos”). Cultivada entre Nueva Zelanda y los USA, su filmografía, de corte fantástico casi toda ella, está compuesta por obras de todo tipo dentro del mencionado género al que pertenecen. Mitómano apasionado, ha sido Jackson un gran adaptador de obras literarias a la pantalla y hasta un autor de más que solventes remakes. Sus muy variadas películas, llenas de referencias y homenajes a grandes clásicos, cargadas unas de sádico, desprejuiciado y desquiciado humor negro, otras de poética minimalista y otras de exaltado lirismo romántico y épico, se mueven entre la pura cinta gore, la parodia inmisericorde, el thriller cotidiano, la historia de amor imposible, la comedia familiar y la película de aventuras de aura homérica. Ha sabido Peter Jackson encontrar un equilibrio justo entre la comercialidad y el cine de autor que todavía muchos le niegan haber alcanzado. Su estilo visual es recargado, muchas veces barroco (“Criaturas celestiales”) y a veces directamente colosalista y hasta desmadrado (“Braindead”, “El Señor de los Anillos”, “King Kong”…). Debutó con una comedia gore dirigida junto a sus amigos en su tiempo libre: “Mal gusto”, que obtuvo una cierta fama en festivales independientes y hasta en Cannes, lo que le permitió rodar sus siguientes películas: la comedia negra de marionetas “El delirante mundo de los Feebles” y la nueva comedia gore “Braindead”, que le lanzó a la fama como una nueva promesa del cine fantástico. Llegaron después la sorprendente “Criaturas celestiales”, el drama de dos jóvenes lesbianas que no pueden estar juntas por culpa de una sociedad hipócrita (un cambio de registro inesperado y una de sus mejores obras) y la ya irregular comedia familiar “Agárrame esos fantasmas”. Tras ellas, rodó la polémica adaptación de la trilogía de “El Señor de los Anillos”: “La Comunidad del Anillo”, “Las dos torres” y “El retorno del Rey”, que todavía siguen dividiendo a todos respecto a su calidad (en mi opinión, salvo ciertos errores, son más que solventes y una gran trilogía de aventuras) y un aceptable aunque demasiado largo remake de “King Kong”.

Rodada con tres millones de dólares, “Braindead”, también conocida en España como “Tu madre se ha comido a mi perro”, fue la película que disparó a la fama y al reconocimiento a Peter Jackson por ser, además de una delirante y divertidísima comedia (hay que tomársela en todo momento como una comedia, lo que queda bien claro desde el primer minuto de metraje), por ser una de las películas más sangrientas de toda la historia del cine (incluso dentro del propio gore). La trama es así de absurda: la madre del protagonista es mordida en el zoo por un mono-rata de la Isla de la Calavera (la isla de King Kong) y se transforma en un zombie que el protagonista intenta ocultar de la sociedad en su sótano. Posteriormente, la madre muerde a más personas y las transforma en zombies, y el mencionado y sufrido protagonista ha de llevar una vida normal con todo el sótano abarrotado de monstruos que nadie puede ver. Por supuesto, los zombies escapan, y no tarda en llegar el desmadre de sangre, miembros y vísceras, coronado por una inolvidable escena final con monstruo enorme y repugnante incluido en la que se derramaron 30.000 litros de sangre artificial bombeada a cinco galones por segundo. “Braindead” fue censurada en muchísimos países, y en otros fue expuesta con escenas cortadas. En Suecia hasta se alquilaba en los videoclubs con bolsitas para vomitar. Tampoco es para tanto (creo)… La película tiene un contentido y una violencia completamente lúdicos: tanto el argumento (sobre madres sobreprotectoras y clasistas, amores no consentidos por estas madres y tíos malvados que buscan herencias ocultas) como la propia violencia sucia son una excusa para el desmadre y para que los espectadores se carcajeen sin parar. La sola idea de que el protagonista intente ocultar a los zombies de la sociedad ya es delirante (aunque muchos le han extraído dobles lecturas, así como al complejo de Edipo que se adivina entre el protagonista y su madre). En “Braindead” se corta, aplasta, mutila, destripa y destroza a un zombie de todas las formas posibles: hachazos, cuchillos, licuadoras, sierras y hasta segadoras de césped. El desenlace, a lo “Grupo Salvaje” de Sam Peckinpah, alcanza la media hora de matanza frenética e incesante. Posiblemente esta, la obra más famosa de Jackson, sea la película gore definitiva. Hasta ahora ninguna la ha igualado. Él mismo afirmó que no rodaría una película gore nueva hasta que apareciera otra más sangrienta que esta.