miércoles, 23 de septiembre de 2009

EL INTENDENTE SANSHO de Kenji Mizoguchi – 1954 – (“Sansho Dayu”)


Japón. Siglo XII. Un noble amado por sus súbditos por su comprensión y bondad hacia ellos es desterrado por sus superiores precisamente por esto: por tratar bien a las clases inferiores a la nobleza. Su mujer y sus hijos, Zushio y Anju, salen al exilio también, pero son atrapados por unos criminales que les venden como esclavos. Así, Zushio y Anju, sin saber dónde ha terminado su madre, acaban trabajando en la rica hacienda del déspota y cruel intendente Sansho. Sin embargo, su joven hijo, que es una buena persona y odia las actividades de su progenitor, ayuda a Zushio a ascender en la escala social. Muchos años después, Zushio vuelve a ver a Sansho… Pero él es ahora un hombre de letras temido y respetado por su poder…

Kenji Mizoguchi fue uno de los directores más prolíficos de todo el Japón de su época. Dejó más de cien películas rodadas, aunque muchas de ellas desaparecieron durante la Segunda Guerra Mundial. Hijo de un modesto carpintero, trabajó como dibujante de kimonos hasta que pudo por medio de una beca estudiar Bellas Artes, en donde tomó contacto con la plástica occidental, que le fascinó. En 1921 accedió a la industria cinematográfica como actor y más tarde como ayudante de dirección. Su primera película fue “El día en que vuelve el amor”, que tuvo numerosos problemas con la censura. Kenji Mizoguchi fue un cineasta de lo social durante casi toda su carrera. Un horrible hecho le dejó marcado para siempre: como su familia era humilde, su padre hubo de vender a su hermana como geisha, ya que les proporcionaba un importante dinero y en el Japón de aquel momento una mujer pocas más opciones tenía en la vida si quería salir adelante. Kenji decidió, a partir de aquel momento, luchar con su arte por una sociedad más justa. Se convirtió además en el cineasta japonés de la mujer y se integró en el movimiento del Nuevo Realismo de su país con películas críticas e ideológicas como “La patria” y “El valle del amor y del odio”. Cuando se fue acercando la Segunda Guerra Mundial y Japón vivió su conocida e hirviente fiebre patriótica, Mizoguchi hubo, como otros creadores, de plegarse a las normas de la censura. Sólo pudo realizar filmes de samurais en esta época, pero aprendió algo de ello: ambientar, ante la represión, sus películas en el pasado para, solapadamente, criticar desde allí al injusto presente, técnica que usó a partir de ese momento casi sin descanso. Así, su cine criticaría a la sociedad japonesa en general, que entraba en la modernidad pero que no abandonaba ciertas tradiciones absurdas feudales. Como abanderado de la lucha por los derechos de la mujer desde el cine, los mejores personajes de Mizoguchi han sido los femeninos: mujeres de todo tipo (geishas, amas de casa, jóvenes sin trabajo…) perdidas en un mundo machista hasta la médula que las ve únicamente como objetos. Su estilo es lírico y realista a la vez, musical y cargado de ritmo, y es famoso su largo y dinámico plano secuencia. Rodó muchas obras en blanco y negro aunque, cuando experimentó con el color, logró una belleza expresiva sin par. Humanista, aunque en sus obras se puede observar un pesimismo a veces terrible, Mizoguchi se manifestaba optimista: para conocer el bien y cambiar hay que ver primero el mal. Grandes dramas de corte social nos dejó antes de morir de leucemia, unos pocos bajo la forma de cuento moral clásico: “Historia del último crisantemo”, “Utamaro y sus cinco mujeres”, “La señorita Oyu”, “Vida de Oharu, mujer galante”, “Los músicos de Gion”, “Cuentos de la luna pálida de agosto”, “Los amantes crucificados”, “El intendente Sansho”, “La mujer crucificada”, “La emperatriz Yang Kwei-Fei” o “La calle de la vergüenza”.

Kenji Mizoguchi, además de sus habituales dramas urbanos o dramas históricos con crítica social oculta hacia una determinada situación actual, destacó por dirigir un grupo de maravillosos cuentos morales entre los que se cuentan geniales películas como la famosísima “Cuentos de la Luna pálida de agosto” y esta “El intendente Sansho”, basada al parecer en una famosa leyenda que según comentan se encuentra en una novela de Ogai Mori. No me hagáis mucho caso respecto a este dato porque no estoy nada seguro de ello, y en internet no hay mucha información ni sobre la leyenda ni sobre Mori (quien sepa algo ya sabe: que me cuente). Se trate de lo que se trate, es su versión fílmica (suponiendo que su versión escrita exista realmente) una de las mejores películas de toda la cinematografía japonesa de todos los tiempos y una de las obras que más ayudó a que las producciones orientales pudieran abrirse paso en el entonces difícil mercado de occidente. Kenji Mizoguchi nos sumerge, una vez más, en un mundo triste y oscuro (en este caso su siempre muy recurrida Edad Media Japonesa) en donde unos ciertos colectivos son marginados y/o explotados, víctimas de una sociedad inhumana, hipócrita y cargada de prejuicios. En este caso los desfavorecidos son la clase social más baja del Japón de la época retratada: los esclavos, y, dentro de esta misma clase, las mujeres (como no tratándose de este cineasta), siempre sufrientes y siempre más fuertes, bondadosas y consecuentes que los hombres. La propuesta es, como comenté arriba, un cuento moral, cuento que es un alegato a favor de las personas que hacen lo que creen que es correcto en cada momento y que se entregan a los demás a pesar de que ello acarree su propia perdición, cuento que encierra un mensaje moral que aboga por la no claudicación ante las normas injustas de una sociedad injusta. La crítica que realiza Mizoguchi de la sociedad japonesa medieval es fácilmente extrapolable a la del Japón de su tiempo, en especial en lo que se refiere, una vez más, a los aspectos referidos a la marginación de las mujeres, perdidas en un mundo machista que ni las comprende ni las respeta. El análisis que hace el autor de la crueldad humana es uno de los más descorazonadores de su filmografía, sumergiendo al espectador en una edad oscura y brutal, miserable y triste (recalcada por el ambiente lúgubre y casi onírico de gran parte del filme, de rasgos primitivos pero también románticos); una edad oscura en la que los justos sufren mientras los malvados prosperan. Aún así, la esperanza llega, y eso lo recalca con fuerza Mizoguchi sin cesar: los que no se traicionan pueden encontrar una manera de salir de la marginación y, desde su nueva situación, ayudar a salir a otros. El estilo es el de siempre: una cámara limpia y elegante como pocas (con ese plano secuencia de siempre) y una fotografía en blanco y negro llena de esplendorosa hermosura. El dramatismo es supremo, terriblemente doloroso, capaz de hacer saltar las lágrimas. Los actores, geniales (Kinuko como siempre). Una película imprescindible, un ataque posibilista a un sistema represor. Mizoguchi era uno de los grandes posibilistas de su época.

2 comentarios:

Fantomas dijo...

Hace tiempo que tengo ganas de ver una película de este director. Esta parece ser una buena alternativa para emepezar a conocer su filmografía.

Saludos.

Crowley (www.tengobocaynopuedogritar.blogspot.com) dijo...

Una película fundamental para el cine oriental. Una obra genial de ese maestro que es Mizoguchi.
Saludos