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martes, 9 de junio de 2009

INTOLERANCIA de David W. Griffith – 1916 – (“Intolerance”)


Cuatro historias independientes en las que la intolerancia racial, religiosa, política o social del ser humano es la protagonista:

1- Principios del siglo XX. Unas viejas beatas amargadas y envidiosas se dedican a fastidiar la vida de los que son felices luchando legalmente por cerrar los locales de fiestas y de ocio de los obreros, locales que consideran indecentes. Pronto estallará la huelga… Y la tragedia.

2- Edad Antigua. La antes gloriosa ciudad de Babilonia entra en decadencia y se ve amenazada por los invasores persas de Ciro II “El Grande” desde el exterior y por traidores desde el interior que quieren destruirla. Un grupo de héroes babilónicos va a intentar, por todos los medios, salvar su cultura.

3- Principios de la Edad Cristiana. Jesús de Nazaret llega a Jerusalén predicando el amor de Dios y la bondad humana. Por ello, y por voluntad de su propio pueblo, es entregado a las opresoras autoridades romanas para que sea torturado y crucificado.

4- 1572. Francia. Noche de San Bartolomé. Los “despreciables” hugonotes están a punto de ser masacrados en una de las noches más sangrientas de la historia francesa. El caos y la destrucción están a punto de adueñarse de las calles y montones de inocentes van a pagar las consecuencias de la intolerancia religiosa.

“Intolerancia” fue, irónica y ambiguamente, el producto del trato recibido por David Wark Griffith a manos de la sociedad de su época tras el estreno de la racista hasta la médula “El nacimiento de una nación”. Realmente, parecía imposible que un hombre que había alabado la creación del Ku-Klux-Klan y que había sostenido la supremacía de la raza blanca por encima de la negra hablara ahora a las personas sobre la tolerancia. Sin embargo, lo hizo. Y el resultado fue otra de las obras cumbre del séptimo arte, la película que confirmó su inmenso talento en la escritura de guiones (cuatro historias independientes alternadas a lo largo de más de tres horas sin perder ritmo), para diseñar y rodar tomas, para montar lo rodado y para levantar escenas de ensueño de acción y de batallas con miles de extras y en escenarios colosales (el de Babilonia, retratado en la foto de arriba, es sin ninguna duda el más impactante y espectacular de todos) que, superando a los de la misma “El nacimiento de una nación”, hasta aquel momento eran completamente impensables. Película tremendamente ambiciosa, “Intolerancia” lograba mostrar, con grandes medios materiales y en los cuatro referidos episodios que se entrelazaban mediante el montaje alternado (surcados con interludios de una quinta historia simbólica sobre una mujer que mece una cuna), las funestas consecuencias de la intolerancia racial, social, política y religiosa en todas las épocas de la historia de la humanidad: la edad contemporánea (la explotación de los obreros en la Revolución Industrial), la Antigua Babilonia acosada por los invasores persas, la Edad de Jesucristo marcada por la dominación romana de la gran mayoría del Mediterráneo y de más allá y el siglo XVI francés de las luchas religiosas entre católicos y protestantes. “Intolerancia” es una película grandilocuente a más no poder, decimonónica en sus planteamientos y moralmente conservadora a pesar de lo que propugna, ya que lo hace de una manera maniquea y simplista e incluso por momentos rancia. Sin embargo, se puede afirmar que el cine, técnicamente, no es nada sin ella, como no es nada sin las también polémicas a causa de su propaganda política e ideológica “El nacimiento de una nación” del mismo Griffith, “El acorazado Potemkin” de Sergei M. Eisenstein o “El triunfo de la voluntad” de Leni Riefenstahl. Y es que nunca hasta la llegada de “Intolerancia” se habían visto unos escenarios tan esplendorosos como los de este filme. Nunca antes se habían visto tales batallas, nunca antes se habían visto semejantes muchedumbres actuando al unísono (tres mil extras en el mencionado escenario de Babilonia), y nunca antes se había visto tampoco se había visto un montaje tan ágil, tan preciso, con tanto ritmo y potencia. “Intolerancia” es, en su momento, la afirmación práctica de que las grandes superproducciones son posibles, de que el cine espectáculo tal y como lo conocemos hoy en día es una realidad plena. La versión original de esta película, que quedó inédita, duraba ocho horas, de las cuales Griffith realizó una reducción comercial que dejó el resultado final en tres horas y cuarenta minutos. Fue el filme terriblemente incomprendido en su momento, en parte por la mala impresión que su propio autor había dejado tras “El nacimiento de una nación”, y supuso para él un brutal fracaso comercial, uno de los mayores y más desastrosos de toda la historia del cine silente (dos millones de dólares costó, los cuales no se amortizaron). Económicamente Griffith nunca se recuperó de estas pérdidas, y las deudas le persiguieron hasta el final de sus días. Siguió rodando, y realizó dramas excelentes, aunque en 1931 se vio obligado a retirarse del mundo del cine porque ningún estudio quería contratarle. Murió sólo y alcohólico en un hotel en 1948 y los inolvidables decorados de “Intolerancia” se quedaron, llenos de telarañas, en donde él los había dejado como algo característico de Hollywood. Dice la anécdota que los productores los utilizaban para aleccionar a los directores sin experiencia. Se cuenta que decían, señalándolos "Mirad: eso es lo que hizo Griffith. Eso es lo que nunca debéis hacer vosotros.". Por suerte, hoy en día nadie duda de que este desgraciado director es (dejando a un lado su racismo) uno de los definitivos padres del séptimo arte. Sin “El nacimiento de una nación” y sin “Intolerancia” no hay cine.

lunes, 8 de junio de 2009

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN de David W. Griffith – 1915 – (“The Birth of a Nation”)


La familia Cameron es de Carolina del Sur y la familia Stoneman es de Pensilvania. Sin embargo, una gran amistad late entre todos los miembros de ambas, amistad que perdura incluso después de la terrible Guerra de Secesión, que está a punto de dividir a los norteamericanos para siempre. Algo, sin embargo, las amenaza cuando la paz parece asentarse: los esclavos negros, recién liberados, comienzan a provocar el caos en muchas zonas del país y a intentar aplastar a los blancos como venganza. Algunos jóvenes blancos, sin embargo, se unen para plantarles cara y fundan el Ku-Klux Klan, una organización secreta para acabar con el poder de los negros. Los Cameron y los Stoneman se ponen de parte de esta organización y empiezan a combatir junto a ella.

El norteamericano David Wark Griffith fue el creador de la gramática cinematográfica después de que pioneros como el francés Georges Méliès o el español Segundo de Chomón fueran más allá del simple espectáculo sin trascendencia artística e incluso comercial que presentaron los discutidos inventores del cine, los hermanos franceses Louis y Auguste Lumière, que se disputan aún hoy este título con el norteamericano Thomas A. Edison, que si no vio un arte aún en el séptimo de ellos, sí que vio ya en el invento del cinematógrado una empresa que podía dar mucho dinero. De orígen humilde e hijo de un general sudista arruinado por el fin de la esclavitud de la raza negra tras la Guerra de Secesión, Griffith fue un autodidacta que ejerció miles de oficios antes de dedicarse al teatro y al cine como actor primero y como director finalmente. Desde 1908 dirigió cortometrajes para la productora Biograph y en sólo en cinco años terminó cuatrocientas veintidós películas a un ritmo de dos por semana. Sin embargo, tenía más ambiciones que estas y, en 1914, desobedeciendo a sus productores, que pensaban que el público era incapaz de aguantar más de veinticinco minutos sentado frente a una pantalla, se atrevió a dirigir “Judith de Betulia”, su primer largometraje. Por supuesto, fue fulminantemente despedido, tras lo que, con todo su equipo, se marchó a rodar a California para, más tarde, ayudar al nacimiento de Hollywood tras fundar la Triangle Film Co. y la United Artist junto a Douglas Fairbanks, Mary Pickford y Charles Chaplin. Creó, también, una gran familia de actores que trabajaron con él, entre los que destacan las eternas Mae March y Mary Pickford y su “musa”, la bellísima Liliam Gish. Allí, rodó las que fueron sus grandes obras maestras, “El nacimiento de una nación”, con la que revolucionaría la escritura cinematográfica, y la colosal “Intolerencia”, creada como respuesta a las durísimas críticas que la anterior, racista hasta la médula y exaltadora del Ku-Klux Klan, cosechó. Con “Intolerancia” Griffith se estrelló económicamente debido al muchísimo dinero que le costó y a lo poco que recaudó en líneas generales. Llegaron otras películas entonces más o menos destacadas como los dramas “Lirios rotos”, “Las dos tormentas” y “Las dos huerfanitas” o como el biopic “Abraham Lincoln”. Sin embargo, y aunque recibió un Oscar, su carrera no se levantó con fuerza nunca y terminó prácticamente al llegar el cine sonoro, ya que ningún estudio quería contratarle porque el racismo mostrado en “El nacimiento de una nación” le había cerrado muchísimas puertas. David W. Griffith, arruinado y solo, murió alcohólico en un hotel en 1948. Años más tarde, fue revalorizado como se merecía por sus innovaciones técnicas, que cambiaron el cine para siempre. Sergei M. Eisenstein declaró que “No hay cineasta en el mundo que no le deba algo” y que “Lo mejor del cine soviético ha salido de “Intolerancia””, mientras que Orson Welles afirmó “Nunca he odiado realmente a Hollywood a no ser por el trato que le dio a D.W. Griffith. Ninguna ciudad, ninguna industria, ninguna profesión ni forma de arte deben tanto a un solo hombre”.

El primer plano utilizado a nivel expresivo, el plano visto como la gran unidad del montaje (y no la escena), la iluminación natural vista como parte integrante de la acción dramática, el empleo de la “salvación en el último minuto”, el empleo de las primeras “tomas de persecución”, las secuencias simultáneas que se van alternando, el primer uso del “montaje invisible o americano” (que hace avanzar la acción asegurando la continuidad de la narración y que es utilizado de forma natural e intuitiva), el uso de decorados enormes y naturales, el empleo de miles de extras, la concepción y el desarrollo de escenas de batalla y de acción, la primera banda sonora orquestal de la historia... Todo esto que hoy es tan “lógico” ver en cualquier película aparece por primera vez sintetizado y conjugado sin fisuras en “El nacimiento de una nación”, película de tres horas de duración que demostró que el público sí que podía estar más de 25 minutos frente a una pantalla y que a nivel técnico y narrativo cambió radicalmente y para siempre el arte cinematográfico (aunque a nivel de argumento es una de las más deleznables de la historia de este mismo arte). Basada en la novela explícitamente racista “The Clansman: An Historical Romance of the Ku-Klux Klan” de Thomas Dixon, y en la experiencia del propio padre del cineasta, general sudista arruinado tras el fin de la esclavitud, “El nacimiento de una nación” narra la historia de dos familias que, siendo una del norte y otra del sur, permanecen unidas, a pesar del estallido de la Guerra de Secesión, por la amistad y el amor que se dan entre sus miembros. Tras la mencionada guerra, exaltada como un acto de honor y heroicidad patriotera, el filme se precipita, tras los buenos propósitos iniciales (el amor y la amistad quedan casi exclusivamente reservadas a los norteamericanos blancos) en el racismo más indignante y despreciable. Si bien en la primera mitad ya han aparecido algunos personajes negros completamente estereotipados, en esta segunda ya lo hacen como auténticos enemigos públicos de la nación. Los negros liberados de la esclavitud comienzan a esclavizar a los blancos para vengarse y es el Ku-Klux Klan, glorificado hasta el éxtasis como salvador de los USA, el que se encarga de plantarles cara y acabar con sus amenazas. Por supuesto, ningún actor negro participa en el filme (son todos blancos pintados). Para el recuerdo (con horror) quedan escenas como la de los negros en el parlamento, escupiendo y con los pies puestos sin zapatos sobre las mesas; la del negro violador vagabundo que persigue a las jovencitas blancas para robarles su pureza, la de los negros ardiendo en el Infierno y los blancos santificados en el Cielo o la de la ayuda que las familias protagonistas reciben de sus viejos esclavos del hogar, que, agradecidos y siempre fieles, combaten junto a ellos contra los “negros malvados y desagradecidos” (el paternalismo de Griffith llega aquí a ser verdaderamente asqueroso). “El nacimiento de una nación”, incluso en 1915, protagonizó uno de los escándalos más grandes que los Estados Unidos vivieron a nivel artístico y social: la National Association for the Advancement of Colored People protestó públicamente y condenó para siempre a Griffith, mientras que, incluso, llegaron a registrarse bastantes disturbios callejeros violentos a causa de las proyecciones del filme. Sin embargo, no se puede negar que la primera obra maestra del gran padre del cine moderno es, técnicamente, decisiva en todos los aspectos. David W. Griffith, ante las enormes críticas recibidas, realizó su siguiente gran pieza, “Intolerancia”, en la que se oponía a toda censura posible y en la que reclamaba su derecho a expresar lo que tuviese por conveniente según su ideología elegida libremente.