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domingo, 2 de mayo de 2010

MAD MAX III. MÁS ALLÁ DE LA CÚPULA DEL TRUENO de George Miller – 1985 – (“Mad Max III. Beyond Thunderdome”)


Mad Max llega, en busca del vehículo que le han robado, a Negociudad, un lugar en el que se pretende levantar la civilización humana reviviendo el comercio reglado pero que está corrupto hasta los cimientos. Allí, dos gobernadores luchan por el control: la bella Aunty Entity, que posee la parte alta de la ciudad, y el poderoso Maestro Golpeador, que posee los recursos energéticos. Mad Max es contratado por la primera para derrotar al segundo. Sin embargo, hay algo más oculto en las intenciones de su atractiva anfitriona…

La tercera y hasta ahora última entrega de las aventuras de Mad Max fue, al amparo del gran éxito de “Mad Max II. El guerrero de la carretera”, una nueva superproducción rodada ahora con capital tanto de Australia como de los USA. Por desgracia, y como suele ocurrir tantas veces, una mayor cantidad de dinero sólo sirvió para que la saga acabase con el nivel por los suelos. Una sola cosa merece la pena de “Mad Max III. Más allá de la Cúpula del Trueno”: sus escenarios y su atmósfera. Y es que no hay que negar que (gracias al mencionado mayor presupuesto) el ambiente post-apocalíptico de resonancias punk de la segunda entrega se mantiene e incluso aparece notablemente mejorado en todos sus aspectos. Hay que destacar, en especial, la ciudad que se construyó para el filme y la Cúpula del Trueno que en ella se encuentra, ambas realmente opresivas, y los vehículos y vestidos que sus moradores llevan. Los efectos especiales también presentan más calidad, lo cual es obvio por el superior desembolso económico efectuado en la cinta. Sin embargo, ahí se queda todo. George Miller naufraga completamente al llevar a las salas una película anodina que ha perdido ya casi por completo toda la violencia de la que hacían gala sus dos anteriores entregas (ni siquiera la lucha en la mencionada Cúpula del Trueno logra estremecer) y que aparece en todo momento claramente orientada al público familiar. En “Mad Max III” Mel Gibson, ya en lo más alto de la fama, vuelve a dar vida al protagonista, pero en un registro mucho menos duro, más ingenuo y menos desencantado. La trama presenta más alicientes que las de sus antecesoras, pero está tan mal planteada y desarrollada, tan pésimamente hilvanada y tan llena de lagunas que no sólo no logra implicar al espectador en ningún momento, sino que le sumerge en el sopor a la media hora de metraje. Por otra parte, los personajes son los más planos de la saga (no es que los otros fueran un dechado de hondura, pero cumplían su misión de comparsa del principal sin resultar tan increíblemente vacíos), los diálogos son absurdos y ridículos y a veces directamente están fuera de lugar y las escenas de humor, bastante más numerosas que en la segunda parte, resultan irritantes (mientras que otras que pretenden ser dramáticas desatan la risa –la más tristemente recordada: el combate contra el Maestro Golpeador-). La trama se divide en dos partes: una de aventuras bastante olvidables por su poca inventiva y otra en la que presenciamos la clásica persecución con coches, motos, camiones y aparatos voladores que no puede faltar en la saga y que está muy lejos de la garra y del pulso que tenían las de “Mad Max” y “Mad Max II”. Por último, hay que señalar que Tina Turner , que también se encargó del tema principal del filme “We don’t need another hero”, está verdaderamente horripilante como la villana de turno. “Mad Max III” resultó ser, en líneas generales, la película más odiada por los amantes de la saga, que terminó con ella... Hasta ahora, que parece que volverá de nuevo de la mano de George Miller. ¿Qué encontraremos?

MAD MAX II. EL GUERRERO DE LA CARRETERA de George Miller – 1981 – (“Mad Max II. The road warrior”)


La Tierra ha sido sacudida por un desastre nuclear que ha dejado a la raza humana menguada y reducida a un estado de salvajismo casi absoluto. Entre las ruinas de su destruida civilización todos luchan por el bien más preciado del planeta: la gasolina. En este ambiente, un grupo de hombres y mujeres que todavía cree en un futuro mejor vive constantemente asediado por la brutal banda de Humungus, un terrible señor de la guerra. En el camino de ambos bandos se cruza Mad Max, un antiguo policía que va a ayudar a los primeros a enfrentarse a los segundos. El combate definitivo va a estallar.

Después del gran éxito de “Mad Max” era de esperar que su correspondiente secuela no tardase en llegar a las salas. Dos años fueron suficientes, y se volvió a repetir aquel éxito mencionado. “Mad Max II. El guerrero de la carretera” fue la película más cara rodada en Australia en su momento. En ella, las aventuras de Max continuaban ya plenamente inmersas en un mundo post-apocalíptico en el que una gran catástrofe se ha desatado (en la primera entrega esta catástrofe aún no ha ocurrido, aunque en todo momento da la impresión de estar a punto de estallar debido al estado de caos en el que la humanidad se encuentra). Mel Gibson, que empezaba a asfaltar su camino al estrellato, volvió a dar vida al ya entonces mítico antihéroe ex policía en un registro en el que demostró sentirse más que cómodo y al que de nuevo imprimió un notable carisma. La historia que “Mad Max II” narra vuelve a ser tremendamente simple, presentándose como un vehículo para el desarrollo de un festival de acción frenética, carreras, luchas, destrucción y explosiones, festival que se ve mejorado de una manera sobresaliente gracias al enorme presupuesto que se invirtió en la película y que permitió muchos más extras y más y mejores efectos especiales. Mad Max vaga por los restos de la civilización humana luchando por su supervivencia y hastiado por el detonante de la venganza de la primera entrega, la muerte de su familia y de su mejor amigo. En su camino se topan dos bandos enfrentados: uno de hombres y mujeres necesitados que buscan la libertad y otro de, como no, salvajes motoristas que quieren hacerse con la gasolina (el bien más preciado en lo que queda del planeta) que los otros tienen. Mad ayudará al primer bando por puro interés a luchar contra el segundo, aunque, poco a poco, el espectador irá descubriendo que todavía late bondad en él (se operará un cierto nuevo cambio inverso al de “Mad Max”: de antihéroe el protagonista volverá a ser un héroe). El género es el mismo, el western futurista, y el estilo narrativo también: rápido, directo, casi cortante. Hay pocos diálogos y el filme es corto y conciso. Los personajes no tienen relieve, aunque están bien delineados y hay entre ellos un secundario de aires cómicos (Bruce Spence) que no resulta irritante, como estos personajes suelen resultar. Lo mejor que ofrece la película es, sin ninguna dura, el mencionado festival de acción, muy bien montado y llevado en todo momento por George Miller, que no busca otra cosa para su filme salvo divertir por medio de la aventura digna (la persecución final es realmente emocionante). Otro punto muy destacado es el ambiente desértico y ruinoso que recrea, que gracias al mayor dinero invertido llega a resultar verdaderamente desolador y evocador, un ambiente de ambigua inspiración punk que, por cierto, marcó muchas de las pautas de muchas películas posteriores sobre futuros post-apocalípticos. Por desgracia, “Mad Max II” pierde, al tratarse de un filme muchísimo más comercial que su antecesor, la dosis de violencia que aquel mostraba, por lo que en todo momento (salvo por alguna que otra perversa sugerencia sexual) se pone más del lado de un filme de consumo familiar. Sin embargo, no por ello deja de ser una película de acción recomendable. En muchos países “Mad Max II” se estrenó con el único nombre de “El guerrero de la carretera”, ya que “Mad Max” no era lo suficientemente conocida aún.

MAD MAX. SALVAJES DE LA AUTOPISTA de George Miller – 1979 – (“Mad Max”)


El mundo está sumido en el caos. Salvajes bandas de motoristas luchan diariamente entre ellas y contra la Policía, que cada vez tiene más problemas para controlarlas. Max, un agente íntegro, acaba en una de sus misiones con El Jinete Nocturno, uno de los pandilleros más peligrosos de la zona en la que patrulla. Es entonces cuando comienza su pesadilla: toda la banda del fallecido se le viene encima y ataca a sus seres queridos. Pero no saben con quien se están metiendo. La venganza de Max va a ser implacable.

El australiano George Miller tiene a sus espaldas una de las trilogías más famosas e importantes del cine de ciencia ficción y fantástico post-apocalíptico de todos los tiempos: la que narra las aventuras de Mad Max, el guerrero de la carretera. A pesar de ello, su filmografía, que contiene incursiones en géneros muy variados y que salvo excepciones está orientada al cine familiar (a pesar de haber mostrado una violencia bastante cruda y desmesurada en algunos de sus títulos), se muestra en todo momento muy irregular. Miller, un director con algunas buenas ideas al que tal vez le falte más inspiración artística, alterna obras personales con otras verdaderamente mediocres y anodinas entre las que se pueden encontrar algunos sonados bodrios. Se compone su currículum de las dos buenas “Mad Max. Salvajes de la autopista” y “Mad Max II. El guerrero de la carretera”, de la horrenda “Mad Max III. Más allá de la cúpula del trueno”, de la floja “Las brujas de Eastwick”, de la despreciable “La historia inteminable II”, de la excelente “El aceite de la vida”, de la olvidable “Robinson Crusoe”, de la secuela “Babe, el cerdito en la ciudad” y de la película de animación “Happy Feet”. Actualmente, parece que prepara una nueva entrega de las aventuras de Mad Max.

“Mad Max” es el producto de una época (los setenta y principios de los ochenta) en la que el cine comercial norteamericano e incluso el de ciertos países de más allá alcanzaron una cota de violencia y desencanto crudos que no se habían visto antes en una pantalla destinada al gran público. En casi todos los géneros aparecieron obras que llevaban estas características como bandera. Dos de los más importantes en este aspecto fueron, por supuesto, el fantástico y el de la ciencia ficción, que con sus tremendos poderes de evocación presentaron futuros sin esperanza sumidos en este estado habitualmente por culpa de los propios seres humanos. “Mad Max” fue una de las tantísimas películas clave de este tiempo que, irrumpiendo de manera fulminante en las salas, alcanzó un instantáneo estatus de filme de culto. George Miller la rodó con un presupuesto ajustadísimo de 350.000 dólares (tan ajustado era que hasta rompió coches propios durante el rodaje) y recaudó con ella 100 millones en todo el mundo. Su filme era un western crepuscular futurista en el que Max, un policía que terminaba aplicando la Ley por su propia cuenta enarbolando la bandera de la venganza, luchaba contra una salvaje pandilla de motoristas que atacaban a sus seres más queridos, a su familia y a sus amigos, en busca de saldar otra venganza, la venganza por la muerte de su líder. El argumento era completamente lineal y los personajes bastante planos, pero el filme no necesitaba otra cosa para funcionar. La narrativa que Miller utilizaba en la cinta era, cimentada en un ajustado guión, simple y directa, tremendamente concisa, casi cortante. Los personajes, sumergidos en un mundo en descomposición, actuaban y no daban discursos, y la acción estallaba en todo momento frenética y llena de potencia. La violencia que “Mad Max” exhibe era además, para la época, verdaderamente desmesurada y sin concesiones, e incluso hoy resulta sádica y hasta sugerente por momentos. La escena de la violación intuida está realmente bien montada e ideada y sorprende tremendamente en su desaforado arranque. Lo mismo ocurre con el ataque al Ganso, el amigo del protagonista, o con el famoso desenlace. Max es interpretado por un más que solvente y muy carismático Mel Gibson que, a partir de este papel, saltaría a la fama. La estética underground que envuelve a la obra, que bebe de lo kitsch, de la serie B o de los comics, resulta efectiva en todo momento, delineando un ambiente excelente que sugiere con pocas pinceladas y menos medios económicos un mundo ambiguo al borde de una catástrofe a punto de ser devorado por el caos (la catástrofe, de carácter nuclear –muy acorde con la época-, se confirmaría en las dos entregas siguientes, en las que ya era plenamente patente el mencionado futuro post-apocalíptico). El desencanto aparece representado en la figura del propio Max, que pasa de ser un héroe a un antihéroe. Hoy vista, “Mad Max” sigue sorprendiendo, a pesar de que la historia que narra no presente demasiados alicientes (no los presentaba en su momento tampoco, todo sea dicho) dejando a un lado los logros estéticos y la trasgresión por medio de la violenta que mostraba. El éxito de la película fue tal que propició dos secuelas, una aceptable y otra detestable, rodadas con más presupuesto. Nacía otro mito del cine.