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domingo, 6 de junio de 2010

SAW VI de Kevin Greutert - 2009 – (“Saw VI”)


La sombra del fallecido Jigsaw es alargada y las víctimas de sus macabros juegos no dejan de aparecer. El agente Hoffman, su supuesto sucesor, investiga un "nuevo" caso relacionado con su maestro bajo la amenaza de que sus compañeros le descubran y, en algún lugar desconocido, William Easton, un agente de seguros despiadado responsable de muchas vidas destrozadas, ha de enfrentarse a su pesar a una serie de juegos macabros para purgar sus pecados. Sin embargo, las cosas no son lo que parecen ser y el mismo Hoffman tal vez no sea lo que él cree ser... La viuda de Jigsaw, Jill, tiene mucho que decir al respecto de lo que ocurre.

A estas alturas de la película no sé ya qué comentar sobre una cinta como "Saw VI", en la que absolutamente tooooooooooooooooodos los tópicos de esta saga ya interminable y pesadísima que algunos tienen como "un culmen del suspense moderno y de la estética videoclipera" (se lo juro, me lo han llegado a afirmar y se han quedado tan panchos) se vuelven a repetir una vez más. El agente Hoffman (tal vez el secundario más importante de la saga junto con Amanda) es el sucesor de Jigsaw pero finalmente no lo es porque "digamos que no ha superado su propia prueba" (oh, vaya, nadie se lo esperaba, que sorpresa) y un despiadado agente de seguros tiene que pasar una serie de sádicos juegos en los que muere mucha gente y al final de los cuales... ¡Sí, lo adivinan, él termina muriendo también y siendo castigado por sus pecados en el último minuto, otra sorpresa que nuuuuuuuuunca se ha visto en la saga! En fin, señoras y señores, llevo una semana escribiendo sobre esta franquicia que ya se me antoja infumable y estoy poco inspirado. Pero es que, además, créanme: no hay nada más en "Saw VI". Nada. Es otro puente tontorrón y 100% predecible hacia la siguiente entrega, en la que al parecer la viuda de Jigsaw va a tomar el relevo (que pesadez de relevos, ya son cansinos, y encima, todos están ya asumidos desde el primer momento por el espectador). ¿Terminará algún día esta saga ya tan aburrida?

PD: No sé en qué pensaba la Ministra Sindescargas (sí, la del Ministerio de Industria Cultural -que no de cultura-) al censurar en España esta entrega de la saga que es una de las menos violentas de todas (excepto la prueba de apertura, no hay demasiada sangre en el filme, y eso es raro pero también en este caso es cierto). También hay que decir que este hecho, por supuesto, a los internautas nos dió exáctamente igual, porque vimos la película en la red -sí, la que ella intenta censurar también pero sin éxito- y ya está. No sé si la actualización le hace más falta a la saga de "Saw" o a la Industria Cultural (Española y mundial).

SAW V de David Hackl – 2008 – (“Saw V”)


De una vez por todas, la estructura de asesinatos del por fin fallecido Jigsaw ha sido desarmada. Sin embargo, el agente Hoffman va a continuar en la sombra con su legado de muertes, algo que el agente Stram sospecha, por lo cual empieza a investigarle. Pronto, tal y como esperaba, la pesadilla retorna: vuelven los crímenes y cinco desconocidos aparecen encerrados en un lugar oculto... A la espera de enfrentarse a nuevas pruebas mortales.

“Saw”, ese filme independiente que fue un hasta cierto punto sorprendente, impactante y divertidísimo thriller, se ha terminado conviertiendo al haber sido inesperadamente asimilado por la gran industria en otra de esas sagas interminables y alargadas hasta el éxtasis de manera completamente absurda que ya en su segunda entrega resultaba trillada y que en la tercera y en la cuarta resultaba directamente cansina. “Saw V”, que supone el debut de David Hackl como director (fue el diseñador de producción de las cuatro anteriores) tras el abandono de Darren Lynn Bousmann (que sustituyó a James Wan, el director del primer “Saw”, para dirigir “Saw II, III y IV”), es otra innecesaria y chapucera vuelta de tuerca a todo lo ya visto que únicamente tiene un objetivo: saciar el morbo de un público para el que el gore ya está completamente superado (lo comenté con mi crítica de “Saw III”) y que únicamente quiere vueltas de tuercas constantes supuestamente sorprendentes dentro de un estilo de trama que se saben de memoria. Y es que todos sabemos que en “Saw V” va a terminar perdiendo el protagonista en el último momento y que la mayoría de los secundarios van a morir de una u otra manera irremisiblemente, mientras que el desenlace dejará una estela abierta para la futura sexta entrega de la saga. El que el Jigsaw original haya por fin muerto no consigue reorientar una trama quemadísima ahora al mando del aparecido en “Saw IV” detective Mark Hoffman (Costas Mandylor) que, como era de esperar, se enfrenta a otra prueba dentro de las pruebas que él propone para sus víctimas. El protagonista de turno (pura carne de cañón), el agente Strahm (Scott Paterson), también aparecido en “Saw IV”, no tiene por otra parte ningún carisma (sobre todo porque su papel consiste en ser eso: pura carne de cañón), mientras que la trama, vulgarmente enrevesada (aunque por lo menos medianamente coherente, lo que ya no eran las de “Saw III” y “Saw IV” –en esto sí gana un poco “Saw V”-), únicamente consiste en tapar huecos que a nadie le interesan de las anteriores entregas. El estilo videoclipero más zafio sigue predominando, aunque por suerte el gore delirante se ha visto notablemente reducido (increíble pero cierto) en la previsible historia que se narra (se ve a leguas que los cinco prisioneros tenían que colaborar juntos... es que no se puede ser más infantil a la hora de construir un argumento). Por último, sigue resultando irritante la maldita pretenciosidad que el guión tiene, guión en el que Jigsaw habla de nuevo de moralidad de una manera asquerosamente beata y con razonamientos filosóficos y sociológicos de patio de recreo que, para colmo, intentan pasar por el culmen de lo visionario. “Saw V” vuelve a ser lo que fueron “Saw III” y “Saw IV” (la segunda entrega a pesar de ser flojísima por lo menos entretenía): una soberana porquería que, como no, anticipa que todavía habrá una secuela más.

SAW IV de Darren Lynn Bousman – 2007 – (“Saw IV”)


Jigsaw y Amanda, su aprendiz, están por fin muertos. Han aparecido algunos de los cadáveres de sus últimas víctimas y los agentes del FBI Strahn y Pérez, junto al detective Hoffman, intentan encontrar el resto y cerrar el caso. Sin embargo, el juego todavía no ha terminado: el Comandante Rigg, de los SWAT, se ve de repente sumergido en nuevas y mortales pruebas de Jigsaw… Si las supera, podrá lograr el objetivo que tanto ha ansiado: salvar a sus compañeros desaparecidos.

Supongo que James Wan, el director de la "Saw" original (un thriller nada revolucionario pero más que aceptable y sorprendente, todo hay que decirlo), no se imaginaba la repercusión que ésta iba a tener: Jigsaw se ha convertido en uno de los iconos del terror moderno más reciente y ha pasado a ocupar un lugar junto a los eternos Cara de Cuero, Jason, Freddy Krueger, el Muñeco Diabólico, Hannibal Lecter y las niñas de “El exorcista” o “The Ring”. Con esto, vamos a tener “Saw” para rato (ya lo estamos teniendo de hecho). Por supuesto, y por desgracia (era previsible) la saga no sigue en buena forma más allá de su primera entrega. “Saw IV”, como ya lo era "Saw III", dirigida de nuevo por el ya habitual Darren Lynn Bousman, es, más que nunca, una simple excusa para contentar al público más sediento de sangre y de gore delirante (con el objetivo que sea: pasarlo mal o pasarlo bien o echar unas risas). Y fin. Ni la enrevesada trama ni el hecho de que se narre el porqué de la locura de Jigsaw (que sigue siendo un psicópata de moral judeocristiana tremendamente beato) ayudan a aportar algo más a la obra, entre otras cosas porque el argumento ya no hay por donde cogerlo. Jigsaw ha muerto pero sigue dando por saco y ha dejado pruebas preparadas que son ejecutadas, al parecer, por otra mano en la sombra. Ya suena todo a cachondeo, y la cosa no anda descaminada: la total y absurda inmortalidad y omnipresencia del personaje central produce a estas alturas pura rabia, y la historia de su locura es tremendamente pueril y simplona y no crea ni mantiene el más mínimo interés por trillada y predecible. La trama, por otra parte, está dislocada en un infumable juego de flashbacks en el que el tiempo se descoca constantemente buscando en la confusión gratuita más descarada la originalidad y la hondura narrativa de la que carece totalmente. Para colmo, “Saw IV” está llena de fallos y de lagunas en el guión (algunas de bulto), los personajes (pésimamente aprovechados todos) de planos que son dan risa (y las horrendas actuaciones también) y los diálogos lo que producen es la vergüenza ajena. En el campo estético tampoco mejora: vuelve a ser un despreciable videoclip de casi dos horas; su estética tenebrosa y sucia artificial y sus constantes y cansinos filtros, flashes, ruidos y deslumbramientos cansan a la vista y en vez de otorgar ritmo y agilidad sumergen a los espectadores en el sopor más insostenible. El resto ya se lo pueden imaginar: autopsias muy detalladas, miembros volando por los aires, cabelleras arrancadas, martillazos en los ojos, cuchillos cortando caras, electrocuciones, ahorcamientos, cabezas aplastadas… El cuento ya no se lo traga nadie: “Saw IV” es una basura de película, una bazofia con todas las letras, como lo eran sus dos anteriores partes, un conjunto de aberraciones gore con un argumento totalmente idiota preparado concienzudamente para gustar a todas esas personas que en su vida han salido de los videoclips y que siguen creyendo que la violencia en el cine sigue siendo transgresora. Y lo mejor es que la cosa sigue.

SAW III de Darren Lynn Bousman – 2006 – (“Saw III”)


Jigsaw logró escapar de la policía, pero se encuentra muy enfermo y sabe que está a punto de morir. Por ello, su pupila Amanda secuestra a la doctora Denlon y la conecta a una máquina que la matará si no es capaz de mantenerlo vivo hasta que concluya la prueba que su nueva víctima ha de superar. Esta víctima se llama Jeff. Jigsaw le ha prometido que si gana su juego, podrá encontrarse cara a cara con el hombre que mató a su hijo…

Después de la porquería de “Saw II”, Darren Lynn Bousman repite como director y rueda, en apenas un año, la tercera entrega de esta saga ya millonaria, en la que logra rizar el rizo de lo grotesco y de lo violento y también de lo simple y de lo zafio. El “argumento” de “Saw III” importa muy poco: Jigsaw está vivo (o mejor dicho muriéndose) mientras tiene secuestrada a una doctora que si no le mantiene con vida pierde la suya propia y mientras su víctima nueva lucha por superar una nueva serie de sádicas pruebas para redimirse de su vida desaprovechada. La trama se limita a observar cómo ésta víctima va superando estas pruebas (en las que van muriendo otras personas de muy variadas formas) y cómo Amanda, la compañera de fechorías del antagonista/protagonista Jigsaw que conocimos en la anterior parte, se va volviendo cada vez más desquiciada (por supuesto, con vistas a un gran baño de sangre y vísceras). Nada más. “Saw III” es una película excusa (aún más que “Saw II”) donde uno/a ya se lo sabe todo desde el primer momento; una película excusa para mostrar un verdadero desparrame de violencia gratuita y estrambótica con la que el público pueda horrorizarse y/o reírse un rato entre palomita y palomita. Los diálogos son ya de pura risa (aunque los de las anteriores no estaban tampoco muy lúcidos), los personajes planos y pueriles hasta límites insospechados y los actores y las actrices malos con avaricia. La insulsa trama está para colmo llena de lagunas que, además, quedan bien a la vista en todo momento. El desenlace, buscando la sorpresa a toda costa (y fracasando estrepitosamente en esta búsqueda) es la improvisación más cutre, infantil y chapucera que he visto en mucho tiempo. Es “Saw III” además, en lo estético, un infumable videoclip de dos horas que atrapa irremisiblemente al espectador en el más irresistible sopor (aunque en la pantalla estén destripando vivo a alguien que chille como un cerdo). Sus antecesoras ya lo eran, pero creo que no llegaban a la desbordante cantidad de imágenes por segundo a la que esta llega (la estética de la acumulación fácil de esos directores que únicamente ven vídeos musicales). A “Saw III” no hay por donde cogerla. Eso sí, ha llegado muy lejos en un aspecto: ha logrado alcanzar un punto de violencia que pocas películas estrenadas de forma masiva en las salas y para cualquier tipo de público han logrado alcanzar, incluyendo ya hasta elementos puramente escatológicos. La película contiene algunas de las escenas más crudas y brutales de torturas y burradas que se han podido ver en circuitos comerciales. Dos hay que destacar: una operación de cerebro montada en base a primeros planos en la que podemos ver el craneo del paciente abierto en todo su esplendor (y que dura si mal no recuerdo cinco minutos o hasta más) y una demostración del funcionamiento de una máquina que desguaza cadáveres putrefactos de cerdos para lanzarlos, ya completamente líquidos, contra una persona. Quedan por ahí un potro donde a su “inquilino” se le doblan las articulaciones en ángulos imposibles y una máquina que arranca de un golpe las costillas. Y algo más me dejo. Hace años, películas mejores o peores como “Holocausto caníbal” o “Braindead” impresionaban al público y revolvían las tripas, mientras que otras como “Perros de paja”, “La naranja mecánica” o “Saló o los 120 días de Sodoma” revolvían hasta las conciencias. Por desgracia, y como hemos observado miles de veces, la maquinaria de producción capitalista lo recicla todo, hasta lo a priori más escandaloso y polémico, para transformarlo en algo rentable y ya banal y superficial (lo hemos visto con el movimiento hippie, con el punk, con el grunge, con figuras como la del Ché, con canciones que ensalzan la libertad y la rebeldía…). Todo plenamente integrado. La cosa está en no creérselo, en no creerse nada de esto y en no creerse que películas como las de la saga “Saw” son innovadoras o polémicas (aunque la primera resulte un aceptable y angustioso divertimento). La violencia por la violencia ha pasado a interesar a Hollywood para hacer de ella un producto comercial 100% rentable y, como otros tantos, nulo en lo que a cualidades críticas se refiere (la de “Saw” es una violencia despojada de cualquier ataque serio hacia cualquier cosa establecida –de hecho la moral de Jigsaw es bastante beata y de aires judeocristianos-). Creo que “Saw III”, más incluso que sus otras secuelas, alcanza la cima de este tipo de producción: violencia descerebrada al servicio de una película conservadora como pocas que sólo sirve para hacernos a las personas aún más inconscientes y conformistas de lo que somos.

SAW II de Darren Lynn Bousman – 2005 – (“Saw II”)


El agente Eric Matthews lleva mucho tiempo persiguiendo al misterioso Jigsaw. Él y su equipo cada día están más cerca de su pista definitiva… Por fin, un día le atrapan en su propio escondite… Y Eric descubre algo horrible: por un ordenador ve que su hijo está encerrado junto a otras siete personas en una casa ilocalizable llena de trampas que deben superar si quieren salir con vida de ella. Eric sólo tiene ahora una opción: participar en el sádico juego de Jigsaw…

“Saw”, con todos sus defectos, era un thriller más que aceptable y ciertamente sorprendente, a pesar de estar, en mi opinión, bastante sobrevalorado en líneas generales. Sus ya cinco (y más que vienen) continuaciones, sin embargo, son el ejemplo perfecto de la clase de producciones hollywoodienses que ayer comentaba: las que pertenecen a la esta nueva hornada de obras fílmicas que han hecho del antes minoritario y escandaloso cine gore un producto plenamente aceptado y ya incluso demandado en las salas comerciales. Todas han nacido motivadas por el inesperado éxito de su antecesora y todas se han limitado a tomar la idea básica de ésta para, eliminando prácticamente todo el suspense y la intriga que tenía, ofrecer al público un inmisericorde festival de sangre y vísceras (sin pies ni cabeza ya a partir de la infumable tercera entrega) con el que hacerle pasar un rato de violencia descerebrada sin dejarle pensar demasiado. Hay muchos que buscan pasarlo mal con este festival, y otros que lo que quieren es, directamente, echar unas risas ante la hecatombe. Todas las secuelas de esta devaluadísima saga (en lo artístico, porque cada nueva entrega sigue siendo un inexplicable éxito y sigue siendo esperadísima por los miles de inexplicables fans que "Saw" se ha ganado en todo el mundo) están conscientemente preparadas para contentar sin problemas a estos dos tipos de espectador/a, lo que ya es una prueba de su falta de calidad, de su infame condición de producto palomitero destinado a un breve momento de gloria y a un posterior y eterno olvido en el cajón de las malas secuelas. Ninguna tiene mucho que ofrecer más allá de esto. En “Saw II” ya sabemos la identidad del asesino desde el primer momento por haberlo averiguado en la primera entrega. Ahora le encontramos rodeado por la policía y controlándola a su vez por medio de la utilización del hijo del jefe de estas fuerzas de la Ley como moneda de cambio. Este chico está encerrado en un decrépito caserón junto a otras siete personas que deben superar, cada una de ellas, una prueba mortal. Para sorprender al espectador ya sólo encontramos, conocido Jigsaw, dos elementos: el diseño de estas pruebas y un desenlace que intenta resultar original, un desenlace con una vuelta de tuerca que intenta ser impactante. El caso es que ambas propuestas de sorpresa se quedan a medias tintas. Ninguna de las pruebas es imaginativa: son simples y desaprovechados vehículos destinados a provocar el sadismo como se provoca un vómito, sadismo que se muestra todavía más crudo y sucio que el de “Saw” (alcanzando ya el puro gore) pero que no por ello logra sorprender en absoluto ni tornarse un elemento de interés. El desenlace también es fallido: puede resultar en un principio sorprendente, pero en realidad no lo es en absoluto. Lo único que hace es dar una vuelta de tuerca que se veía venir desde la mitad del filme y que ya la hemos visto miles de veces (los que han visto la película saben de qué hablo) y colocarla en un lugar que desata sentimientos respecto a la primera entrega y que une ambas tramas. Nada más. Por otra parte, los personajes, desaprovechados, son planísimos y se mueven según los más elementales tópicos. “Saw II” ofrece un resultado horrible en todos los aspectos, resultado que se ve aún enturbiado por una trama que acaba degenerando en una interminable sucesión de persecuciones por pasillos oscuros y que además está narrada utilizando un montaje videoclipero insufrible por su agotadora y zafia acumulación de imágenes. ¿Algo peor? “Saw III” y todo lo que queda por delante. Mañana.

SAW de James Wan – 2004 – (“Saw”)


Adam se despierta encadenado a un tubo dentro de un decrépito servicio público en un lugar desconocido. A su lado, se encuentra otra persona encadenada, el Dr. Lawrence Gordon. Entre ellos hay un cadáver con un revolver en una mano y una grabadora en la otra. Ninguno de los dos sabe por qué están allí, sólo poseen un casette con instrucciones que dice que el Dr. Gordon debe matar a Adam en ocho horas. Si falla, ambos morirán, junto a la esposa del Dr. y su hija pequeña... La pesadilla ha comenzado.

James Wan es un director de cine de terror y fantástico muy irregular en líneas generales a pesar de haber despuntado con la excelente y ya mítica "Saw". Su filmografía se completa con la floja "Silencio desde el mal" y la fallida incursión en el thriller de venganzas "Sentencia de muerte".

Siempre ha habido películas destinadas (y algunas exclusivamente, como una atracción de feria) a hacer pasar al público de las salas un buen mal rato: los cortos mudos en los que un tren se lanzaba contra la pantalla o un forajido disparaba “a los espectadores”, las primeras películas de terror, muchas obras de la Hammer, muchas del maestro Hitchcock, cierta rama del cine negro clásico, cierto cine gore o de rasgos gore… En las últimas décadas, por medio de filmes más o menos conseguidos o más o menos inteligentes, se ha intentado, más que nunca, que las salas vibraran de pánico, de miedo, de asco. Las sagas de “La noche de los muertos vivientes”, “La matanza de Texas”, “Viernes 13”, “Pesadilla en Elm Street”, “El exorcista” y muchas otras lo han conseguido con el gran público y han pasado a formar parte de la mitología global del terror. Por otro lado, en salas minoritarias o en vídeo, otro grupo de películas ha conseguido, literalmente, revolver los estómagos con todo tipo de propósitos; aterrorizar, sugestionar, hacer reír y hasta concienciar de un problema o criticar a una sociedad: “Saló o los 120 días de Sodoma”, “Calígula”, “Holocausto Caníbal”, la primera “Posesión infernal”, “Henry, retrato de un asesino”, “Braindead” y las obras de Darío Argento o del español Jesús Franco entre miles. Estas películas han permanecido, de una manera u otra, apartadas de los circuitos primeramente mencionados, los más estrictamente comerciales, a pesar de ser películas de culto o de grandes directores. También el estar apartadas las ha favorecido: el aura de lo prohibido, de lo escandaloso, las envolvió para siempre en las nieblas del mito. Poco a poco, estos dos mercados se han ido fusionando en uno solo. La violencia por simple violencia ha dejado de escandalizar, y apenas hemos tenido tiempo para percatarnos de ello (lo mismo le ha ocurrido al sexo). La sociedad ha cambiado a pasos agigantados, y hoy, para escandalizar, no vasta con mostrar escenas de violencia física dura (ni siquiera cuando viene acompañada de violencia psíquica). Poco a poco, la violencia por la violencia se ha ido integrando, perdiendo su carácter apocalíptico. En las últimas décadas hemos evolucionado en el cine desde la violencia física “fina” y hasta cierto punto sugerida, que no por ello menos brutal y terrible, de “El silencio de los corderos” o “Seven”, hasta la violencia abierta de las obras de Tarantino, Ritchie o Kitano (herederos en parte de creadores imprescindibles como Peckinpah o Penn, creadores olvidados por una gran parte de las nuevas generaciones cuya limitadísima escuela ha sido el pobre mundo videoclipero) pasando por las burradas de directores tan amados y odiados como Takashi Miike (para mi un buen y desprejuiciado creador aunque con muchas obras irregulares). Si bien algunos como éste último o Kitano siguen destinados a circuitos minoritarios, otros como Tarantino, Ritchie o Fincher han creado escuela en las salas comerciales. Podemos afirmar hoy sin problemas que la violencia en el cine, la violencia más brutal y sádica, esa antes reservada a un público “selecto”, ha quedado plenamente aceptada en todas las salas y ha pasado a ser una fórmula de éxito asegurado que contenta a públicos de todas las edades y formas de concebir el cine. “Saw”, y especialmente su interminable saga de horrendas secuelas, constituyen unas de las banderas más importantes de esta hornada de cintas que ha integrado el puro gore en los cines comerciales. Hollywood, salvo excepciones (y salvo las labores de ciertos productores y creadores que han luchado a la contra desde dentro o que han usado el posibilismo –hoy cada vez menos numerosos-) siempre ha sido una industria bastante beata y conservadora. Hoy no lo es menos: como la violencia por la simple violencia no es capaz ya de escandalizar a nadie, ha optado por comercializarla abiertamente. Si bien ha logrado grandes resultados (“Seven”, “El silencio de los corderos”, “Kill Bill”…), otros han sido desastrosos. La sangre y las vísceras, señoras y señores, ya son un producto palomitero pleno. El disparo de salida lo han dado películas como “Saw” (casi la única medianamente aceptable de esta nueva hornada), las horripilantes “Hostel” y "Hostel II" y un montón de remakes como los de los modernos productos asiáticos de terror. El público se ha acostumbrado a ir al cine a pasarlo mal (o a echar unas risas, según apetezca) y, es más, a veces ya lo exige plenamente, así que su respuesta ha tenido. Esta nueva hornada de brutales y sádicas películas de terror comerciales son lo que es, por ejemplo, la saga (y especialmente la trilogía básica) de “American Pie” a la comedia: un producto descerebrado de rápido consumo. Si en ella encontramos chistes idiotas sin parar y gamberradas zafias sin sentido, en las otras encontramos sangre y violencia zafia sin pies ni cabeza como prácticamente su único valor, su único handicap para que sean elegidas frente a la cartelera por encima de otras opciones. Esto lo ejemplifican perfectamente todas las continuaciones de “Saw”, película que, a pesar de sus fallos, considero un thriller aceptable y con capacidad de sorprender. Su caso es curioso: destinado a ser un pequeño filme de culto, rodado con cuatro duros, con actores famosillos un poco de capa caída y otros desconocidos y estrenado en circuitos comerciales aunque no de forma masiva, ha resultado ser un éxito del todo inesperado que ha traspasado fronteras. El boca a boca e Internet lo han llevado a lo más alto y ahora su protagonista, Jigsaw, ha pasado al podio de mitos populares globales del terror junto a los eternos Cara de Cuero, Freddy Krueger, Jason, Hannibal Lecter y niñas del Exorcista y de “The Ring” entre tantos. La película está dirigida por James Wan, un hasta hace poco completo desconocido que se ha desvinculado de sus secuelas en la dirección (en el guión de algunas está presente) para dedicarse a otros proyectos. “Saw” es, especialmente dentro de las horribles carteleras que venimos soportando en los últimos años, un más que meritorio thriller ambientado en una sala interior y en algunos pocos escenarios más. Dos completos desconocidos han de buscar la manera de salir del pordiosero cuarto de baño en el que están encerrados sin razón aparente superando una serie de malévolas pruebas. Mientras, en el exterior, dos detectives intentan pillar al que los tiene atrapados. Una tercera línea de acción queda establecida mediante flashbacks de todos los protagonistas que representan sus vidas pasadas. “Saw” es un efectivo popurrí de varias películas de horror famosas: su asesino es sofisticado y hasta cierto grado culto (Hannibal Lecter) y busca redimir de alguna manera a sus víctimas (“Seven”) haciéndoles pasar pruebas de arrojo o inteligencia en las que si fallan pierden la vida (“Cube”). La violencia, uno de los puntos que lo ha hecho famoso, es sádica hasta límites insospechados, sucia, morbosa y cruel, alcanzando por momentos el puro gore y llegando a lograr que ciertas escenas “duelan”. El guión, aún con algunas lagunas y trampillas y diálogos flojetes, contiene acertadas y sorprendentes vueltas de tuerca y sabe provocar e interesar desde el primer momento. Su desenlace es verdaderamente impactante y del todo inesperado (el desenlace le hace ganar muchos enteros a “Saw”). En su aspecto más negativo podemos citar su horrendo y reiterativo montaje videoclipero y la línea argumental que protagoniza Danny Glover, que por momentos pierde el ritmo. Es, creo, de todas formas, el debut de Wan un filme bastante aceptable y que recomiendo ver sin prejuicios. Sus secuelas ya son otra historia…