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viernes, 28 de mayo de 2010

ROBIN HOOD de Ridley Scott – 2010 – (“Robin Hood”)


Robin, un magnífico guerrero y sobre todo arquero, vuelve a su patria, Inglaterra, tras haber luchado en las Cruzadas, un conflicto que le ha destrozado espiritualmente y en el que ha asesinado a montones de "infieles", mujeres y niños incluidos, en el nombre de su Rey, Ricardo "Corazón de León", que no es más que un patán sanguinario. Cuando este monarca muere en una batalla contra los franceses, Robin, junto a otros compañeros, abandona el ejército para, por su cuenta, luchar por su país parándole los pies a Francia, que planea invadirlo. Comienza la leyenda de Robin Hood.

Llega a los cines una nueva versión de las aventuras de Robin Hood de la mano de un Ridley Scott que últimamente está realizando trabajos verdaderamente buenos (ahí quedan las excelentes "American Gangster" y "Red de mentiras") que le están redimiendo de prácticamente una década de inexplicables proyectos anodinos y mediocres (desde los bodrios de "Tormenta blanca" y "La Teniente O'Neil" volvió a destacar con la buena "Gladiator" y cayó de nuevo con la irregular "Hannibal" y las correctas aunque olvidables "Black Hawk derribado", "Los impostores", "El Reino de los Cielos" y "Un buen año"). Ajeado de las versiones de "Robin Hood" más clásicas (en las que el héroe está más emparentado con la pura leyenda), el nuevo justiciero del bosque de Scott (interpretado por un muy buen Russell Crowe) está más cerca de la historia (de lo que se cree que pudo ser realmente este personaje) para presentar a un héroe más realista y complejo (lo es él y lo son sus amigos y enemigos) que se mueve en una Edad Media sucia y brutal con un cierto aliento épico (no podía faltar) que, sin embargo, no lo envuelve todo. La historia que narra Ridley Scott es la que se sitúa, en el tiempo, inmediatamente antes de la que todos conocemos; la lucha contra el pérfido Rey Juan (aquí un patán creído de sí mismo más que un "malvado básico") desde el bosque de Sherwood. Robin Hood vuelve de las Cruzadas, en las que el Rey al que ha servido (un sanguinario con toques también de patán y no el monarca justo de otros relatos de este mito) destrozado por haber asesinado a miles de "infieles" y se enfrenta, por su país y por la justicia, a los franceses que quieren invadirlo, liderados por un villano con gran carisma (muy buen Mark Strong, al que vimos recientemente también como antagonista en el "Sherlock Holmes" de Guy Ritchie). En todos los aspectos, este nuevo "Robin Hood" está más cercano a la soberbia "Robin & Marian" de Richard Lester que a la también soberbia "Robín de los Bosques" de Michael Curtiz. La fotografía y la ambientación son excelentes, los 140 minutos que el filme dura están muy bien dosificados y equilibrados y los actores y actrices que lo protagonizan lo hacen muy bien, desde Cate Blanchet a William Hurt pasando por Max Von Sidow o Danny Huston. Esperemos que Scott siga en esta línea, especialmente ahora que al parecer se va a encargar de dirigir la precuela de su mítica "Alien".

domingo, 1 de noviembre de 2009

ALIEN. EL OCTAVO PASAJERO de Ridley Scott – 1979 – (“Alien”)


De regreso a La Tierra, la nave de carga Nostromo interrumpe su viaje y despierta a sus siete tripulantes. El ordenador central ha detectado una transmisión misteriosa, una forma de vida que late en un planerta cercano y que podría necesitar ayuda. Los miembros de Nostromo viajan a este planeta para investigar qué ocurre. Cuando vuelven sin haber encontrado nada reseñable salgo restos de una “civilización” o “culto” macabro y desconocido, un nuevo pasajero se les introduce en la nave… Un nuevo pasajero que empieza a asesinarlos de uno en uno.

En 1979 irrumpía en las salas Ridley Scott, después de la genial “Los duelistas”, con una de las más grandes obras maestras del terror y de la ciencia ficción de todos los tiempos: “Alien. El octavo pasajero”. Adaptación completamente libre de un escrito de Joseph Conrad (“La línea de la sombra”), “Alien”, cuento de horror gótico ambientado en el espacio profundo, cambió, gracias a la confluencia de los diversos artistas que en ella intervinieron, la concepción del cine de terror que se tenía hasta entonces o, por lo menos, la renovó, insuflando aire fresco al género del horror alienígena. Para comprender este soplo de frescura, hay que mencionar primero el “tipo de terror” que Scott optó por utilizar en su película: el terror basado en el poder la sugerencia, el terror de películas como “La semilla del Diablo”, “Tiburón” o la posterior “Al final de la escalera”. De hecho, “Alien” comparte con “Tiburón” el mecanismo para producir el miedo y la extrañeza en el espectador: no mostrar a la supuesta bestia asesina hasta el final del filme. El alienígena de “Alien”, como el gigantesco escualo de Spielberg en las aguas, permanece sumido en las sombras la mayor parte del metraje, escondido en esquinas impensables, al fondo de pasillos oscuros, en conductos de respiración. No es hasta el duelo final contra Ripley cuando se le muestra en toda su horrorosa totalidad. El espectador no sabe a qué se está enfrentando: de hecho Scott sólo da pequeñas pistas para ir presentando la amenaza oculta. Muestra a veces a veces una garra, a veces la cola, a veces sólo la cara, a veces su segunda boca… Se explota el miedo a lo desconocido de una manera soberbia, como pocas veces se ha hecho en el cine. Este alien, además, está diseñado por el célebre artista suizo H.R. Giger, que creó una bestia de líneas insinuantes y hasta sexuales que ya forma parte de los mitos clásicos del cine norteamericano. A esto le añadimos la nave gótica barroca en la que el alien y sus víctimas se mueven, una nave retorcida y lúgubre que es otro protagonista más del filme, casi otro asesino más, y un planeta macabro con insinuaciones de civilización ancestral delirante que hoy sigue poniendo los pelos de punta (por cierto que sigue siendo un parcial misterio la verdadera naturaleza de la momia extraterrestre gigante que se encuentra en este planeta, a pesar de que en algunos de los comics que esta saga ha generado se ha profundizado en esta misteriosa raza que al parecer es conocida como la raza de los Space Jockeys). Los trajes de los tripulantes y algunos diseños corren por otra parte de la mano del gran autor de comics Moebius. La trama, además, no se limita a la lucha contra el “octavo pasajero”, sino que propone una intriga extra con uno de los trabajadores de la nave, de extraño comportamiento y misteriosas intenciones. Otro punto más a favor de esta obra imprescindible es la inolvidable banda sonora, que crea un ambiente de extrañeza y opresión inigualable, junto, además, a un maravilloso reparto en el que encontramos a grandes como John Hurt, Ian Holm o Harry Dean Stanton junto a secundarios de lujo como Tom Skerritt, Yaphet Kotto o Veronica Cartwright (la niña de “Los pájaros” de Hitchcock). Sigourney Weaver es la sorpresa, la protagonista de la saga que entonces no era una actriz demasiado conocida pero que fue lanzada al estrellato de forma fulminante. Ridley Scott rodaría después de esta obra maestra otra más: “Blade Runner”, tras la cual proseguiría su carrera de manera ya siempre irregular (una lástima). La saga de los aliens tendría tres entregas más (hasta la fecha): “Aliens. El regreso”, maravillosa película de acción dirigida por James Cameron; “Alien III”, de David Fincher y “Alien. Resurrección”, de Jean-Pierre Jeunet, que resultaron más flojas pero que contenían momentos interesantes.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

LOS DUELISTAS de Ridley Scott – 1977 – (“The duellists”)


Principios del siglo XIX. Europa está en un momento político y social frágil y turbulento. El joven teniente del ejército de Napoleón Armand Dhubert recibe la orden de arrestar a otro teniente, el fiero y pendenciero Gabriel Feraud, por haberse batido en un duelo sin permiso. Gabriel, ofendido, reta a Armand a otro duelo que no llega a concluir satisfactoriamente por diversas vicisitudes. Gabriel se obsesiona con vencer a Armand. En los próximos veinte años ambos van a recorrer la Europa más convulsa batiéndose sin cesar, persiguiéndose el uno al otro. Sólo puede quedar en pie uno de los dos, y hasta entonces ninguno podrá descansar en paz.

Británico afincado en los USA, Ridley Scott, como su hermano Tony, también famoso director, dio sus primeros pasos en el mercado audiovisual en los mundos de la publicidad y de los videoclips, de los que ha tomado gran parte de su esencia estética. Cineasta de la forma, Ridley Scott ha demostrado ser un gran maestro de la ambientación capaz de realizar obras comerciales y a la vez férreamente artísticas. Al igual que otros cineastas modernos de Hollywood como Tim Burton, ha sabido bregar con la industria y ha logrado tenerla casi siempre contenta sin haber perdido en el camino su personalidad como creador, a pesar de haber hecho varias concesiones (como tantos otros). Autor todoterreno, ha tocado todo tipo de géneros, realizando grandes obras maestras y, todo sea dicho, grandes e indignantes bodrios. Preocupado, como comenté antes, mucho más por la forma que por el fondo, sus personajes y sus historias no están cortados por un mismo patrón: algunas veces ha tratado historias pesimistas, otras optimistas y vitalistas, sus personajes han sido tanto antihéroes perdidos y atormentados como grandes héroes norteamericanos, sus tramas han sido en unas ocasiones tan críticas con el mundo moderno como conformistas y hasta colaboracionistas en otras. Su obra es completamente irregular, y por esto es que muchos no toman a este cineasta en serio, afirmando que murió prácticamente después de rodar su obra maestra “Blade Runner”. Debutó con el genial retrato de época “Los duelistas”, a la que siguió la soberbia y mítica película de terror y ciencia ficción “Alien, el Octavo Pasajero”. Tras ella, llegó la mencionada obra maestra “Blade Runner”, que le lanzó a la gloria. Después comenzaron las irregularidades: a partir de aquí Ridley Scott alternó notables filmes con otros olvidables y hasta detestables. Sus obras desde aquí hasta la fecha han sido el fallido cuento fantástico “Legend”, los irregulares thrillers “La sombra del testigo” y “Black Rain”, la irregular cinta histórica “1492: La conquista del paraíso”, la genial road-movie feminista “Thelma & Louise”, las bazofias patrioteras “Tormenta blanca” (aventuras) y “La teniente O’Neill” (bélica), dos asquerosas películas colaboracionistas y maniqueas a más no poder; la destacada histórica/épica “El gladiador” (que por momentos logró resucitar el cine de romanos), el aceptable thriller “Hannibal” (segunda parte de “El silencio de los corderos”), la anodina bélica “Black Hawk derribado”, la simpática comedia de timadores “Los impostores”, la flojita cinta histórica “El reino de los cielos”, el irregular drama optimista "Un buen año" y los geniales thrillers "American Gangster" y "Red de mentiras" (con los que se levanta y alcanza la maestría de anteriores trabajos) . Actualmente prepara una nueva versión de la historia de "Robin Hood" y una nueva entraga de la saga de "Alien". ¿Es Ridley Scott un verdadero autor que haya que tener en cuenta o por el contrario fue un proyecto de autor que cayó básicamente en la mediocridad tras tres primeras grandes películas y que cada cierto tiempo consigue levantar el interés con alguna aislada?

La carrera para la gran pantalla de Ridley Scott empezó de una manera inmejorable. Revolucionó el cine de ciencia ficción en su momento con dos de sus grandes obras maestras: “Alien, el octavo pasajero” y “Blade Runner” antes de entrar en una incomprensible espiral de mediocridad alternada con alguna que otra creación más o menos aceptable y alguna verdaderamente buena (que se prodiga de manera irregular, por desgracia). Su primera obra, la “otra maestra”, muy poco conocida en comparación con las dos antes citadas y con otras posteriores del mismo, fue “Los duelistas”, basada en la novela corta homónima (bueno, casi es un relato) de Joseph Conrad, que fue alabada por público y crítica y que le confirmó como la joven promesa que era entonces. En su ópera prima Scott narra la rivalidad enfermiza que mantienen dos duelistas que se encuentran sin cesar durante veinte interminables años a lo largo y ancho de la convulsa Europa del siglo XIX. Cuando uno de ellos amonesta al otro (Keith Carradine), le hiere, sin buscarlo, en su honor más íntimo. Éste otro, un soberbio y por momentos aterrador Harvey Keitel, le exige una compensación y le reta a un primer duelo. Por ironías del destino, el duelo termina bruscamente y se prolonga durante años. La vida del primer duelista llega a ser un auténtico infierno mientras el segundo lo persigue incansablemente pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, guerra tras guerra. En la cadena de luchas con espadas y pistolas que los envuelve y que les destroza la vida a la vez que también les otorga a sus existencias una cierta motivación (la venganza y un cierto afán de superar al odiado y a su vez muy respetado adversario), se puede encontrar una mirada aguda hacia la guerra y hacia el sentido del honor llevado al grado más absurdo que provoca y prolonga tantas de ellas. La estética que presenta el filme, que es un apabullante y precioso ejercicio de estilo, es completamente opuesta a la que su autor presentaría en sus siguientes obras y también a la que hoy en día cultiva: heredera de la de cintas como “Barry Lyndon”, se recrea en unos hermosísimos y espléndidamente fotografiados (con luz no artificial en muchísimas ocasiones) escenarios naturales exteriores e interiores. La trama, además, la desarrolla de manera pausada y sobria. Cada fotograma es un cuadro, una postal. Los combates de espada constantes de los dos protagonistas, representaos con un gran naturalismo y soberbiamente coreografiados, desgarran esta trama cada cierto tiempo, contraponiendo el lirismo contemplativo de ciertas escenas con la brutal violencia (que es mucha y muy visceral) de estas luchas, instaurando un sosiego extraño e intranquilo que mantiene al espectador en tensión durante todo el metraje. Las estocadas, por cierto, duelen de verdad: no hay nada censurado en las heridas que los duelistas se inflingen mutuamente. Scott dirige con un pulso magistral, rodando unos brutales y frenéticos combates cargados de poesía épica (el último es sencillamente magistral). “Los duelistas” no merece ser una de las obras olvidadas de su, por desgracia, actualmente irregular autor. Creo que es una película que debe ser revalorizada como se merece. Ridley, quien te ha visto y quien te ve…