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miércoles, 17 de junio de 2009

OCTUBRE de Sergei M. Eisenstein – 1927 – (“Oktyabr”)


En Rusia, tras la caída del zar Nikolái II, el poder va a parar a las manos de un gobierno provisional dirigido por Alexandr Kerensky, un gobierno que, a pesar de resultar prometedor en sus inicios, no impide que el pueblo siga viviendo en la miseria y azotado por el hambre y la injusticia. Una nueva revolución está, sin embargo, por llegar… La de los bolcheviques, a los que lidera el gran Lenin.

Para muchos no es “El Acorazado Potempkin” la primera obra maestra de Sergei M. Eisenstein, sino “Octubre”, aunque en este aspecto la polémica estará siempre servida. De lo que no hay ninguna duda es de que ambas lo son y de que la última de ellas es tan revolucionaria como la primera. “Octubre” fue encargada al cineasta por el mismo Stalin para celebrar el décimo aniversario de la Revolución de 1917 del mes que da nombre al filme. La película, costosísima en su momento, es una superproducción de ensueño en la que el protagonista es, una vez más, colectivo, como en “La huelga” y el mencionado “El Acorazado Potemkin”. Este protagonista, por supuesto, es el pueblo ruso oprimido, que cansado de abusos intenta adelantarse a las acciones de los que buscan aplastarlo o aprovecharse de su trabajo. En la película se narra en varios actos toda esta revolución en la que el gobierno provisional de Alexandr Kerensky fue derrocado por los bolcheviques de Lenin. Todavía hoy es imposible no maravillarse ante el espectáculo visual que la cinta ofrece. Eisenstein se confirma como el maestro del montaje que fue ampliando y perfeccionando las técnicas que utilizó en sus anteriores rodajes para configurar una obra épica inolvidable cargada de acción y con un dramatismo descarnado que todavía hoy sigue impresionando, especialmente en ciertas escenas de batalla o de represión como las de la masacre de San Petersburgo, cuya violencia puede sorprender aún tanto o más que las de las famosas escaleras de Odessa de la de nuevo mencionada “El Acorazado Potemkin”. Vuelve también el cineasta a demostrar que es un genio manejando el ritmo y a las multitudes (el asalto al Palacio de Invierno, protagonizado por miles de extras, está tratado de una forma soberbia, así como las escenas del puente con el caballo muerto colgando). Los primeros planos captan magistralmente la emoción desatada del pueblo sublevado con una fuerza sin par, así como la dejadez y cierta perfidia de los que intentan utilizarlo en su beneficio desde el poder. Por supuesto, tampoco faltan los simbolismos, que, casi constantes (el arpa, las puertas que se abren y se cierran), asocian las ideas revolucionarias a los hechos concretos que el público presencia con una agilidad y funcionalidad impresionantes. “Octubre”, que estaba llamada a tener un estreno fulminante, no pudo llegar a las salas hasta un año después de verse terminada. Las razones: Eisenstein, partidario de la revolución pero no de los extremismos y de la represión que Stalin estaba empezando a poner en marcha, chocó con éste en el que fue el primero de todos sus enfrentamientos. La película, al igual que las anteriores de su creador y que tantísimas de su tiempo, es un panfleto cargado de maniqueísmos simplistas que rozan la pura ridiculez. Sin embargo, a pesar de esta condición panfletaria, Eisenstein trató, en todo momento, de mostrar en lo posible una visión de la historia que en ella se narra más objetiva que la de sus obras anteriores, una intención que se estrelló directamente contra los propósitos del dictador, que, como tenía el poder de su lado, acabó suprimiendo su arte. Más de 1.600 metros de película fueron censurados para eliminar de la memoria colectiva la figura de Lev Trotsky, el compañero de Lenin, que también se había enfrentado con Stalin y que había sido expulsado del partido y del país. Por ello, “Octubre” ha quedado, parcialmente, como una obra inacabada cuyo maniqueísmo es aún más acusado de lo que originalmente era. Sin embargo, la obra no por ello deja de ser maestra. El mencionado enfrentamiento entre Eisenstein y Stalin propiciaría la mutilación y el boicot a algunos de sus posteriores proyectos y su marcha a los Estados Unidos, en los que tampoco encontró el apoyo de un Hollywood que no le dio nunca una oportunidad.

martes, 16 de junio de 2009

EL ACORAZADO POTEMKIN de Sergei M. Eisenstein - 1925 - ("Bronenósets Potyomkin")


En 1905, los marineros del Acorazado Potemkin, anclado en el puerto de Odessa, se amotinan a causa de una carne podrida y llena de gusanos que sus superiores les quieren obligar a comer. Este amotinamiento acaba siendo una revuelta y los propios habitantes de la ciudad, indignados ante la situación que estos marineros viven, se suman a la lucha contra la injusticia. Por supuesto, no tarda en llegar la brutal represión por parte de las tropas del Zar... Y con ella la respuesta heróica del pueblo ruso, cansado de tanta opresión y miseria.

En 1925, justo después de dirigir “La huelga”, Sergei M. Eisenstein regaló al mundo la película con la que, decisivamente, cambió el cine para siempre; “El acorazado Potemkin”, una nueva historia propagandística en la que el pueblo ruso volvía a levantarse unido contra el poder zarista y en la que terminó de aplicar todas las grandes novedades que había imprimido al “montaje de atracciones” y de explotar el enorme poder de las metáforas visuales para motorizar la acción y construir un mosaico único de sensaciones en el que el frenetismo da vida a una revolución cargada de imágenes para el recuerdo. Si bien argumentalmente, debido a su condición de cine propagandístico (sincero, eso sí, pues Eisenstein, antes de ser reprimido por la tiranía de Stalin, creía firmemente en que la revolución vivida en su país podía cambiar al mundo) no es más que una película maniquea, simplista y llena de tópicos (como en “La huelga” los obreros son buenos buenísimos y los zaristas malos malísimos –puros diablos-), "El Acorazado Potemkin" es una de las más grandes obras maestras de la historia del cine técnicamente hablando: una revolucionaria cinta muda con un montaje impresionante e innovador y un sentido del ritmo, del espectáculo visual épico y del drama que pocos directores habían intuido y desarrollado en su plenitud hasta la fecha. Imagenes para el recuerdo ha dejado innumerables, aunque hay un conjunto verdaderamente inolvidable: la escena completa de la matanza de la escalinata de Odessa, una genial descripción en imágenes de la violencia y de la represión zarista que arranca cuando los cosacos disparan contra el pueblo inocente para acabar con su justa protesta y que se cierra cuando un cochecito de bebé termina rodando escaleras abajo (esta escena ha sido mil veces homenajeada y hasta parodiada –en “El Padrino” de Francis Ford Coppola, en “Los Intocables de Elliot Ness” de Brian De Palma, en “Bananas” de Woody Allen, en “Brazil” de Terry Gilliam y hasta en sagas como “Star Wars” de George Lucas o “Agárralo como puedas”-). Destaca además, en “El acorazado Potemkin”, la crudeza, verdaderamente extraña para la época, con la que Eisenstein retrata, a menudo con primerísimos planos cargados de dramatismo y significación (y simbolismos) la situación miserable del pueblo ruso (los planos cercanos de la carne agusanada, las caras de los revolucionarios picadas por la viruela o sin dientes, el rostro del marinero muerto, las botas que simbolizan la opresión, los cañones que casi apuntan al espectador, el rostro ensangrentado con las gafas destrozadas...). La segunda obra fílmica de este genial cineasta ruso es una maravillosa colección de bellas fotografías naturalistas en movimiento y una película sin la que el cine no sería nada. “El acorazado Potemkin”, a causa de su contenido comunista, fue prohibida en Alemania durante el régimen de los nazis, en España hasta que la Segunda República permitió su exhibición e incluso en países como Inglaterra o Francia. En la propia Unión Soviética incluso fue eliminada una introducción escenificada por el propio Lev Trotsky por parte de Stalin... Este fue el comienzo de la desilusión que Eisenstein se llevaría con el nuevo gobierno de su país.

lunes, 15 de junio de 2009

LA HUELGA de Sergei M. Eisenstein – 1924 – (“Stachka”)


Cuando los obreros de una empresa metalúrgica de la Rusia zarista deciden convocar una huelga por sus miserables condiciones de trabajo, los directivos, aliados con las fuerzas del Gobierno, se ponen en acción para evitarlo y boicotear sus actividades. La violencia se desata cuando uno de los pequeños líderes de estos obreros muere en extrañas circunstancias. Sus compañeros, indignados, toman las calles en masa para protestar por ello. Muy pronto, van a ser salvajemente atacados por las fuerzas del Zar…

Sergei Mijailovich Eisenstein fue uno de los grandes directores de la Escuela Rusa de la primera mitad del siglo XX junto a Pudovkin, Kulechov y Dovjenko. De formación teatral y estudioso de la narrativa de Charles Dickens y de David W. Griffith, fue uno de los más grandes teóricos del cine de la historia y un maestro del montaje, del que haría la base de la estética de sus filmes. Eisenstein repudiaba el montaje clásico entendido como una simple suma de planos, ya que mantenía que de dos imágenes yuxtapuestas podía surgir una tercera que completase la escena de una manera intuitiva (por ejemplo: uno ojo + agua = idea de llanto). Por eso, desarrolló el llamado “montaje de atracciones” y trabajó y perfeccionó el uso de las metáforas visuales, además de incorporar a sus filmes la banda musical para conseguir una perfecta asociación de las estructuras plásticas con las sonoras. Épico y barroco y a la vez lírico, Eisenstein narró grandes epopeyas en las que el protagonista solía ser coral y se levantaba contra la opresión a la que querían someterlo, ya fuese la de los zares, la de los terratenientes mexicanos o la de los invasores de la Rusia mítica del pasado (los teutones o los tártaros). Activo participante de la Revolución de 1917, Eisenstein confiaba en sus primeros tiempos como director en el espíritu revolucionario que supuestamente iba a salvar a su país. Fue durante esta época cuando dirigió sus obras propagandísticas sobre siempre gloriosas revueltas obreras y campesinas: "La huelga", "El Acorazado Potemkin", "Octubre" y "La línea general", que sirvieron al gobierno bolchevique para transmitir su ideología y su mensaje a todo el pueblo ruso del momento y más allá. Más tarde, desilusionado con la corrupción a la que había llegado la completa dictadura de Stalin, Eisenstein se marchó a los Estados Unidos, en donde esperaba encontrar la libertad artística que en la Unión Soviética había perdido y en donde encontró exáctamente lo mismo que en esta: corrupción e hipocresía (la fiebre anticomunista se gestaba y comenzaron incluso a mirarle con desconfianza por haber llegado desde Rusia para trabajar en Hollywood). Abandonó los USA por México y allí rodó "¡Que viva México!", sobre la revolución de este país, pero la dejó incabada por numerosos problemas. Descorazonado, Eisenstein retornó a su amada tierra, en donde también dejó una película sin acabar: “El prado de Bezhin”. Sí consiguió, por supuerte, rodar (por lo menos parcialmente) sus dos últimas grandes obras: "Alexander Nevski", una película épica alegórica sobre el creciente poder nazi en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, y las dos entregas de "Iván El Terrible", la vida del tiránico y sanguinario zar del mismo nombre que no era otra cosa que una alegoría oculta sobre el propio Stalin y su terrorífico gobierno que fue prohibida y que no pudo ser estrenada legalmente hasta la muerte del dictador. Eisenstein murió en 1948 de un ataque al corazón.


“La huelga” fue la primera película que dirigió Sergei M. Eisenstein, una película no tan brillante como las posteriores “El Acorazado Potemkin” y “Octubre” (ambas obras maestras la han eclipsado) pero en la que ya se anticipa lo que el genio ruso iba a revolucionar en el cine. Filme de clara propaganda comunista, como los dos mencionados, “La huelga” presenta la clásica y en este caso maniquea (como toda buena propagando política) historia de una revolución (en este caso una pre-revolución) en la que la clase obrera, oprimida por las clases dominantes (las de la época zarista, en la que, por vez primera y no última en la filmografía del autor, se ambienta la cinta), se levanta para luchar por su dignidad y por sus derechos y es brutalmente reprimida por unas fuerzas de la Ley corruptas hasta la médula. La visión épico-romántica de estas revoluciones que tiene Eisenstein (que más tarde le enfrentaría con el Gobierno comunista para el que trabajó) ya aparecen en esta cinta. El protagonista no es individual, sino colectivo, y, como el de “El Acorazado Potemkin” y “Octubre”, se organiza y se une en una única gran fuerza para luchar contra la tiranía. El filme es una llamada a la cohesión de todos los trabajadores oprimidos sean del sector que sean contra el poder capitalista. Se puede notar en “La huelga” el aliento de un Eisenstein ilusionado y plenamente identificado con el movimiento comunista, de un Eisenstein que todavía no ha sido reprimido por la censura y que aún no se ha ganado la enemistad de poderosos como Stalin. La obra, de influencias aún teatrales (Sergei había abandonado hacía muy poco el mundo del teatro para cambiarlo por el del celuloide), presenta excelentes escenas de acción unidas por un montaje dinámico y muy ágil que aporta significación y, además, contiene ya todo el poder metafórico y simbólico del que su autor hizo gala con gran originalidad. La escena cumbre tal vez sea la de la matanza del ganado, comparada directamente con la matanza del pueblo (comparación que recuerda a la que Chaplin haría en la posterior “Tiempos modernos” con los obreros y las ovejas). Hay otros efectos también geniales como los de los cuerpos reflejados en los charcos de la fábrica, sumida en la miseria. La ambientación, muy oscura y sucia, está así mismo muy conseguida, y, por supuesto, destaca en “La huelga” un manejo de las multitudes ante la cámara simplemente soberbio. Por supuesto, todos los logros de esta obra son exclusivamente técnicos. Argumentalmente, como todo filme de propaganda de cualquier ideología, no hay por donde cogerlo: narra una ridícula y maniquea historia en la que el bien absoluto lucha contra el mal absoluto, representado el primero por obreros pobres y sufridos y el segundo por ricos opulentos y malévolos hasta el esperpento. “La huelga” fue el primero y el único de una serie de ocho relatos fílmicos sobre levantamientos obreros que nunca llegó a terminarse. Posteriormente, llegaría “El acorazado Potemkin”, con el que Eisenstein cambiaría el cine para siempre.