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martes, 20 de julio de 2010

JFK. CASO ABIERTO de Oliver Stone – 1991 – (“JFK”)


1966. Nueva Orleans. El fiscal Jim Garrison comienza a investigar uno de los asesinatos más misteriosos del siglo: el del presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy. Estudia archivos, viejos casos, realiza entrevistas. Muy pronto, hace sus averiguaciones, y está casi seguro de que todo fue obra de una oscura conspiración en la que podía haber intervenido el FBI, la CIA y hasta el propio vicepresidente Lindon B. Johnson. Muy pronto, también, comienza a ser investigado y amenazado. Pero no piensa echarse atrás hasta descubrir y mostrar la verdad.

Uno de los cineastas más controvertidos del nuevo cine norteamericano es sin ninguna duda Oliver Stone. Quiso ser escritor, y se inició en el mundo del séptimo arte con los guiones de películas míticas de otros directores como “El expreso de medianoche”, “Conan, el bárbaro”, “El precio del poder” o “Manhattan Sur” hasta que pasó a dirigirlos con “Seizure”. Oliver Stone ha sabido, dentro de un ámbito muy comercial, realizar un cine puramente de autor, de estilo a menudo muy efectista, lleno de impactante crudeza expositiva, de violencia y sexo descarnados y de contundentes y lúcidos mensajes críticos. Desde una postura de amor a su país, no ha dejado de mostrar todos los entresijos de sus muchas caras oscuras. Ha cultivado el drama social y el drama político, histórico y/o revisionista, con los que ha repasado con un ojo muy agudo y a menudo sin piedad la Norteamérica de su pasado más reciente y de su presente, lo que le ha llevado a algún que otro escándalo y a muchas críticas. Lo ha hecho además con el mencionado estilo comercial que ha sabido cultivar como nadie y con el que ha atraído a todo tipo de público a las salas, estilo que también ha propiciado muchas críticas, ya que se le ha acusado de querer realizar un cine social y político desde dentro de la industria. Después de “Seizure”, dirigió Stone un thriller de terror, “La mano”, tras el cual entraría de lleno en su cine social y político con “Salvador”, sobre las tragedias de las guerras y las dictaduras de Centroamérica. Traumatizado por el infierno que vivió en la Guerra de Vietnam, a la que, según él, acudío “de derechas y volvió de izquierdas”, realizó después la primera entrega de su trilogía sobre esta contienda: “Platoon”, una de sus obras maestras. Después llegaron “Wall Street”, sobre el mundo de los corredores de bolsa; “Hablando con la muerte”, sobre el mundo de la radio; “Nacido el 4 de Julio”, su segundo volumen sobre el Vietnam; “JFK. Caso abierto”, sobre el asesinato de John F. Kennedy; “The Doors”, biopic del gran grupo de rock; “El cielo y la tierra”, volumen final de la trilogía del Vietnam; “Asesinos natos”, sobre la cultura de la violencia en los USA; “Nixon”, sobre el referido presidente; “Giro al infierno”, un thriller kafkiano más convencional; “Un domingo cualquiera”, thriller sobre el mundo de los deportes; “Persona non grata”, documental sobre el conflicto entre Palestina e Israel; “Comandante” y “Looking for Fidel”, documentales sobre el dictador de Cuba Fidel Castro, “Alejandro Magno”, biopic sobre el gran conquistador de la Antigüedad; "World Trade Center", drama sobre los supervivientes del 11-S; la suerte de biopic sobre la figura de George W. Bush "W." y el documental sobre Hugo Chávez "Al sur de la frontera".

“JFK. Caso abierto” es, si no la mejor película de Oliver Stone, una de sus más impresionantes obras maestras y una de las más grandes películas de su década en los USA. Basándose en el “Informe Garrison” (fiscal al que interpreta un genial Kevin Costner, acompañado de un elenco de verdadero ensueño), realiza el cineasta un monumental thriller judicial con escenas puramente documentales e imágenes de archivo en el que saca a la luz sin concesiones los sombríos resultados de los muchísimos años de trabajo de muchas de las personas implicadas en el caso y de él mismo para intentar realizar un fresco lo más completo posible sobre todo lo que rodeó al asesinato del presidente Kennedy, uno de los más misteriosos de todo el siglo pasado. La maraña de datos está distribuida de una forma limpia y precisa, ordenada con precisión milimétrica y cimentada para su exposición en un soberbio montaje y en un pulso narrativo inimitable que consiguen que tres horas de complejo metraje se pasen en un vuelo. La vida de Garrison, como las de su familia o sus colaboradores, se convierte en un infierno: hay fuerzas que luchan para que no consiga descubrir la verdad. Hay en los USA todo un mundo de oscuridad y miedo, todo un engranaje de corrupción que permite que casos como este se queden en las sombras para siempre. Es lo que finalmente ocurre: tras tantos datos, tras tantos juicios, tras tantas investigaciones, todo queda en el aire. No hay conclusiones. Sigue existiendo un velo por encima de este caso, caso que por cierto estuvo a punto de ser reabierto por la Administración Norteamericana ante la tremenda polémica que planteó “JFK”, que fue atacada, desacreditada y vilipendiada sin piedad.

viernes, 16 de julio de 2010

AL ROJO VIVO de Raoul Walsh – 1949 – (“White Heat”)


Cody Jarret es un gangster despiadado y brutal que sueña con llegar a lo más alto en su vida, a la cumbre del poder. No le tiene miedo a nada ni a nadie, y elimina sin contemplaciones a todo el que se interpone en su camino o le estorba. Únicamente respeta a su posesiva madre, que le domina en la sombra. Cuando con su banda asalta un tren y se lleva trescientos mil dólares, es detenido y encarcelado. No le preocupa: tiene una coartada. Sin embargo, la policía ha tenido en cuenta sus planes y le está preparando una desagradable sorpresa.

“Al rojo vivo” no sólo es una de las obras maestras imprescindibles del gran Raoul Walsh, sino que es una de las obras maestras imprescindibles de la historia del cine y del cine negro en particular. En ella se nos narra la brutal desventura de Cody, un gangster que lucha por conseguir llegar a lo más alto, a la cima del sueño norteamericano, y que emplea para ello todas las armas que encuentra a su alcance (generalmente las de la violencia en todas sus formas), lo que le termina por convertir en un ser monstruoso, en un muerto en vida. Éste gangster, interpretado por un inolvidable James Cagney en un absoluto estado de gracia (es uno de sus papeles más soberbios), simboliza el individualismo más radical al que el mundo moderno aboca a sus habitantes, individualismo que únicamente encuentra un obstáculo: el de una figura materna férreamente dominante y terrible (mil veces satirizada), figura que a su vez alimenta este mismo individualismo y que ha ayudado a crearlo como canalizadora de las exigencias de una sociedad implacable en la que sólo sobreviven los más fuertes. “Al rojo vivo” sigue, por medio de una trama lineal abocada al fatalismo más extremo, la lucha de Cody con hacerse con sus sueños y su caída acorralado como un perro, caída que ha sido vista tanto como mensaje moralista como crítica inmisericorde a los valores del momento (valores que no han cambiado nada por desgracia). El filme, potente, impactante, sangriento y despiadado, ejerce sobre el espectador una violencia física y psíquica que todavía hoy sorprende, al igual que ocurre con obras magnas emparentadas con ésta temática y argumentalmente como “Scarface”. Cody, en su camino a la cumbre, pisotea a todo el que se le cruza o le resulta una molestia, y ni sus propios amigos se libran de su crueldad y de su total indiferencia al sufrimiento ajeno. Todo, como he dicho, le pasa factura. Al sueño americano llegan muy pocos, y los caminos más cortos hacia su seno son los de la destrucción de los demás y de uno mismo. El antológico desenlace de esta maravilla lo dice todo.

miércoles, 7 de julio de 2010

FURIA DE TITANES de Desmond Davis – 1981 – (“Clash of The Titans”)


Siendo un bebé, Perseo es salvado por Zeus de morir ahogado en los mares después de que su pérfido abuelo, el gobernador de Argos, le arrojase a las aguas en un cofre junto a su madre. Tras una infancia feliz a salvo de todo mal, Perseo es misteriosamente desplazado lejos de su hogar por alguna fuerza que no comprende. Equipado con armas que los dioses le han regalado por orden de Zeus, Perseo, que aún no lo sabe, está destinado a ser un héroe y a salvar a una princesa y a todo un reino de una diabólica maldición.

La que es la más conocida película del irregular director Desmond Davis (destacado sobre todo por trabajos para la televisión) y la última en la que el gran Harry Harryhausen (maestrísimo de los efectos especiales autor de los de maravillas como "La isla misteriosa", "Jasón y los Argonautas" o "Hace un millón de años") fue "Furia de Titanes", filme que ahora cuenta con un horrendo remake que aún se conserva en algunas salas y filme que me resulta, a pesar de la simpleza de su argumento, del todo encantador. Aunque muchos le critican haber envejecido mal, el "stop-motion" de esta cinta, junto a sus escenarios y a su áura épica algo ingenua pero sugerente, sigue manteniendo, por lo menos desde mi punto de vista, un gran poder de evocación. Basada bastante libremente en el mito de Perseo, "Furia de Titanes" es una excusa para desatar sin cesar escenas de acción y para monstrar monstruos y seres mitológicos tras cada esquina. Si bien estos referidos seres fantásticos no son de lo mejor que ha hecho Harryhausen (que se debate entre excelentes diseños como la Medusa, el Pegaso, el Kraken o el inolvidable buho metálico Bubo y entre auténticos "pegotes" como el irreal buitre gigante o los simplones escorpiones), pienso que cumplen con su cometido de prometer una divertida sorpresa en cada escena. Y en eso consisten películas como esta, en las que la diversión está servida sin prejuicios. La trama es simplona y los actores no son todo lo buenos que podrían haber sido (y Perseo, interpretado por el conocido en "La Ley de los Ángeles" Harry Hamlin, no tiene carisma ninguno), pero "Furia de Titanes" no deja de ser entretenidísima y, como he dicho, evocadora. Fracaso de taquilla que no pudo competir contra la estela e influencia de obras como "Alien. El Octavo pasajero", "En busca del Arca Perdida" o las dos primeras entregas de "Star Wars" (sobre todo éstas) y denigradísimo filme a pesar de ser también de culto entre muchos amantes del cine fantástico (los numerosísimos videoclubs de los ochenta, el boca a boca e Internet la llevaron a este extraño podio), la última obra de Harry Harryhausen no es una maravilla en absoluto, pero tampoco es ese horror, pienso, que tantos dicen que es. Y además, cuenta con una escena de acción que pienso que es genial (y no soy el único): el combate contra la Medusa, verdaderamente estremecedor, emocionante y espectacular.

LA ROCA de Michael Bay – 1996 – (“The Rock”)


La antigua cárcel de Alcatraz ha sido tomada por un grupo militar al mando del veterano de guerra Francis X. Hummel, que además tiene en su poder en dicha prisión a ochenta y un rehenes. Hummel ha hecho una exigencia al Gobierno Norteamericano: o se indemniza como es debido a las familias de muchos veteranos como él que murieron en combate, o lanza sobre la Bahía de San Francisco quince misiles equipados con el letal agente nervioso XV. Para pararle los pies, el FBI envía, junto a un comando de la SEAL, a dos expertos: uno en armas químicas y otro en fugarse de cárceles. Son Stanley Goodspeed y John Mason, y éste último es el único hombre que logró escapar de la propia Alcatraz.

El habitualmente destructor de taquillas (en el sentido más lucrativo) Michael Bay es un director básicamente mediocre cuyas películas, que presentan un precioso aunque impersonal acabado videoclipero de diseño, siempre explotan la misma fórmula: la consistente en narrar historias simples y efectivas en las que prima por encima de todo la acción más desaforada y frenética aderezada con toques de drama humano y/o de comedia canalla. Sus filmes, aunque divertidos como los cócteles sin pretensiones de lujosos efectos especiales que son, argumentalmente dejan mucho que desear. Protagonizados por personajes planos, suelen estar anclados en topicazos de sus respectivos géneros y suelen ser asquerosamente patrioteros y, en lo histórico, manipuladores y falsos (como ocurre con la despreciable “Pearl Harbour”, ese intento de cine bélico). Michael Bay, como tantos cineastas comerciales de hoy, otorga más importancia a la espectacularidad visual de sus obras que a lo que cuenta en ellas, que siempre se da masticado para que nadie vaya a esforzarse pensando demasiado. Su filmografía se compone de “Dos policías rebeldes”, “La Roca” (su mejor obra: una gran película de acción), “Armageddon”, “Pearl Harbour”, “Dos policías rebeldes II”, “La isla” y las dos entregas de la saga “Transformers”.

Habitualmente, el cine de Michael Bay me parece aburrido: aburrido por predecible, aburrido por explotar siempre la misma fórmula de acción a veces delirante e interminable, aburrido por sus argumentos manidos, aburrido por su patriotismo rancio y maniqueo, aburrido por su glorificación tonta de la vida militar y aburrido por no ser más que un pretexto para lanzar el mencionado mensaje patriotero y para desplegar un espectáculo de efectos especiales de lujo desaforado. Sin embargo, también tengo que decir que “La Roca”, su segunda película y la que terminó de lanzarle a la fama (la anterior es la primera entrega de “Dos policías rebeldes”) me parece una película de acción excelente y, sobre todo, divertidísima. La trama es simple: un viejo héroe de guerra (un muy destacado Ed Harris) toma la antigua cárcel de Alcatraz con 81 rehenes y amenaza con lanzar 15 misiles letales sobre la Bahía de San Francisco si no se indemniza a las familias de un grupo de veteranos de las fuerzas especiales fallecidos en combate. Para pararle los pies, envían a un experto en armas químicas (Nicholas Cage) y al único preso que logró escapar de Alcatraz (Sean Connery). Lo que sigue es, se lo imaginan, acción, acción, acción, acción y acción. Pero acción imaginativa, divertida, lógica y realista dentro de su “lógica interna” (la de los filmes de acción más clásicos), espectacular sin caer en la idiotez, bien coreografiada y con un toque canalla que no cae en la fanfarronería imbécil. El estilo visual utilizado por Michael Bay es el videoclipero, aunque aparece en todo momento medianamente comedido (es decir: no estorba el visionado de la cinta), y la violencia de la que hace gala la trama, frenética sin caer en lo excesivamente gratuito, es vistosa, brutal e impactante (en su día, la película fue realmente sangrienta, incluso para lo que los fans del cine de acción estaban acostumbrados). Por otra parte, el dúo protagonista es verdaderamente carismático y el personaje de Ed Harris presenta una mínima profundidad como villano de turno (aunque esta profundidad no sea más que otra excusa para glorificar al ejército y al patrioterío barato). “La Roca” es un clásico del cine de acción, un género que, a pesar de estar repleto de morralla, a veces entrega obras verdaderamente destacadas y entretenidas.

lunes, 28 de junio de 2010

SORGO ROJO de Zhang Yimou – 1988 – (“Hong gao liang”)


La joven y bella Ju’er es vendida por su familia a un fabricante de vino de sorgo viejo y leproso. Es la única manera que una mujer tiene de avanzar en la sociedad: unirse a un hombre rico. En la plantación de éste, su vida, abocada a un futuro de frustraciones sentimentales, cambia: se enamora de uno de los empleados de su marido. El tiempo pasa y el viejo muere, y Ju’er toma, junto a sus trabajadores, las riendas de la empresa. Llegan tiempos felices, pero, muy pronto, estalla la guerra y los japoneses invaden China...

“Sorgo Rojo” fue el debut de Zhang Yimou como director, un debut que le lanzó a la fama instantánea tanto en su país, China, como en occidente. Ciertamente, tuvo una gran suerte: pocos cineastas orientales acceden al reconocimiento en el para ellos habitualmente difícil mercado occidental nada más empezar su carrera. La historia de cómo “Sorgo Rojo” llegó a este estatus es curiosa: expuesta en el Festival de Cine de Berlín, muy pocas personas quisieron entrar a la sala en la que se proyectaba a causa de sus prejuicios hacia el cine oriental, un cine del que conocía muy poco (aparte de los clásicos maestros japoneses Kurosawa, Mizoguchi y Ozu) y que era tachado por muchos ignorantes de aburrido y de frío. Este cine no estaba tan extendido entonces, y una película china de un director desconocido y debutante no era un plato especialmente suculento. Al arrancar la historia, con la escena de la cabalgata, muchos abandonaron la sala (incluso algunos críticos). Los que se quedaron no se arrepintieron. “Sorgo Rojo” ganó el Oso de Oro, y desde allí su recorrido por los festivales de Europa y los USA fue fulminante. Fue el filme que abrió las puertas a los directores de la Quinta Generación china, la más famosa de todas fuera de sus fronteras. Llegaron poco después a circuitos más abiertos las películas de Chen Kaige, el otro integrante de este grupo más difundido, y las de el resto de los miembros, por desgracia más olvidados (con algunas películas ni siquiera expuestas fuera de China y que no están localizables ni en Internet, lo cual es realmente triste): Tian Zhuangzhuang, Huang Jianxin, Wu Tianming y Wu Ziniu. En “Sorgo Rojo”, como en las posteriores y también magistrales “Ju Dou, semilla de crisantemo” y “La linterna roja”, encontramos ya todas las constantes del cine de su autor. La historia está ambientada en los años treinta y cuarenta, aunque, haciendo gala de un sutil posibilismo, está llena de referencias a su tiempo, fórmula muy utilizada por Yimou ante la censura imperante en China (fórmula que también usaba mucho el mencionado Kenji Mizoguchi). El asunto central vuelve a ser la marginación de la mujer en una sociedad machista, hipócrita y represiva. Gong Li da vida maravillosamente, en uno de sus primeros papeles, a una joven que es vendida por su familia a un rico fabricante de vino de sorgo enfermo de lepra y viejo. En su plantación, se "enamora" de uno de los porteadores de su marido, y surge el romance oculto cada vez menos oculto que los redime a ambos. En esta misma plantación, la joven, su amante, el hijo de ambos y el resto de los trabajadores, viven dos décadas tras la muerte del viejo dueño en extrañas circunstancias… Estas décadas culminan con la invasión japonesa de China durante la Segunda Guerra Mundial. La película, retratada con un lirismo delicado y, a veces, con una tremenda brutalidad, recorre las vidas de todos estos personajes por medio de la voz en off del nieto de los protagonistas lanzando una mirada aguda a la historia reciente y actual del país: hay ataques velados a las tradiciones ancestrales pero absurdas que oprimen a las personas, al clasismo de la sociedad, al papel secundario impuesto a la mujer y a la invasión de los japoneses -este ataque ya nada velado-, que se creyeron superiores al resto del continente asiático (violentísimas algunas escenas de este tramo del filme). Los encuadres son bellísimos, acentuados por la narrativa pausada y poética. Los colores son un protagonista más, como siempre ocurriría ya en la obra de Yimou: expresan los estados de ánimo y, aquí, representan la calidez, la pasión y a la vez la esperanza que emana de la tierra. El vino de sorgo, rojo sangre, representa esta esperanza. “Sorgo Rojo” fue el comienzo de una época de expansión para el entonces ignorado cine chino.

martes, 15 de junio de 2010

SHAOLIN SOCCER de Stephen Chow – 2001 –(“Siu lam juk kau”)


Hace veinte años que el prometedor futbolista Fung cayó en desgracia. Víctima de una conspiración de su pérfido rival, Hung, falló el penalty más importante de su vida y los fans de su equipo le rompieron la pierna. Hoy es un pobre viejo que sueña con tiempos de gloria y que vive en la pena perpetua. Su suerte sin embargo va a cambiar, aunque parezca ser demasiado tarde. Fung va a conocer a Sing, un joven practicante de artes marciales Shaolin obsesionado con expandir su arte por todo el mundo. Junto a él va fundar un nuevo equipo de fútbol… Para derrotar en un gran partido al equipo de Hung, el terrible “Equipo del Mal”. El espectáculo final está a punto de comenzar.

El actor, guionista, coreógrafo y director Stephen Chow es uno de los humoristas modernos más famosos de Hong Kong (su tierra, en la que fue nombrado “Rey de la Comedia”) y de Asia en general. Aunque comenzó actuando en series dramáticas hongkonesas, pronto destacó como intérprete cómico, de donde pasó a ser, además, cineasta. Aliado en su primera etapa con el director Lee-Lik Chee, con quien codirigió algunas de sus películas, Stephen Chow (que además es protagonista de todas) practica un humor que, llamado “mo lei tau”, se basa desprejuiciadamente en las “tonterías” (“mo lei tau” significa, según he podido leer, más o menos esto: tontería). Sus filmes, basados en historias de personajes muy simples pero carismáticos (habitualmente fracasados que se superan a sí mismos), se cimientan en los juegos de palabras constantes, en las bromas de doble sentido, en los gags absurdos, en el slapstick y en la acción delirante (muchas veces relacionada con las artes marciales) para retratar de una manera “cachonda” y conscientemente cargada de tópicos y de lugares comunes muy gruesos el presente y el pasado de las culturas asiáticas. Sus películas, además, como he comentado siempre vienen cargadas de acción, habitualmente frenética y, por consiguiente, de efectos especiales, que suelen ser colosalistas y barrocos buscando la exageración a toda costa. Chow es además un excelente coreógrafo de escenas de lucha, lo cual se demuestra en sus producciones o en sus afamados trabajos para otras. El cine de Stephen Chow es, por encima de todo, desprejuiciado, y ahí encuentra su mayor mérito: no pretende otra cosa más que divertir, lo cual consigue de sobra. Su filmografía (por lo menos la que a occidente ha llegado) se compone de las comedias de acción “Love on Delivery”, “From Beijing with Love” y “God of Cookery”, de la comedia histórica “Forbidden City Cop”, de la comedia con toques de drama y romance “El Rey de la Comedia”, de la comentada comedia deportiva “Shaolin Soccer”, de la comedia de artes marciales “Kung Fu Sion”, de la comedia de ciencia ficción “CJ7” y de la secuela “Kung Fu Sion II”, que está preparando en estos momentos.

“Shaolin Soccer” es una delirante parodia de las series deportivas asiáticas (especialmente recuerda a “Capitán Tsubasa”, llamada en España “Campeones” y “Oliver y Benji”) en la que el propio Stephen Chow da vida a un joven que quiere demostrar ante todo el mundo que las artes marciales del tipo Shaolin son un arte perfecto y que se alía con Fung (Ng Man-Tat), un viejo futbolista fracasado por culpa de una conspiración contra su persona, para vencer en un gran partido de balonpié a quien le destrozó la vida a este último, el malévolo “Equipo del Mal”. Este argumento tan simplísimo es la excusa para desatar un delirante espectáculo visual (con unos efectos especiales excelentes, por cierto) en el que los tópicos más gruesos relacionados con las culturas asiáticas y con las mencionadas series deportivas se dan la mano con los constantes gags absurdos y por momentos casi surrealistas, con los juegos de palabras simples pero rápidos y efectivos y con los sentidos homenajes a Bruce Lee y a sus películas (Chow adora al fallecido actor y maestro de artes marciales). Poco más hay en la lineal, simple y divertidísima “Shaolin Soccer”, una película que sobre todo es entretenida, y mucho, muchísimo, y que no dejará de desatar sonrisas entre los fans del fútbol en general y de las series asiáticas deportivas en particular. Además, sus pretensiones más allá de entretener son inexistentes, y eso la encumbra como un desprejuiciado espectáculo, que es lo único que pretende ser. “Shaolin Soccer” fue la primera película que Stephen Chow dirigió sin ayuda de Lee-Lik Chee y la que le hizo famoso en occidente, en donde es una comedia “chorra” de culto.

domingo, 6 de junio de 2010

SAW de James Wan – 2004 – (“Saw”)


Adam se despierta encadenado a un tubo dentro de un decrépito servicio público en un lugar desconocido. A su lado, se encuentra otra persona encadenada, el Dr. Lawrence Gordon. Entre ellos hay un cadáver con un revolver en una mano y una grabadora en la otra. Ninguno de los dos sabe por qué están allí, sólo poseen un casette con instrucciones que dice que el Dr. Gordon debe matar a Adam en ocho horas. Si falla, ambos morirán, junto a la esposa del Dr. y su hija pequeña... La pesadilla ha comenzado.

James Wan es un director de cine de terror y fantástico muy irregular en líneas generales a pesar de haber despuntado con la excelente y ya mítica "Saw". Su filmografía se completa con la floja "Silencio desde el mal" y la fallida incursión en el thriller de venganzas "Sentencia de muerte".

Siempre ha habido películas destinadas (y algunas exclusivamente, como una atracción de feria) a hacer pasar al público de las salas un buen mal rato: los cortos mudos en los que un tren se lanzaba contra la pantalla o un forajido disparaba “a los espectadores”, las primeras películas de terror, muchas obras de la Hammer, muchas del maestro Hitchcock, cierta rama del cine negro clásico, cierto cine gore o de rasgos gore… En las últimas décadas, por medio de filmes más o menos conseguidos o más o menos inteligentes, se ha intentado, más que nunca, que las salas vibraran de pánico, de miedo, de asco. Las sagas de “La noche de los muertos vivientes”, “La matanza de Texas”, “Viernes 13”, “Pesadilla en Elm Street”, “El exorcista” y muchas otras lo han conseguido con el gran público y han pasado a formar parte de la mitología global del terror. Por otro lado, en salas minoritarias o en vídeo, otro grupo de películas ha conseguido, literalmente, revolver los estómagos con todo tipo de propósitos; aterrorizar, sugestionar, hacer reír y hasta concienciar de un problema o criticar a una sociedad: “Saló o los 120 días de Sodoma”, “Calígula”, “Holocausto Caníbal”, la primera “Posesión infernal”, “Henry, retrato de un asesino”, “Braindead” y las obras de Darío Argento o del español Jesús Franco entre miles. Estas películas han permanecido, de una manera u otra, apartadas de los circuitos primeramente mencionados, los más estrictamente comerciales, a pesar de ser películas de culto o de grandes directores. También el estar apartadas las ha favorecido: el aura de lo prohibido, de lo escandaloso, las envolvió para siempre en las nieblas del mito. Poco a poco, estos dos mercados se han ido fusionando en uno solo. La violencia por simple violencia ha dejado de escandalizar, y apenas hemos tenido tiempo para percatarnos de ello (lo mismo le ha ocurrido al sexo). La sociedad ha cambiado a pasos agigantados, y hoy, para escandalizar, no vasta con mostrar escenas de violencia física dura (ni siquiera cuando viene acompañada de violencia psíquica). Poco a poco, la violencia por la violencia se ha ido integrando, perdiendo su carácter apocalíptico. En las últimas décadas hemos evolucionado en el cine desde la violencia física “fina” y hasta cierto punto sugerida, que no por ello menos brutal y terrible, de “El silencio de los corderos” o “Seven”, hasta la violencia abierta de las obras de Tarantino, Ritchie o Kitano (herederos en parte de creadores imprescindibles como Peckinpah o Penn, creadores olvidados por una gran parte de las nuevas generaciones cuya limitadísima escuela ha sido el pobre mundo videoclipero) pasando por las burradas de directores tan amados y odiados como Takashi Miike (para mi un buen y desprejuiciado creador aunque con muchas obras irregulares). Si bien algunos como éste último o Kitano siguen destinados a circuitos minoritarios, otros como Tarantino, Ritchie o Fincher han creado escuela en las salas comerciales. Podemos afirmar hoy sin problemas que la violencia en el cine, la violencia más brutal y sádica, esa antes reservada a un público “selecto”, ha quedado plenamente aceptada en todas las salas y ha pasado a ser una fórmula de éxito asegurado que contenta a públicos de todas las edades y formas de concebir el cine. “Saw”, y especialmente su interminable saga de horrendas secuelas, constituyen unas de las banderas más importantes de esta hornada de cintas que ha integrado el puro gore en los cines comerciales. Hollywood, salvo excepciones (y salvo las labores de ciertos productores y creadores que han luchado a la contra desde dentro o que han usado el posibilismo –hoy cada vez menos numerosos-) siempre ha sido una industria bastante beata y conservadora. Hoy no lo es menos: como la violencia por la simple violencia no es capaz ya de escandalizar a nadie, ha optado por comercializarla abiertamente. Si bien ha logrado grandes resultados (“Seven”, “El silencio de los corderos”, “Kill Bill”…), otros han sido desastrosos. La sangre y las vísceras, señoras y señores, ya son un producto palomitero pleno. El disparo de salida lo han dado películas como “Saw” (casi la única medianamente aceptable de esta nueva hornada), las horripilantes “Hostel” y "Hostel II" y un montón de remakes como los de los modernos productos asiáticos de terror. El público se ha acostumbrado a ir al cine a pasarlo mal (o a echar unas risas, según apetezca) y, es más, a veces ya lo exige plenamente, así que su respuesta ha tenido. Esta nueva hornada de brutales y sádicas películas de terror comerciales son lo que es, por ejemplo, la saga (y especialmente la trilogía básica) de “American Pie” a la comedia: un producto descerebrado de rápido consumo. Si en ella encontramos chistes idiotas sin parar y gamberradas zafias sin sentido, en las otras encontramos sangre y violencia zafia sin pies ni cabeza como prácticamente su único valor, su único handicap para que sean elegidas frente a la cartelera por encima de otras opciones. Esto lo ejemplifican perfectamente todas las continuaciones de “Saw”, película que, a pesar de sus fallos, considero un thriller aceptable y con capacidad de sorprender. Su caso es curioso: destinado a ser un pequeño filme de culto, rodado con cuatro duros, con actores famosillos un poco de capa caída y otros desconocidos y estrenado en circuitos comerciales aunque no de forma masiva, ha resultado ser un éxito del todo inesperado que ha traspasado fronteras. El boca a boca e Internet lo han llevado a lo más alto y ahora su protagonista, Jigsaw, ha pasado al podio de mitos populares globales del terror junto a los eternos Cara de Cuero, Freddy Krueger, Jason, Hannibal Lecter y niñas del Exorcista y de “The Ring” entre tantos. La película está dirigida por James Wan, un hasta hace poco completo desconocido que se ha desvinculado de sus secuelas en la dirección (en el guión de algunas está presente) para dedicarse a otros proyectos. “Saw” es, especialmente dentro de las horribles carteleras que venimos soportando en los últimos años, un más que meritorio thriller ambientado en una sala interior y en algunos pocos escenarios más. Dos completos desconocidos han de buscar la manera de salir del pordiosero cuarto de baño en el que están encerrados sin razón aparente superando una serie de malévolas pruebas. Mientras, en el exterior, dos detectives intentan pillar al que los tiene atrapados. Una tercera línea de acción queda establecida mediante flashbacks de todos los protagonistas que representan sus vidas pasadas. “Saw” es un efectivo popurrí de varias películas de horror famosas: su asesino es sofisticado y hasta cierto grado culto (Hannibal Lecter) y busca redimir de alguna manera a sus víctimas (“Seven”) haciéndoles pasar pruebas de arrojo o inteligencia en las que si fallan pierden la vida (“Cube”). La violencia, uno de los puntos que lo ha hecho famoso, es sádica hasta límites insospechados, sucia, morbosa y cruel, alcanzando por momentos el puro gore y llegando a lograr que ciertas escenas “duelan”. El guión, aún con algunas lagunas y trampillas y diálogos flojetes, contiene acertadas y sorprendentes vueltas de tuerca y sabe provocar e interesar desde el primer momento. Su desenlace es verdaderamente impactante y del todo inesperado (el desenlace le hace ganar muchos enteros a “Saw”). En su aspecto más negativo podemos citar su horrendo y reiterativo montaje videoclipero y la línea argumental que protagoniza Danny Glover, que por momentos pierde el ritmo. Es, creo, de todas formas, el debut de Wan un filme bastante aceptable y que recomiendo ver sin prejuicios. Sus secuelas ya son otra historia…

miércoles, 19 de mayo de 2010

EL SEDUCTOR de Don Siegel – 1971 – (“The Beguiled”)


Norteamérica. Guerra de Secesión. El joven soldado yanki John McBurney es herido en una batalla en el sur y, a punto de morir, es encontrado por un grupo de mujeres que vive en una apartada mansión dedicada a la enseñanza de señoritas. Allí, se recupera y empieza su táctica de supervivencia para que no le entreguen al ejército sureño: intenta manipularlas a todas prometiéndoles amor y sexo para así aprovecharse de ellas en todos los sentidos. A la escuela llega la revolución. Sus planes, sin embargo, se le ponen en su contra cuando menos se lo espera...

“El seductor” es una de las películas más injustamente olvidadas del gran Don Siegel y una de las más definitivamente personales de su incombustible filmografía. En ella, el genial cineasta traza, con un trasfondo de western bélico, las relaciones delirantes y trágicas que se dan entre un soldado guapo, canalla y superviviente nato y un grupo de mujeres desesperadas por tener una figura masculina en sus vidas dedicadas a la enseñanza y al aprendizaje en una solitaria escuela de la Norteamérica sureña profunda. El marco: la Guerra de Secesión, que es revisada por Siegel con un agudísimo ojo alejado de todo maniqueísmo posible. Clint Eastwood interpreta de una manera soberbia al mencionado soldado, un yanki atrapado en territorio enemigo y que ha de escapar de los soldados del sur ayudándose de las mujeres que lo “adoptan” hasta que la guerra termine, a las que manipula, miente, desprecia y maltrata psicológicamente sin ningún miramiento y jugando con sus emociones a flor de piel. “El seductor” es una fascinante obra sobre la misoginia y la misandropía (el desprecio del hombre a la mujer y viceversa) y especialmente sobre la represión sexual, a la que están sometidas todas las protagonistas (interpretadas por un elenco magistral de actrices). El hombre aparecido de repente revoluciona su ambiente y cada una reacciona ante él de una manera distinta: la mayor de todas, a la que le falta su marido, crápula, machista y desconsiderado (al que se le puede ver en varios flashbacks) se siente atraída por él mientras que, a la vez, intenta herirle (este hecho llegará además a las máximas consecuencias); la profesora del lugar, joven aunque misandra absoluta, desprecia a los hombres pero… se enamora locamente de su huésped, enamoramiento que lleva hasta la pura estupidez; la alumna más guapa y exuberante intenta sin cesar tirárselo en cualquier esquina y manipularlo a su vez, la esclava negra le trata con la punta del pie (a pesar de que pertenece al bando que lucha por la abolición de la esclavitud) pero también se siente atraída hacia su figura y la niña más pequeña de la casa le colma de atenciones en su incipiente despertar a la pubertad. El soldado, por su parte, juega con todas con total impunidad… Hasta que lo que siembra se vuelve en su contra. En un principio, el filme puede ser acusado de misógino, pero finalmente se desvela que no es nada de eso: el hombre es igualmente caricaturizado como un ser despreciable (y para colmo clasista en su trato hacia los esclavos a pesar de que lucha en el ejército que quiere liberarlos) que, además, recibe su merecido por parte de las mujeres, tan despreciables como él pero más numerosas y fuertes. “El seductor”, animado por unos agilísimos y malévolos diálogos, comienza como una comedia bucólica y se transforma, casi sin que el espectador se percate de ello, en un cuento brutal y diabólico sobre la guerra de sexos cargado de un erotismo oscuro (que no oculta desnudos, referencias religiosas y escenas lésbicas y de tríos… en 1971) y de una violencia tremendamente sádica (la escena de la gangrena pone los pelos de punta). Una película que debe ser reivindicada sin cesar, una obra maestra indiscutible y de culto.

miércoles, 12 de mayo de 2010

LA PUERTA DEL INFIERNO de Teinosuke Kinugasa – 1953 – (“Jigokumon”)


1350. Japón vive una era turbulenta en la que las luchas de clanes y los intentos de golpes de estado son constantes. El valiente samurai Moritoh detiene una conspiración contra el gobierno en la que estaba implicado su propio hermano. Tras esto, el Emperador le premia con cumplir uno de sus deseos, el que él quiera siempre que sea posible. Moritoh le pide la mano de la bellísima Lady Kesa, una aristócrata que ya está casada. El Emperador le niega esta petición por no ser ya posible la unión de ambos. Moritoh, enamorado locamente de ella, se sume en una terrible espiral de obsesión que empieza a destruirle poco a poco y a echar por tierra su prometedor futuro.

Teinosuke Kinugasa es otro director japonés muy importante y olvidado en líneas generales, a pesar de que su filme “La puerta del infierno” fue uno de los más grandes y exitosos avances del cine de Japón en occidente. Pertenece a la generación de Kurosawa, Mizoguchi y Ozu (aunque algunos no lo incluyen en esta) y dirigió tanto en el periodo mudo como en el sonoro. Comenzó su carrera como actor de teatro especializado en papeles femeninos, y más tarde formó parte de un movimiento a favor de que las propias mujeres interpretaran estos papeles, lo que ayudó a desligar el cine del clásico teatro kabuki, al que en sus inicios estaba muy atado. Muy poco conocemos de su vida y de sus películas, al igual que ocurre con otros grandes de su país también muy olvidados como Masaki Kobayashi o Kaneto Shindo. Algunas de sus primeras cintas fueron de influencia expresionista. Destacan la terrorífica e inimitable “A page of madness”, que fue llamada por muchos el “Doctor Caligari Japonés”, un drama psicológico vanguardista ambientado en un manicomio de 1926, y el melodrama “Cruce de caminos” de 1928. Al parecer, se especializó en filmes de samurais, pero no estoy muy seguro de ello. Su primera película sonora fue “El superviviente Shinshengumi”. Su actor fetiche fue el gran Kazuo Hasegawa, uno de sus mejores amigos. Su genial obra maestra “La puerta del infierno” fue una de las grandes anticipaciones en occidente del cine que habría de llegar de Japón, cuyo máximo representante fue Akira Kurosawa. Muy poco he encontrado de Kinugasa en internet o en libros. Ni siquiera en los extras del DVD de “La puerta del infierno” hay grandes aportes de su vida, su estilo o su filmografía. Quien sepa algo más que me cuente, por favor.

“La puerta del infierno” es uno de más hermosos dramas feudales de la historia del cine japonés. Rodada en formato panorámico y con unos colores cargados de esplendorosa luminosidad, narra una historia de pura obsesión amorosa en un Japón corrompido y azotado por las luchas constantes de clanes. El samurai protagonista, encarnado por el habitual de Kinugasa Kazuo Hasegawa, se enamora perdidamente al terminar una guerra civil de una mujer ya casada (la gran Machiko Kyo), a la que pide en matrimonio a su superior como premio por su lealtad. Como este amor es imposible, su superior le pide que le haga otra petición y que la olvide. El samurai cae en una espiral de autodestrucción y obsesión imparable que destroza su prometedora vida y la de muchos de los que le rodean. Él representa el amor egoísta, y ella, aunque le rechaza, el amor entregado y el sacrificio (no revelo las razones). De clara inspiración kabuki, “La puerta del infierno” es una tragedia de desamor que alcanza unas cotas de dramatismo patético y de posterior violencia que muchos han comparado con las obras shakesperianas. El color, como dije, es esplendoroso, un color como aún no se ha vuelto a ver otro (a pesar de que los cineastas orientales suelen destacarse por su maestría con los colores), así como la composición de todos los planos, el montaje, el orden de la trama, las interpretaciones, las escasas escenas de acción y el apasionado lirismo que lo envuelve todo. Rezaba el cartel original del filme: “La película más bella del mundo”. “La puerta del infierno” triunfó en los Oscars y en Cannes de forma fulminante, aunque muchos criticos como André Bazin sostuvieron que, aunque era una buena película (y de eso no cabe duda), ni siquiera era la mejor de su autor, y que había impresionado mucho por el simple hecho de que todavía había muy pocos filmes orientales al acance de los occidentales. ¿Están de acuerdo con él?

sábado, 8 de mayo de 2010

ROBIN DE LOS BOSQUES de Michael Curtiz y William Keighley - 1938 – (“The adventures of Robin Hood”)


Aprovechando que su justo hermano Ricardo Corazón de León se ha marchado a combatir en las Cruzadas, el pérfido Príncipe Juan ha usurpado el trono de Inglaterra y se ha convertido en un tirano que oprime a su pueblo con mano de hierro. Únicamente un grupo de valientes rebeldes le planta cara: la bondadosa cuadrilla de Robin de los Bosques, que roba a los ricos para abastecer a los pobres y que intenta recuperar la corona para cuando retorne el Rey original, algo que ni Juan ni sus aliados piensan permitir. La lucha por la libertad va a estallar en todo el reino.

Aunque William Keighley comenzó a rodarla y aparece como director en los créditos de la obra, el artífice casi total de “Robin de los Bosques” tras las cámaras fue Michael Curtiz, que le sustituyó porque los productores consideraron que sus escenas de acción (las del primer cineasta) carecían de suficiente impacto. La película de la que hoy hablo es, sin ninguna duda, una de las más grandes obras maestras del cine de aventuras de todos los tiempos. Su trama, basada en la leyenda de Robin Hood, narraba una vez más una historia épica en la que se enfrentaban el bien y el mal, que venían representados en el mencionado personaje principal, Robin de los Bosques (y en su cuadrilla de ladrones) y en el Príncipe Juan y sus partidarios, Guy de Gisbourne y el Sheriff de Nottingham. La historia nos la conocemos bien: el pérfido Juan ha usurpado el trono durante la triste ausencia de su justo hermano Ricardo Corazón de León y Robin se enfrenta a él en el nombre del destronado en la sombra, del pueblo oprimido y de su amada Marian, a la que enamora. Es resto es acción sin descanso entre constantes combates entre espadachines (ejemplarmente coreografiados), persecuciones al límite e imaginativas y cada vez más locas peripecias. Esta acción viene estructurada con un agilísimo ritmo a veces frenético (todavía hoy lo es) y acompañada de grandes dosis de humor sencillo y amable y de romanticismo exacerbado. Todo está animado por un reparto ya mítico y en total estado de gracia en el que brillan con luz propia el eterno héroe y galán bondadoso y socarrón Errol Flynn, la esplendorosa Olivia de Havilland y los carismáticos villanos Basil Rathbone y Claude Rains, tiranos por momentos casi paródicos siempre escépticos y retorcidos, terribles y a la vez patéticos. “Robin de los Bosques” es una de esas películas de entretenimiento de primera que nunca pierden su frescura ni su capacidad de sorprender originales y que todavía cautivan con su buen hacer y con sus buenas intenciones (contrariamente a lo que se pueda pensar al comenzar a degustar la cinta, su ingenuidad a veces extremada en nuestros días no resulta estúpida ni infantil). Fue, además, toda una revolución en su momento: es una de las pocas películas de su década filmada en color (en un color precioso) y cuenta con unos escenarios de ensueño primorosamente ambientados gracias a una hermosísima fotografía, mientras que la banda sonora de Erich Wolfgang Korngold es un clásico imprescindible y el crápula Errol Flynn como el famoso Rey de los Ladrones nunca pudo ser igualado en carisma (salvo tal vez por el anterior Robin y también mítico Douglas Fairbaks).

domingo, 2 de mayo de 2010

MAD MAX II. EL GUERRERO DE LA CARRETERA de George Miller – 1981 – (“Mad Max II. The road warrior”)


La Tierra ha sido sacudida por un desastre nuclear que ha dejado a la raza humana menguada y reducida a un estado de salvajismo casi absoluto. Entre las ruinas de su destruida civilización todos luchan por el bien más preciado del planeta: la gasolina. En este ambiente, un grupo de hombres y mujeres que todavía cree en un futuro mejor vive constantemente asediado por la brutal banda de Humungus, un terrible señor de la guerra. En el camino de ambos bandos se cruza Mad Max, un antiguo policía que va a ayudar a los primeros a enfrentarse a los segundos. El combate definitivo va a estallar.

Después del gran éxito de “Mad Max” era de esperar que su correspondiente secuela no tardase en llegar a las salas. Dos años fueron suficientes, y se volvió a repetir aquel éxito mencionado. “Mad Max II. El guerrero de la carretera” fue la película más cara rodada en Australia en su momento. En ella, las aventuras de Max continuaban ya plenamente inmersas en un mundo post-apocalíptico en el que una gran catástrofe se ha desatado (en la primera entrega esta catástrofe aún no ha ocurrido, aunque en todo momento da la impresión de estar a punto de estallar debido al estado de caos en el que la humanidad se encuentra). Mel Gibson, que empezaba a asfaltar su camino al estrellato, volvió a dar vida al ya entonces mítico antihéroe ex policía en un registro en el que demostró sentirse más que cómodo y al que de nuevo imprimió un notable carisma. La historia que “Mad Max II” narra vuelve a ser tremendamente simple, presentándose como un vehículo para el desarrollo de un festival de acción frenética, carreras, luchas, destrucción y explosiones, festival que se ve mejorado de una manera sobresaliente gracias al enorme presupuesto que se invirtió en la película y que permitió muchos más extras y más y mejores efectos especiales. Mad Max vaga por los restos de la civilización humana luchando por su supervivencia y hastiado por el detonante de la venganza de la primera entrega, la muerte de su familia y de su mejor amigo. En su camino se topan dos bandos enfrentados: uno de hombres y mujeres necesitados que buscan la libertad y otro de, como no, salvajes motoristas que quieren hacerse con la gasolina (el bien más preciado en lo que queda del planeta) que los otros tienen. Mad ayudará al primer bando por puro interés a luchar contra el segundo, aunque, poco a poco, el espectador irá descubriendo que todavía late bondad en él (se operará un cierto nuevo cambio inverso al de “Mad Max”: de antihéroe el protagonista volverá a ser un héroe). El género es el mismo, el western futurista, y el estilo narrativo también: rápido, directo, casi cortante. Hay pocos diálogos y el filme es corto y conciso. Los personajes no tienen relieve, aunque están bien delineados y hay entre ellos un secundario de aires cómicos (Bruce Spence) que no resulta irritante, como estos personajes suelen resultar. Lo mejor que ofrece la película es, sin ninguna dura, el mencionado festival de acción, muy bien montado y llevado en todo momento por George Miller, que no busca otra cosa para su filme salvo divertir por medio de la aventura digna (la persecución final es realmente emocionante). Otro punto muy destacado es el ambiente desértico y ruinoso que recrea, que gracias al mayor dinero invertido llega a resultar verdaderamente desolador y evocador, un ambiente de ambigua inspiración punk que, por cierto, marcó muchas de las pautas de muchas películas posteriores sobre futuros post-apocalípticos. Por desgracia, “Mad Max II” pierde, al tratarse de un filme muchísimo más comercial que su antecesor, la dosis de violencia que aquel mostraba, por lo que en todo momento (salvo por alguna que otra perversa sugerencia sexual) se pone más del lado de un filme de consumo familiar. Sin embargo, no por ello deja de ser una película de acción recomendable. En muchos países “Mad Max II” se estrenó con el único nombre de “El guerrero de la carretera”, ya que “Mad Max” no era lo suficientemente conocida aún.

MAD MAX. SALVAJES DE LA AUTOPISTA de George Miller – 1979 – (“Mad Max”)


El mundo está sumido en el caos. Salvajes bandas de motoristas luchan diariamente entre ellas y contra la Policía, que cada vez tiene más problemas para controlarlas. Max, un agente íntegro, acaba en una de sus misiones con El Jinete Nocturno, uno de los pandilleros más peligrosos de la zona en la que patrulla. Es entonces cuando comienza su pesadilla: toda la banda del fallecido se le viene encima y ataca a sus seres queridos. Pero no saben con quien se están metiendo. La venganza de Max va a ser implacable.

El australiano George Miller tiene a sus espaldas una de las trilogías más famosas e importantes del cine de ciencia ficción y fantástico post-apocalíptico de todos los tiempos: la que narra las aventuras de Mad Max, el guerrero de la carretera. A pesar de ello, su filmografía, que contiene incursiones en géneros muy variados y que salvo excepciones está orientada al cine familiar (a pesar de haber mostrado una violencia bastante cruda y desmesurada en algunos de sus títulos), se muestra en todo momento muy irregular. Miller, un director con algunas buenas ideas al que tal vez le falte más inspiración artística, alterna obras personales con otras verdaderamente mediocres y anodinas entre las que se pueden encontrar algunos sonados bodrios. Se compone su currículum de las dos buenas “Mad Max. Salvajes de la autopista” y “Mad Max II. El guerrero de la carretera”, de la horrenda “Mad Max III. Más allá de la cúpula del trueno”, de la floja “Las brujas de Eastwick”, de la despreciable “La historia inteminable II”, de la excelente “El aceite de la vida”, de la olvidable “Robinson Crusoe”, de la secuela “Babe, el cerdito en la ciudad” y de la película de animación “Happy Feet”. Actualmente, parece que prepara una nueva entrega de las aventuras de Mad Max.

“Mad Max” es el producto de una época (los setenta y principios de los ochenta) en la que el cine comercial norteamericano e incluso el de ciertos países de más allá alcanzaron una cota de violencia y desencanto crudos que no se habían visto antes en una pantalla destinada al gran público. En casi todos los géneros aparecieron obras que llevaban estas características como bandera. Dos de los más importantes en este aspecto fueron, por supuesto, el fantástico y el de la ciencia ficción, que con sus tremendos poderes de evocación presentaron futuros sin esperanza sumidos en este estado habitualmente por culpa de los propios seres humanos. “Mad Max” fue una de las tantísimas películas clave de este tiempo que, irrumpiendo de manera fulminante en las salas, alcanzó un instantáneo estatus de filme de culto. George Miller la rodó con un presupuesto ajustadísimo de 350.000 dólares (tan ajustado era que hasta rompió coches propios durante el rodaje) y recaudó con ella 100 millones en todo el mundo. Su filme era un western crepuscular futurista en el que Max, un policía que terminaba aplicando la Ley por su propia cuenta enarbolando la bandera de la venganza, luchaba contra una salvaje pandilla de motoristas que atacaban a sus seres más queridos, a su familia y a sus amigos, en busca de saldar otra venganza, la venganza por la muerte de su líder. El argumento era completamente lineal y los personajes bastante planos, pero el filme no necesitaba otra cosa para funcionar. La narrativa que Miller utilizaba en la cinta era, cimentada en un ajustado guión, simple y directa, tremendamente concisa, casi cortante. Los personajes, sumergidos en un mundo en descomposición, actuaban y no daban discursos, y la acción estallaba en todo momento frenética y llena de potencia. La violencia que “Mad Max” exhibe era además, para la época, verdaderamente desmesurada y sin concesiones, e incluso hoy resulta sádica y hasta sugerente por momentos. La escena de la violación intuida está realmente bien montada e ideada y sorprende tremendamente en su desaforado arranque. Lo mismo ocurre con el ataque al Ganso, el amigo del protagonista, o con el famoso desenlace. Max es interpretado por un más que solvente y muy carismático Mel Gibson que, a partir de este papel, saltaría a la fama. La estética underground que envuelve a la obra, que bebe de lo kitsch, de la serie B o de los comics, resulta efectiva en todo momento, delineando un ambiente excelente que sugiere con pocas pinceladas y menos medios económicos un mundo ambiguo al borde de una catástrofe a punto de ser devorado por el caos (la catástrofe, de carácter nuclear –muy acorde con la época-, se confirmaría en las dos entregas siguientes, en las que ya era plenamente patente el mencionado futuro post-apocalíptico). El desencanto aparece representado en la figura del propio Max, que pasa de ser un héroe a un antihéroe. Hoy vista, “Mad Max” sigue sorprendiendo, a pesar de que la historia que narra no presente demasiados alicientes (no los presentaba en su momento tampoco, todo sea dicho) dejando a un lado los logros estéticos y la trasgresión por medio de la violenta que mostraba. El éxito de la película fue tal que propició dos secuelas, una aceptable y otra detestable, rodadas con más presupuesto. Nacía otro mito del cine.

domingo, 25 de abril de 2010

PINOCHO de Ben Sharpsteen y Hamilton Luske – 1940 - (“Pinocchio”)


Pinocho es un niño de madera al que una bondadosa Hada Azul ha dado la vida y al que ha hecho una promesa: si se porta bien con Geppetto, su viejo padre, el juguetero que lo ha construido, se transformará en un niño de verdad. Para hacerle su camino más fácil, el hada le ha dado a Pinocho una conciencia: el grillo Pepito, que velará por él y que le dará consejos para que sea bueno y responsable. Pinocho, sin embargo, muy pronto va a tomar el mal camino... Camino del que, sin embargo, va a aprender y que le va a transformar en un héroe para su padre.

Tras el enorme éxito de la magistral “Blancanieves y los Siete Enanitos”, Walt Disney fue lanzado, de manera definitiva, a las estrellas de la industria de la animación. El modo de producción de su empresa, The Walt Disney Company, lógicamente cambió: comenzaron a producir largometrajes con asiduidad, y el segundo de ellos fue otra adaptación de un cuento clásico. El turno era ahora de Carlo Collodi y de su obra “Pinocho”. Walt Disney ya no se puso en cambio tras la inmediata dirección de la película que nos ocupa. Y de ninguna más. Sin embargo, hasta su muerte en 1966 todas pasaron por su lupa: fue el supervisor de todo lo que en su compañía se creó, aunque encargó sus producciones a otros geniales animadores que, sin embargo, han quedado, muchos de ellos, olvidados (tal vez por no ser más que excelentes artesanos llevados por las manos maestras de otros). Eso ocurrió parcialmente con Ben Sharpsteen (director también de “Fantasía” y de “Dumbo”) o Hamilton Luske (director o co-director de maravillas como “El dragón chiflado”, “La Cenicienta”, “Alicia en el País de las Maravillas”, “Peter Pan”, “La Dama y el Vabundo” o “101 dálmatas”), que son los que a su vez dirigieron esta maravilla de la animación que es “Pinocho”, maravilla que sin embargo resulta, en bastantes de sus pasajes, poco adecuada para el público infantil, al que va dirigida. La obra original de Carlo Collodi es tomada sólo en parte para realizar un cuento moral con final feliz que advierte a los niños de que las obligaciones son lo primero y de que el exceso de ocio siempre es secundario y a veces hasta completamente nocivo. Pinocho es un niño de madera que, para ser de verdad, ha de portarse bien con su padre, el viejo juguetero Geppetto. La historia la conocemos todos ya, pero sus lecciones morales están por lo menos al mismo nivel de crueldad e incluso de violencia que las del cuento original de Collodi, que en absoluto era para niños y que mostraba escenas verdaderamente duras, al igual que este filme, uno de los más siniestros de toda la factoría Disney. Junto a la ternura y a la entrega de personajes bondadosos y altruístas como el Hada Azul, Geppetto, Pepito Grillo, el gato Fígaro o la pez Cleo, “Pinocho” tiene una de las galerías de villanos más estremecedoras de toda la filmografía de la mítica compañía: el Honrado Juan y Gedeón, dos animales embaucadores, crápulas y desconsiderados son todo un ejemplo de amistad traicionada, mientras que otros como el titiriteo Stromboli o el dueño de la Isla de los Juegos resultan verdaderamente diabólicos. La película además, en su afán de moralizar, recurre al terror, fácil de producir en los niños, con unas escenas durísimas que también logran estremecer a los mayores: la del encierro de Pinocho en la jaula a manos de Stromboli, la de la transformación de Polilla en burro (de pura pesadilla) o la de la ballena Monstruo estrellándose contra las rocas resultan, aún hoy, tremendamente impactantes. Las películas clásicas de Disney sirvieron para transmitir mensajes morales propios del “American way of life” a su público potencial, los niños y los adolescentes, y “Pinocho” es una de las que mejor ejemplifica este hecho. Dejando esto a un lado, la cinta es todo un prodigio de animación, de animación fluidísima, preciosa y llena de detalles. En este aspecto, como “Blancanieves y los Siete Enanitos”, es una maravilla y una obra de arte.

domingo, 18 de abril de 2010

ACORRALADO de Ted Kotcheff – 1982 – (“First Blood”)


Hace ya tiempo que John Rambo volvió a los Estados Unidos tras luchar en la Guerra de Vietnam. Su país no le ha recibido bien: no vive de trabajos dignos y es mal visto en muchos lugares. Además, la mayoría de sus amigos soldados ha muerto durante la contienda o a su retorno. Un día, tras volver de visitar a uno de ellos, que también ha fallecido de cáncer, es arrestado por vagabundo en un pequeño pueblo de las montañas de Washington. La policía se ensaña con él y le humilla, pero logra escapar. Una implacable persecución se va a cebar con John Rambo. Sin embargo, los que le persiguen van a hundirse en el peor infierno de sus vidas.

El cineasta canadiense Ted Kotcheff, tras unos inicios hasta cierto punto prometedores, terminó rodando irregulares filmes familiares. Empezó su carrera con obras interesantes y solventes; los dramas “Vivir en la cumbre”, “La voz humana” y “El aprendizaje de Duddy Kravitz”, el western “Billy Dos Sombreros”, las comedias “Roba bien sin mirar a quién” y “Pero… ¿Quién mata a los grandes chefs?”, el drama deportivo “North Dallas Forty” y el drama de acción “Acorralado”. Su filmografía empieza a caer con la mala cinta bélica “Más allá del valor”, se levanta ligeramente con las medianamente aceptables “Vidas turbulentas” (drama) e “Interferencias” (comedia) y termina de hundirse con las malas comedias “Este muerto está muy vivo” y “Cómo sobrevivir a la familia” y con la horrenda película de acción “Único sospechoso”.

“Acorralado”, la película con la que comenzaron las aventuras del veterano del Vietnam John Rambo, está basada en la novela “Primera Sangre” de David Morell. Como “Rocky” y todas sus secuelas, el filme fue un proyecto muy personal de Sylvester Stallone, que cambió junto a Ted Kotcheff bastantes aspectos de la obra escrita en la que se basa para adecuar el personaje al estereotipo de héroe de acción patriota y atormentado que buscaba y que le volvió a hacer famoso (Rocky y Rambo fueron sus mitos definitivos). “Acorralado” se inscribe, aunque ya algo tardíamente, en la lista de filmes que, como “Taxi Driver” o “El regreso”, por poner ejemplos, tratan el drama del retorno de la Guerra del Vietnam. El John Rambo de esta cinta está bastante lejos del John Rambo de las dos secuelas que tendría en la década de los ochenta, el John Rambo que, precisamente, es el que ha permanecido en la memoria colectiva. Stallone interpreta con una notable solvencia a un viejo soldado pobre y atormentado por sus recuerdos que, visto por la población como un asesino o como un paria, es despreciado y posteriormente perseguido por un grupo de policías violentos ante los que se niega a humillarse. Por supuesto, este soldado da una lección a sus perseguidores y pone patas arriba todo un pequeño pueblo. “Acorralado”, tras una breve introducción, da paso a una orgía de acción frenética en la que el guerrero que el protagonista tiene en su interior vuelve a surgir: Vietnam es ahora la Norteamérica profunda, que es otro infierno, aunque en este caso de desagradecimiento y de intolerancia. Hay que decir que como filme de acción pura “Acorralado”, cargado de escenas geniales e imaginativas y de una violencia muy cruda, es uno de los mejores de la historia (aunque este género está hoy muy devaluado, ha tenido sus maravillas). Por si fuera poco, cumple además de manera excelente como el drama que a la vez es. Stallone sabe hacer de su héroe un ser salvaje y poderoso y, a la vez, desvalido y de fondo bondadoso y humilde. Desencantado, no encuentra el descanso en ninguna parte y es víctima de los malos tratos de un mundo cruel. El desenlace de su periplo, junto al también mítico Coronel Trautman (el otro personaje central de la saga), resulta verdaderamente emotivo y representa a la perfección el hastío y el odio en los que desembocan las vidas destrozadas por la guerra. Queda, sin embargo, una polémica sobre “Acorralado” que todavía sigue abierta. Para muchos se trata de un filme social que retrata de manera soberbia las injusticias que una parte la sociedad norteamericana cometió con los soldados que volvieron derrotados de Vietnam. Para otros retrata esto mismo pero desde un punto de vista patriotero (aunque encubierto) y de claro amor incondicional al ejército, ultrajado por una sociedad que no admite a los perdedores o que no sabe apreciar el que otros luchen “por su país”. “Acorralado” fue uno de los grandes éxitos comerciales de la década de los ochenta. Tuvo dos secuelas en esta misma década ya bastante mediocres que cambiaron por completo el concepto inicial de su protagonista y una reciente cuarta entrega que mejoró notablemente la saga.

sábado, 10 de abril de 2010

ASALTO A LA COMISARÍA DEL DISTRITO 13 de John Carpenter – 1976 – (“Assault on Precinct 13”)


La vieja comisaría del Distrito 13 de Los Ángeles está a punto de ser cerrada. Sin embargo, todavía la ocupa una pequeña guarnición de policías y todavía tiene en su interior a unos cuantos presos entre los que se encuentra un peligroso criminal conocido como Napoleón Wilson. La última noche que va a estar abierta, algo inesperado ocurre: unos violentos pandilleros la asaltan y sus pocos defensores sólo pueden hacer algo para sobrevivir… Soltar a los presos para que les ayuden a luchar. Policías y criminales van a tener que unir sus fuerzas para salvar sus vidas.

John Carpenter es uno de los más grandes directores de cine fantástico y de terror de todos los tiempos, además de un destacadísimo compositor de bandas sonoras caracterizado por la creación de ambientes oníricos y enrarecidos. Su cine combina a la perfección el aliento autoral con la comercialidad y, siempre cargado de espectacularidad, conjuga sin problemas el entretenimiento puro y duro con el tratamiento de asuntos con hondura (la violencia y la deshumanización de las sociedades modernas, los totalitarismos, el fanatismo religioso, la corrupción o las relaciones entre la verdad y la mentira entre otros). Sus personajes, muchos de ellos freaks, antihéroes o seres normales y corrientes enfrentados a fuerzas que aparentemente les superan, sobreviven en mundos oscuros y brutales u opresores. Su estilo, directo y con toques de serie B, está lleno de nervio, de acción impactante influenciada por el western (adora a los clásicos como John Ford o Howard Hawks) y también de cierto cinismo y de humor negro y hasta de poesía épica. Dentro del género en el que se ha especializado, ha tratado toda clase de “sub-géneros”: los asesinos en serie, la fábula post-apocalíptica, la distopía, el thriller de acción, el cine de monstruos de aura clásica, el terror alienígena, el terror satánico, el cine de vampiros, las parodias (y las autoparodias) y hasta las comedias fantásticas. Su actor fetiche es Kurt Russell, que ha protagonizado muchas de sus mejores obras. Muy poco valorado en general y tachado a menudo de simple artesano, John Carpenter es un autor en toda regla que se recicla constantemente y que debe ser reivindicado sin cesar. Su prolífica filmografía se compone de la comedia espacial “Dark Star”, del thriller de acción “Asalto a la comisaría del Distrito 13”, del mítico filme de asesinos en serie “La noche de Halloween”, del thriller “¡Alguien me está espiando!”, del biopic de Elvis Presley “Elvis”, del filme de terror “La niebla”, del filme de acción “1997: Rescate en Nueva York” y de su secuela “2013: Rescate en L.A.”, de los nuevos filmes de terror “La cosa” y “Christine”, del filme fantástico romántico “Starman”, de la película de aventuras “Golpe en la Pequeña China”, de los nuevos filmes de terror “El Príncipe de las Tinieblas” y “¡Están vivos!”, de comedia fantástica “Memorias de un hombre invisible”, del thriller de terror “Bolsa de cadáveres” (co-dirigido con Tobe Hooper), de los nuevos filmes de terror “En la boca del miedo” y “El pueblo de los malditos” y de los filmes de acción “Vampiros” y “Fantasmas de Marte”.

“Asalto a la comisaría del Distrito 13” es una de las mejores películas de serie B de la historia y la que lanzó a la fama y al reconocimiento a John Carpenter, una película de acción claramente adscrita dentro de la cierta moda de este cine de los años setenta pero claramente diferenciada del montón por una personalidad propia. Un grupo de asesinos pandilleros asalta una comisaría a punto de ser cerrada en un barrio aislado de una gran ciudad y los pocos policías de su interior se ven obligados a aliarse con los presos peligrosos que hay en el lugar para acabar con la amenaza y salir vivos de la matanza. Carpenter retrata una sociedad dominada por la violencia y los prejuicios en la que un grupo de supervivientes aprende a luchar unido a pesar de lo distintos que son entre ellos (agentes de la Ley y criminales respectivamente). Con una fantástica atmósfera desoladora y una banda sonora onírica fascinante, “Asalto a la comisaría del Distrito 13” es un soberbio western urbano de aire fronterizo y crepuscular en el que se dan la mano el terror y el filme de zombies clásico, que son constantemente homenajeados (los asaltantes están sacados prácticamente de un filme de Romero) y que además contiene escenas de acción cargadas de una tensión inigualable y un poderoso aliento épico que unifica el conjunto. Una obra maestra de un director que empezaba a despuntar como un genio de su género.

domingo, 4 de abril de 2010

CUENTOS DE TOKIO de Yasuhiro Ozu – 1953 – (“Tokio Monogatari”)


Shukichi y Tomi son una pareja de ancianos que ven acercarse el final de sus días. Siempre vivieron en su pequeño pueblo de la costa, en donde con esfuerzos constantes criaron a varios hijos e hicieron de todos ellos hombres y mujeres de provecho. Ahora, todos sus descendientes viven en la populosa Tokio, la gran capital, a la que el viejo matrimonio se traslada durante unos días para visitarlos a todos. Pero cuando llegan allí, sus hijos, demasiado ocupados, los envían amablemente a un balneario para que “descansen”. Sólo la joven Noriko, viuda de uno de ellos, recientemente fallecido, siente lástima por los abuelos y les acompaña a menudo en sus paseos y en sus conversaciones.

El japonés Yasuhiro Ozu es posiblemente el gran autor clásico del realismo social de su país. En los años veinte trabaja en el mundo del cine como actor, guionista y ayudante de dirección hasta hacerse director de largometrajes mudos. Se inició en el mundo de las comedias y de los dramas protagonizados por gente corriente, moralizadores al estilo de Frank Capra. Después, influenciado por el movimiento neorrealista, comenzó a dirigir los dramas sociales (algunos de corte político) que le hicieron famoso y con los que alguna que otra vez tuvo problemas con la censura. En ellos mostraba el Japón de antes de la Segunda Guerra Mundial con ojo crítico e irónico aunque también tierno y comprensivo: la occidentalización, la entrada en el mundo capitalista del consumo, la competencia laboral, la imposibilidad de ascender en la jerarquía social de los humildes, las pocas oportunidades de los nuevos trabajadores, la pervivencia de tradiciones milenarias rancias y ya absurdas, el sentir de la nueva infancia y la nueva juventud del país. Ya en esta época Ozu demostró lo que mejor sabía hacer: los retratos de personajes comunes. Sus dramas eran completamente cotidianos, minimalistas, de delicados sentimientos, de relaciones personales. De estos años son geniales filmes silentes como la maravillosa “He nacido, pero…”, que cuestionaba en la sombra todo el sistema político japonés desde sus raíces, “Me gradué, pero…”, sobre los licenciados universitarios que no encuentran un buen trabajo (película muy actual, por cierto) o “Un albergue en Tokio”, sobre los parados. Después de la guerra y de la humillante derrota de Japón, Ozu se centró en nuevos asuntos sociales: la perdida de los valores tradicionales que merecen la pena, la occidentalización más brutal, la desintegración de las familias, la soledad de los individuos en las ciudades, el desarraigo, las decepciones de la vida. Su estilo, al pasar del mudo al sonoro (no sin incomodidad), se particularizó, llegando a ser tan amado como odiado: se volvió austero como pocos, basado en constantes planos completamente fijos, sin ningún movimiento, y en planos-contraplanos; y su montaje se volvió sobrio, lineal. Es un estilo difícil de asimilar en un principio. Sin embargo, en cuanto esto se logra, se da uno cuenta de que es uno de los más originales de la historia del cine y de que su ascetismo casi total en la forma no es lastre para el dramatismo pausado y minimalista que Ozu busca transmitir. Yasuhiro Ozu, cultivador de un cine puramente oriental y localista y nada abierto al estilo occidental, murió en 1963 sin llegar a ser valorado como se merecía fuera de Japón. Por suerte, hoy se le ha dado todo el reconocimiento que se le negó. Muchas de sus obras de antes de la guerra desaparecieron durante ésta. Por suerte, también muchas nos quedan de su etapa posterior, espléndidas películas que siguen de plena actualidad: “Primavera tardía”, “Comienzo de verano”, “Las hermanas Munakata”, la comentada “Cuentos de Tokio”, “Buenos días”, “Las hierbas flotantes”, “Otoño tardío” o “El sabor del sake”.

En “Cuentos de Tokio”, la obra más famosa de Yasuhiro Ozu, el asunto tratado es el del desarraigo de los ancianos en la nueva sociedad japonesa industrializada, occidentalizada y capitalista del consumo y de la explosión económica posterior a la postguerra de la Segunda Guerra Mundial. Dos ancianos de un pequeño pueblo pesquero que criaron con amor a sus hijos ahora se ven relegados a un segundo plano en la vida familiar, que se traslada desde este pueblo a la gran ciudad. Ya no son útiles y no tienen nada que hacer ni que contar. Pertenecen a otra época, al Japón que casi salía del feudalismo. Sólo la joven Noriko, la viuda de uno de sus hijos muertos durante la guerra (la sombra de este conflicto que cambió a Japón para siempre planea sobre el filme, como sobre otras tantos de Ozu), les atiende en todo momento con un amor inesperado. Sin embargo, no parece esta situación un trauma para los abuelos: lo aceptan con tranquilidad y felices, sabiendo que aunque las cosas hayan cambiado, ellos han cumplido con su deber y ahora pueden esperar tranquilos a la muerte... Que llegará. Mientras, observan con pausada mirada el mundo frenético de su alrededor, el mundo cambiante que ellos no han conocido, y discuten sobre la vida, sobre sus alegrías y sus tristezas, sobre las decepciones de los humanos a las que Noriko se quiere resistir a toda costa. En el clásico estilo austero de Ozu, “Cuentos de Tokio”, es una película que emociona, que ayuda a vivir mejor y que abre caminos de esperanza en todos los aspectos, especialmente en un mundo de consumo y capitalismo despiadado que no ha cambiado un ápice desde el estreno del filme.

domingo, 21 de marzo de 2010

VACAS de Julio Medem – 1992 - ("Vacas")


Desde las Guerras Carlistas de 1875 hasta la Guerra Civil que empezó en 1936, dos familias ganaderas rivales de un pequeño valle guipuzcoano viven medio siglo de turbulentas historias marcadas por odios irreconciliables entre ambas, por violentas contiendas y también por amores secretos e imposibles. Los testigos mudos de la vida de estas generaciones son sus enormes vacas, que miran al pasado y al presente con sus ojos inmutables.

Gran atleta (a punto estuvo de ir a las olimpiadas) y médico cirujano antes que cineasta, el vasco Julio Medem es uno de los directores españoles más famosos de los años noventa y, a mi humilde parecer, uno de los directores más supersobrevalorados de nuestra filmografía dentro y fuera de nuestras fronteras. Poseedor de un universo propio de sueños, de realidades interconectadas, de violencia y sexo descarnados, de constantes símbolos y metáforas plásticas y visuales, de personajes estrambóticos perdidos en las corrientes del amor más pasional o en constante lucha contra su destino y de ambientes oníricos en el que el azar juega un papel decisivo como conector de vidas paralelas, es Medem un genial esteticista que no ha hecho ascos a trabajar en formato digital, retratista de paisajes hermosísimos empapados en el arriba comentado onirismo. Sin embargo, en mi opinión, muchos de sus guiones son francamente deficientes: suelen carecer de vertebración interior y todos están sustentados en unos diálogos (lo peor de Medem) terriblemente irreales de pura pedantería, pretenciosos como pocos (y lo que es peor, vacíos a pesar de esta pretenciosidad) y a menudo tan barrocos y retorcidos que terminan cayendo en la más idiota ñoñería. Algunos producen la risa; otros la vergüenza ajena. Medem, como muchos artistas españoles modernos, no habla: da discursos y hasta moralinas, a veces con cierto contenido, a veces completamente vacíos (pero siempre retorcidos y oscuros para intentar parecer todo lo contrario). Hay además en su obra un tufo burgués que algunos (como yo) no pueden tolerar: sus personajes, para los que no existe el dinero, siempre tienen problemas emocionales que aunque aparecen artificialmente magnificados no dejan de ser terriblemente comunes. Suelen estos personajes huir a lugares de descanso (campos, bosques, islas…) para encontrarse a sí mismos sin que factores como el mencionado dinero puedan importarles lo más mínimo (la mayoría de las personas, cuando tenemos problemas, o seguimos estudiando o seguimos trabajando, no hay huída posible sin dinero o sin tiempo). Claro que esto en el mundo en el que Medem y los artistas españoles de la élite se mueven no ocurre. Tras cortometrajes como “Martín”, debutó en el largo con la hermosa y comedida “Vacas”, y a partir de aquí ha alternado una obra siempre irregular cimentada en el drama pasional y a menudo de personaje colectivo: la floja “La ardilla roja”, la irregular “Tierra”, la bonita “Los amantes del Círculo Polar” (una de sus mejores obras de ficción), la detestable y estúpida “Lucía y el sexo”, el polémico y arriesgado (aunque manipulador por momentos) documental “La pelota vasca” (prefiero al Medem documentalista antes que al de ficción) y la soberana porquería maniquea de "Caótica Ana", que incluso muchos fans acérrimos del director destrozaron sin piedad. Como tantos cineastas, Julio Medem se ama o se odia. Yo lo odio, aunque reconozco sus méritos estéticos y su personalidad, además de algunas películas suyas destacadas.

“Vacas” fue uno de los debuts más aclamados del cine español de principios de los años noventa. Presentaba, bastante alejada de la pretenciosidad y de la pedantería que caracterizarían al futuro Julio Medem, la historia del odio irreparable de dos familias vascas ganaderas que corría paralela con la historia del propio País Vasco de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. En los senos de estas familias se daban tanto odios como amores, que, prohibidos por el ambiente oscurantista y represor producto de los mencionados odios y llevados en secreto por sus protagonistas, finalmente se presentaban como la única salida para la reconciliación final, que se verá saldada por la misma y recurrente Guerra Civil, donde se cierran las líneas de sangre y relaciones personales, de futuro incierto. Las gigantescas vacas vascas, con sus miradas impenetrables, observan estas historias impasibles, siendo sus ojos los narradores de ellas. Con un magistral reparto lleno de jóvenes promesas de nuestro cine de entonces, con una trama que interesa desde los primeros momentos, con unos personajes muy bien desarrollados y con una narración cimentada en la forma en un cierto realismo mágico onírico con toques de costumbrismo y hasta de tremendismo (retratado con una maravillosa fotografía de inolvidables parajes naturales), “Vacas” fue un soplo de aire fresco en su momento y, desde mi punto de vista, la mejor de todas las películas de este supersobrevalorado director de San Sebastián. Ojalá Medem hubiera seguido en esta estela.

EN COMPAÑÍA DE LOBOS de Neil Jordan – 1984 – (“The company of wolves”)


La adolescente Rosaleen sueña en su cuarto: sueña que vive en un pequeño poblado y que a menudo va a visitar a su abuela, que reside en una casita en las profundidades de un siniestro bosque cercano. Allí, ella le cuenta historias de hombres lobo y le recomienda sin cesar que nunca se aparte del sendero marcado cuando vaya a visitarla. Un día, sin embargo, Rosaleen encuentra a un extraño y apuesto hombre en el bosque… La pesadilla está a punto de comenzar.

Neil Jordan es uno de los directores de cine irlandeses más importantes de las últimas tres décadas. Posee una personalidad visual marcada que, basándose en la narrativa clásica, la reinventa constantemente añadiéndole nuevos elementos que suelen beber del surrealismo, del onirismo, de las diversas formas del cine negro, del cine de época y de la sobriedad de cierto cine europeo. A pesar de todo, Jordan experimenta unas veces y otras en cambio resulta simplemente un genial artesano en lo referente al estilo. Sus personajes, a menudo hastiados de un mundo que les sobrepasa y a menudo sumergidos en ambientes marginales que en ocasiones ellos mismos se han impuesto, luchan por sus principios y se refugian en mundos más amables (que Jordan explora dando rienda suelta a su pasión por los sueños y el subconsciente) o en el amor. Su filmografía, amplia y poderosamente ecléctica, toca todo tipo de géneros, aunque si algo la distingue sobre otras es un asunto que en ella se repite muy a menudo: el del terrorismo, centrado casi siempre en todo lo que ha rodeado y rodea al IRA. Por ello, muchas de sus cintas han desatado escándalos y polémicas. Debutó con “Angel”, fábula algo surrealista sobre un saxofonista que asesina a militares del IRA, tras la que llegaron el comentado cuento de terror “En compañía de lobos”, el drama “Mona Lisa”, la comedia fantástica “El hotel de los fantasmas”, la nueva comedia “Nunca fuimos ángeles”, el drama de amor “Amor a una extraña”, el soberbio thriller sobre el IRA “Juego de lágrimas”, la epopeya vampírica “Entrevista con el vampiro”, el biopic sobre la figura de clave del IRA “Michael Collins”, el retrato de la juventud marginal “Contracorriente”, el thriller “In dreams”, el nuevo drama romántico “El fin del romance” y los dramas “El buen ladrón”, “Desayuno en Plutón” y “La extraña que hay en ti”. Su actor fetiche ha sido y aún es el también irlandés Stephen Rea, protagonista o secundario en muchísimas de sus obras.

“En compañía de lobos” es, junto con “Mona Lisa”, la obra que hace famoso a Neil Jordan más allá de su tierra, Irlanda, y de Inglaterra. No es todavía uno de sus característicos filmes sobre el IRA, sino una excelente película de terror que le confirma como un creador que se atreve con todos los géneros (lo volvería a demostrar con la injustamente menospreciada “Entrevista con el vampiro”, en mi opinión uno de los títulos comerciales clave del cine fantástico de los noventa). “En compañía de lobos” es un homenaje al cine de horror y a los cuentos góticos clásicos en el que un laberinto de historias fascinante se abre ante el espectador, laberinto que permite a Jordan explorar uno de sus asuntos preferidos, el del subconsciente, para narrar por medio de metáforas la historia de una niña y de su despertar a la adolescencia y a sus peligros. Se puede interpretar la cinta como una fábula feminista en la que el hombre y el lobo son una misma cosa y en la que la mujer vive sometida a una moral obscurantista en la que el temor lo rige todo. La niña protagonista sueña en su cama, tras su primera menstruación (de ahí el resto de imágenes de sangre del filme) que vive en un pequeño poblado y que a menudo visita la casa del bosque de su abuela, que representa el mencionado oscurantismo (la vieja que ve el sexo como algo maligno casi y que recomienda siempre seguir el sendero que la sociedad ha impuesto, el del sexo como simple procreación, como un mal necesario –si se sale del sendero, los lobos atacarán a su nieta-). Dentro de esta historia, homenaje a Caperucita Roja, narración que Jordan actualiza, se exponen otros tres cuentos independientes sobre humanos lobo que también están llenos de símbolos sobre la opresión de la mujer a manos de un hombre deshumanizado producto de una sociedad represiva (la loba que es atacada al salir al mundo exterior, el tortazo del marido a su mujer tras salvarla del ataque de la fiera, el noble que abandona a su antigua amante…) y sobre la fertilidad, las erecciones masculinas o la mencionada menstruación. Sin embargo, el director esquiva hábilmente los maniqueísmos dejando claro que el hombre es un lobo para la mujer y para los otros hombres por culpa de una sociedad que le ha hecho machista. La escena de redención y ternura entre la moderna Caperucita del filme y el lobo que atacó a su abuela lo deja claro.

sábado, 20 de marzo de 2010

BAILANDO CON LOBOS de Kevin Costner – 1990 – (“Dances with wolves”)


1860. El teniente norteamericano John J. Dumbar es enviado solo a un puesto avanzado muy al oeste en el que pasa sus días tomando impresiones del lugar. Pronto establece contacto con los indios de las cercanías. Pronto, también, su visión sobre ellos y sobre su país cambia, lo que le fuerza a tomar una decisión: dejar su vieja vida. El teniente Dumbar se va a convetir en un protector de los pieles rojas, los auténticos habitantes de Norteamérica, que son exterminados y marginados por los hombres blancos.

Hubo un tiempo (finales de la década de los ochenta y la primera mitad de la de los noventa especialmente) en el que Kevin Costner era una gran estrella que convertía en rentable casi todo lo que tocaba, tanto si lo hacía en su faceta de actor como si lo hacía en las de director o productor. Después de haberse estrellado comercialmente protagonizando “Waterworld” de Kevin Reynolds (que sigo pensado que no era una película tan horripilante como en su momento se dijo), volvió a estrellarse dos años después con “Mensajero del futuro” (esta ya sí era una cinta verdaderamente terrible), la cual además de protagonizar dirigió. Su carrera, a causa de esto (aunque yo pienso que tiene que haber otras razones que nadie o pocos conocen) cayó en picado en todos los aspectos durante finales de los noventa y principios del nuevo siglo. Actualmente Kevin Costner está logrando alzar de nuevo el vuelo gracias a papeles como los que interpretó en su filme “Open Range” o en la reciente “Mr. Brooks”. No voy a hablar hoy de él como actor, sino como director. Debutó con una de las obras maestras más premiadas de la década pasada: “Bailando con lobos”, tras lo cual, como he comentado, se hundió con la bazofia “Mensajero del futuro”, un western postapocalíptico infumable. Su última creación sin embargo ha sido la soberbia “Open Range”, un western de sello clásico que le ha devuelto la credibilidad artística que había perdido y que ha sido injustamente infravalorado en líneas generales. Amante del mencionado género (el western), el Costner cineasta combina a la perfección dentro de tramas cargadas de humanismo la violencia brutal (a veces a cámara lenta como ocurre en los filmes de Sam Peckinpah) con un lirismo épico de aura clásica influido por el de grandes como John Ford o Howard Hawks. Sus personajes han de luchar contra un mundo en el que prima la injusticia y a menudo se ven forzados a utilizar la violencia para acabar con la que otros ejercen sobre los débiles. “Bailando con lobos” y “Open Range” son dos de los más importantes westerns modernos de la historia, y, concretamente, el último de ellos, es el mejor western comercial de los últimos años junto a "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford" (aunque se le haya hecho poquísimo caso). Creo que, injustamente, se recuerda más a Kevin Costner por “Waterworld” y por “Mensajero del futuro” que por estas dos maravillas o por sus papeles también excelentes en películas como “Silverado”, “Los Intocables de Elliot Ness”, “Robin Hood, Príncipe de los ladrones”, “JFK” o “Un mundo perfecto”. Pienso que su figura ha sido demasiado maltratada gratuitamente.

Basada en una novela de Michael Blake, “Bailando con lobos” es uno de los mejores westerns de los años noventa y, además, una de las películas norteamericanas decisivas de esta década, película que arrasó en los Oscars y en las taquillas y que lanzó al reconocimiento como director a Kevin Costner, que había debutado con ella tras las cámaras. En un estilo de influencias clásicas, presentó el actor una soberbia aventura épica humanista en la que un oficial de caballería del ejército de los Estados Unidos abandona su vida militar para dedicarse a la lucha por los derechos de los indios, masacrados, marginados y olvidados por el gobierno de su país, a cuyos enviados tendrá que enfrentarse mientras, a su vez, intenta integrarse en la cultura de los que intenta proteger, radicalemente opuesta a la suya pero cargada de valores que en ella se han olvidado. El propio Costner interpreta maravillosamente a este oficial, llamado Dumbar, y, además, sabe dirigir un acertadísimo drama reivindicativo y revisionista que bebe del western de grandes como John Ford. El filme combina la violencia más terrible y brutal con un lirismo que se mueve sin cesar entre la exaltación y la delicadeza. La ambientación de la época está recreada con gran realismo y apoyada por una esplendorosa fotografía (inolvidables los paisajes que se nos regalan constantemente). Con un gran ritmo y pulso narrativo (dura tres horas que se pasan en un vuelo) y con una bellísima y ya mítica banda sonora de John Barry, “Bailando con lobos” es una película que todavía hoy sorprende como en el día de su estreno.